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jueves, 22 de julio de 2010

La Dalia Negra {PARTE III}

Otra entrega más:





A

Cuando volví a despertar, me asusté. El hombrecillo asustado de la grabadora estaba de nuevo allí, y me miraba como si yo fuera un objeto experimental. Me levanté con una extraña agilidad; ya me sentía mejor. El hombrecillo estaba ya sentado a la mesa cuando yo me acerqué, y con un gesto me indicó que me sentara. Sobre la mesa había un bulto, una bolsa de plástico. La cogí: dentro había un par de pantalones vaqueros y una camisa de cuadros. Miré al hombrecillo y le sonreí.

Lo primero que tengo que decirte, ahora que parece que puedes entenderme, es que lo siento en nombre de toda la comisaría. Esos cazurros de ahí fuera ... - se frenó a sí mismo - no entienden el significado de la expresión "presunción de inocencia", ni conciben una celda un poco más acogedora.

Intenté sonreir; las magulladuras seguían en mi cuerpo, y yo no recordaba habérmelas hecho - No se preocupe, al fin y al cabo no está tan mal - dije mirando en derredor.

Enea… - el hombrecillo soltó una foto brillante sobre la mesa. Sacó la grabadora y la encendió. Yo, desde donde estaba, no podía ver la fotografía, así que alargué la mano y tuve delante una escena extraña: una mujer estaba abrazada en posición fetal a un hombre muy rígido. Esa mujer tenía un cabello parecido al mío, pero mucho más limpio. Aquella imagen no me dijo nada. Levanté los ojos y encogí los hombros. El hombrecillo me miró con una expresión de cansancio que me enterneció; pero no tenía nada que darle. Asintió y salió de la habitación.


B

Mierda, mierda, mierda…- pensé. Esa mujer no tenía nada que darme. Si aquella foto no le había sacado del shock, nada lo haría.

Pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarrillo, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y Victoria estaba absorta escribiendo en la consabida pizarra. Había hecho un diagrama con forma de triángulo en el que los vértices estaban ocupados por las palabras: Iconos, Pareja y Tercera Persona. Dos flechas salían de “Iconos” hacia dos palabras escritas en minúscula: Dalia Negra y Hombre de Vitrubio. Pareja estaba unido con Tercera Persona por una flecha roja y, sobre la flecha, un gran signo de interrogación. Tercera Persona estaba unido a Pareja por otra flecha que rezaba “¿asesinó?”. Dalia Negra y Hombre de Vitrubio estaban unidos mediante una flecha con otro signo de interrogación. Iconos estaba unido a Pareja y Tercera Persona mediante sendas flechas con interrogaciones.

Cuando entré, Victoria se volvió y me miró con expresión inquisitiva. Le dediqué un cierto desdén y murmuré: hay demasiadas interrogaciones ahí… - ella asintió y dijo: ¿qué has averiguado? – Nada – le solté. Bajó los ojos y empezó su extraña perorata: bueno… creo que las huellas que hay en el azadón corresponden al asesino. Creo que pilló a la víctima trabajando en el jardín y no tuvo nada más a mano que el azadón. La verdad es que eso encaja con un crimen pasional: suelen ser bastante impulsivos. Además puede ser que lo matara y luego se arrepintiese, o se agobiase al ver el estropicio que lió. Bueno, que lo que creo es que el asesino planeó el crimen pero luego no salió exactamente como quiso. Además, ¿sabes lo que estoy pensando? Es posible que no lo matara en el salón, frente a la terraza, sino en otra habitación y después lo arrastrase por la casa. Eso encaja con el rastro que se ve en las fotos. En fin, que no sé. Es todo complicado – hacía un rato que Victoria había dejado de hablar para mí y pensaba en voz alta – pero creo que, sobre todo, deberíamos ir a la casa.

A ver, Vicky, de la casa lo hemos visto todo en las fotos. – contesté. Ella asintió: tienes razón, pero nunca es lo mismo. Por lo visto no había sangre en ningún cuarto. Al menos que pudiera verse. Tenemos que ir y analizarlo todo con más cuidado. – alcé una ceja y la miré con curiosidad: ¿en qué piensas? – Ella sonrió y cogió su cazadora: te lo cuento en el coche.


H

Cuando volví de casa de Andrés y Enea, me quedé en el coche. Cerré los ojos y lloré durante una media hora, sin ganas de hacer ninguna otra cosa. Después salí del coche mecánicamente y me metí en casa. Me desnudé y encendí la chimenea. Quemé la ropa, llena de sangre, en el hueco de la chimenea. Me senté en el sofá vestida sólo con un salto de cama y eché la cabeza hacia atrás, riéndome con cierta demencia.

Subí al cuarto dispuesta a acostarme en dos segundos, pero me encontré con el portátil Apple, un aparato negro brillante bastante moderno, encima de la colcha. Sólo alcancé a mascullar: mierda – cogí el portátil y lo eché a las brasas agonizantes de la chimenea. Allí quedaba, derretido y reducido a una masa asquerosa, el testigo de mi pesadilla con Vitrubio, que después fue Andrés, que después resultó estar casado y ser muy, muy feliz sin mí. A la mierda con todo; no quería volver a saber nada del tema. Subí a la habitación de nuevo, me tomé dos o tres pastillas de Valium y me desplomé sobre la cama como un peso muerto.

B

La casa estaba precintada y silenciosa cuando llegamos. Se veían dos o tres luces en la planta superior y un coche de policía aparcado en la puerta, pero por lo demás todo estaba silencioso. Victoria subió detrás de mí las escaleras de entrada y llamó al timbre; en menos de quince segundos, un muchacho nervioso con una cámara gigantesca colgada del cuello nos abrió y nos invitó a entrar con un rápido gesto de la mano.

Yo seguía a Victoria por donde ella vagaba, como un perro sumiso a su voluntad. Intentaba también, casi sin éxito, seguir el hilo de sus pensamientos. Primero me llevó a la cocina, pequeña y decorada con muebles muy modernos, en la que se veían las siluetas de los cuerpos marcadas con tiza en el suelo. Los cristales habían sido barridos, con lo que la cocina estaba bastante fría. Victoria anduvo por la sala con pasos largos, hacia la terraza. Cuando estuvo en el jardincito trasero me hizo señas con el brazo para que fuera hacia allí. Corrí torpemente, sorteando las siluetas de los cuerpos, y cuando llegué me señaló un parterre de flores muy pequeñas, recién trasplantadas, negras y de pétalos carnosos. – Dalias – dijo Victoria – Dalias negras. Qué flor tan poética. Es la misma que llevaba Enea en la mano… ¿Qué crees que significa? – en realidad, Victoria no esperaba respuesta. Volvió a la cocina y examinó el rastro de sangre que habían visto en las fotos; quiso echar a correr por los pasillos de la casa, pero la detuve: joder, Vicky, déjame hacer algo a mí – le dediqué una sonrisa y cambiamos los papeles.

Seguí el rastro de sangre por la casa hasta la planta superior, en la que me encontré a varios policías jóvenes haciendo fotos y recabando datos compulsivamente, aunque controlados por la atenta mirada de una mujer a la que no conocía vestida con uniforme de policía; debía ser de la Policía Nacional. Le dediqué una sonrisa mientras le enseñaba la placa. Me dedicó una ceja alzada y me hizo un gesto con la mano, conocido en nuestro círculo como: “no te vayas sin que te haya fichado”.

El rastro nos llevó al dormitorio, pero no sabíamos qué hacía allí. Victoria se adelantó y observó el rastro con detenimiento; la señal hacía un anillo dentro de la habitación y después salía de nuevo. Yo estaba perdido; por supuesto, Victoria tenía la respuesta. Exclamó: ¡Dio la vuelta! Sea lo que sea lo que llevaban, lo trajeron aquí y dieron la vuelta. – Yo asentí y la invité a seguir con un gesto de la mano. Ella se frotó la barbilla y pensó en voz alta: creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la víctima fue sorprendida mientras trabajaba en el jardín, así que lo mataron en la planta de abajo. Lo que no entiendo es cómo pudieron traerlo hasta aquí arrastrando; un cuerpo muerto pesa mucho por todo eso del rigor mortis. – Victoria caviló un segundo y sacudió la cabeza: arrastrar un muerto es muy difícil y no creo que lo hicieran para después dar la vuelta y bajar… -

No sabía que pensar. Aquel rastro podía ser la cabeza del muerto; ya sabíamos que le habían golpeando con un objeto contundente. En ese momento, me asaltó la idea de forma violenta, como si hubiera estado esperando y ahora estuviese cabreada. Grité: ¡claro! ¡No es el muerto, sino el azadón! – Victoria se sobresaltó y se volvió hacia mí. Continué, exaltado: el asesino no sabía qué hacer con el arma, y creyó que aquí podría esconderlo o algo. Pero luego vio que no había nada y volvió abajo, dejando el azadón donde lo encontramos. – Victoria asintió: tiene razón, jefe… eso es plausible. – Sonreí.

Victoria se acercó a la puerta del dormitorio y bajó, dedicándome una sonrisa satisfecha. Ya en la planta de abajo, la miré y encogí los hombros. Ella me respondió: usted manda, jefe. Yo no veo nada aquí. – asentí y volvimos a la comisaría.

Una vez allí, pedí a Victoria que me dejase reflexionar un momento. Asintió y llamó a la Comisaría central para meter presión sobre los ordenadores y el teléfono. Mientras lo hacía, me metí en mi despacho y saqué las Polaroid del cajón superior de mi mesa y las revisé una y otra vez. Me quedé atascado en la foto en la que estaban los cuerpos de Andrés y Enea, intentando vislumbrar alguna intención o rasgo consciente de disponer aquella escena como la de El Hombre de Vitrubio. Victoria interrumpió mis divagaciones con violencia: ¡¡Señor!! ¡Están aquí los ordenadores y los teléfonos! – Me levanté como un resorte y salí al recibidor, en el que un agente me dijo con aplomo: señor… pasemos a su despacho – El hombre llevaba una bolsa de cuero grande. La esparció sobre mi mesa en cuanto entró en el despacho, y de ella salieron varias placas y circuitos verdes y dorados, dos teléfonos móviles desmembrados y decenas de otros componentes que yo jamás había visto.

El hombre se sentó frente a mí y comenzó: en los teléfonos no hay nada, señor. Están vacios. Pero los ordenadores… - Alcé una ceja con curiosidad, aunque no demasiada esperanza, y le invité a seguir con un gesto amplio de la mano. Resopló y continuó con voz plana: en el ordenador de la víctima hemos encontrado una gran cantidad de documentos, muchísima información, en forma de conversaciones de Messenger con una mujer, una tal Dalia. Parece que había un affaire entre la víctima y esa tal Dalia, y entonces… - Victoria interrumpió al hombre y entró en el despacho dejando un taco de unos cien folios sobre mi mesa: señor, éstas son las conversaciones de Messenger… mejor léalas usted y saque sus propias conclusiones. – Solté una risita y miré al hombre y a Victoria alternativamente: ¿qué tal si me hacéis un pequeño resumen entre ambos? – Victoria asintió con la cabeza y empezó: pues tenían una historia amorosa, algo que empezó en un chat como una conversación inocente sobre libros, cine… luego fueron intimando. No sabían el nombre del otro hasta unos tres meses después de conocerse. Atento, jefe, a los nicknames de cada uno: Dalia y Vitrubio. – interrumpí a Victoria: ¿Vitrubio? Vaya, vaya. Qué interesante – Victoria asintió enérgicamente con la cabeza: atento a esto, jefe, que es lo más interesante: Andrés nunca le dijo a Dalia que estaba casado. Ella fue tirándole los tejos a él cada vez más y él nunca se dio cuenta, hasta casi el final, cuando ella empezó a pedirle cada vez más información. Andrés era reacio; se echaba atrás en el último momento cada vez que hacían planes para conocerse. Ah, ¿sabe qué? Dalia le pidió a Andrés que plantara las dalias negras unos días antes de matarlo. La última conversación que hay es del mismo día del crimen, por la mañana, y es algo así – Victoria se aclaró la garganta y cogió el folio que estaba sobre los demás, y leyó:

“Vitrubio dice: joder, Dalia, tengo que hablar contigo.
Dalia dice: dímelo esta tarde, cuando nos veamos… dios, que ganas tengo!. Vitrubio dice: no nos vamos a ver. Ni hoy ni nunca. Estoy casado, con una mujer perfecta a la que amo.
Dalia dice: ¿qué?
Vitrubio: creo que has confundido las cosas, y yo no me he dado cuenta. Lo siento mucho pero amo a mi mujer, Enea. No te enfades. Sé que debería habértelo dicho antes, pero…
Dalia se desconectó de la red. “

Victoria alzó la vista y me miró con cuidado. Yo estaba asimilando la información, cuando finalmente miré al agente, que se divertía con el ambiente que le rodeaba. Me devolvió la mirada y dijo: sí, señor, ya hemos localizado la IP de esa tal Dalia. Vive en un chalé a las afueras de la ciudad; es una buena casa, tiene un Audi TT… es médico. Creo que ya la están trayendo hacia aquí. –

Me recliné en la silla y salí deprisa por la puerta de atrás de la comisaría para fumarme un cigarrillo; cavilé durante unos quince minutos y me asaltó el absurdo impulso de comprar un bollo de chocolate en la pastelería de enfrente. Cuando volví a entrar, pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarro, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y allí estaba ella. Victoria me miraba con una expresión de satisfacción muy leve. A su lado, un guardia asía esposada a una de las mujeres más hermosas que yo había visto jamás. Era alta y esbelta, tenía una piel pálida y suave, aterciopelada, una larguísima melena rubia y ondulada y unos ojos azules como el mar.

Victoria dio un paso hacia mí y me sonrió antes de salir. Me acerqué a la mujer y miré al guardia con expresión inquisitiva. Respondió: si, señor, las huellas del azadón son suyas.

Sonreí al guardia y le indiqué que saliera. Me quedé a solas con aquella mujer, cuyos ojos no se levantaban del suelo. Tomé aire y repasé el guión antes de empezar a actuar. –Bueno, bueno… parece que el crimen perfecto no existe, ¿verdad? – la miré. No reaccionó. ¿Cómo te llamas? – pregunté. La mujer levantó su mirada infinita y fresca y habló con un timbre de soprano: Dalia… Y no soy una criminal. – Asentí – claro que no, cielo. ¿Me acompañas a ver a una persona? –

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