Por hablar.

martes, 31 de agosto de 2010

Suerte

Por haber nacido en una sala estéril, porque las matronas que asistieron a mi madre llevaban guantes de látex y a mí me cubrieron con mantas limpias nada más salir de la placidez del útero materno. Porque, gracias al horrible sistema capitalista, mi madre pudo comprarme ropa cada seis meses (porque crecí deprisa, ya que estaba bien nutrida).


Porque, cuando cumplí tres años, entré en el enorme (jodidamente larguísimo) camino de la enseñanza y las escuelas. Porque conocí a chicos y chicas que, como yo, habían tenido una vida normal. Porque, gracias a los impuestos, tuve profesores y profesoras que tenían una cierta vocación de servicio. Porque aprendí a leer, a escribir, a sumar y restar, a contar hasta cien y a comprender (aunque no demasiado) las matemáticas.


Porque tuve acceso a libros, folios y lápices de colores.Porque pude hacer miles de dibujos muy coloridos y con no demasiada calidad, que luego mis padres guardaron amorosamente en una suerte de síndrome de Diógenes. Porque crecí aprendiendo, estudiando.


Porque nunca tuve que trabajar bajo el sol ni faltar a clase. Porque siempre pude ir al colegio con la ropa limpia y el pelo peinado, con mis libros forrados y cuidados y una mochila nueva cada año. Porque llegaba a casa y la comida estaba ya hecha. Porque la nevera se llenaba sola, por arte de magia. Porque nunca, nunca, nunca tenía que preocuparme de nada.


Porque crecí y cada vez sabía más. Porque comprendí que la nevera no se llenaba sola, por arte de magia, y siempre iba a comprar con mis padres para ayudar. Porque seguía pudiendo ir al instituto con la ropa limpia. Porque empecé a salir, a conocer gente maravillosa. Porque experimenté, me equivoqué y me pasé de largo, pero siempre (o casi siempre) tuve la cabeza para no hacer nada irreversible. Porque conocí gente de todos los colores, de todos los tipos, con todo tipo de ideas. Porque me alejé a tiempo de ellos, y me acerqué a tiempo a otros. Porque encontré a mis amigos.


Porque supe desde el principio cuál sería mi futuro. Porque mis padres han podido, no sin esfuerzo pero con muchas ganas, costearme ese futuro. Porque, aún sin la mayoría de edad, he podido salir de mi ciudad y entrar en un ambiente nuevo, con gente nueva y maravillosa. Porque mis padres han podido comprarme los libros, algo de ropa nueva y también han comprado para mí nueve meses en una habitación compartida, con mi baño, con mis pósters, con mi guitarra. Porque he podido estudiar lo que quiero, lo que amo, lo que me apasiona, a la vez que he conocido personas diferentes con mucho que ofrecer.


Porque, durante todo ese tiempo, nunca ha faltado un plato de comida en mi mesa ni una pila de ropa nueva a los dos o tres días de echar la sucia a lavar.


Por haberme equivocado, lo que me ha ayudado a no equivocarme muchas veces más acerca de las mismas cosas.


[Porque hemos sufrido mucho estos meses, pero con ello somos mejores personas y más amigos. Porque sé que estáis ahí, y eso no se paga con dinero. ]


{Por muchas otras pequeñas cosas; si empezara a enumerar, no acabaría nunca}





Por todo ello, hoy me siento afortunada. Así, es difícil tener un mal día.





Sobre la foto: la ví y me encantó. Refleja algo que debería ser una máxima de vida valiosa: muchas veces, las cosas no tienen el valor intrínseco de ser buenas o malas, o lo que sea, sino que tienen la cualidad que uno mismo quiera darles. El gafotas de la foto elegirá un camino u otro y eso condicionará como será su vida. La variable es el cartel que elegimos, no lo que encontremos por el camino.

lunes, 30 de agosto de 2010

"Qué mala compañía eres, rubia"

Otro poema que data del 5/mayo/2009. Es uno de mis favoritos, la verdad.





Me da vértigo el fondo cóncavo,
o convexo,
de la botella,
y mi cara en el espejo.

Que comer un coño no es muestra de amor
y los dos lo sabemos
¿o no?

Tienes una forma rara de llorar
y yo ya sí que no entiendo nada de nada ...

Y emborracharme para ahogarte en la cerveza
después de tantos años.

Es absurdo pensar en el regreso
sin saber si nos hemos ido ya.

Quizás lo mejor sea olvidarlo todo
y esperarte sentada entre las vías.

Quizás lo mejor sea olvidarlo todo

y cruzar la calle hacia la ciudad contigua.

Bq

Una estupidez que escribí hace ¿tres años? para alguien especial. Recurro a esto ya que estoy en medio de una enorme isla en el mar de las ideas. ¡Vivan los bloqueos creativos! Tengo a los pobres Jan y Anne un poco abandonados; pero le pondré remedio, lo prometo.



Sobre la piedra
descansa un cuaderno abierto.

El viento juega con sus hojas, inclemente.
Y el silencio es simple y duro.
El blanco de las nubes, manchado de tí.
Las líneas de simpleza nada más...
Bailando ante los ojos,
que se nublan,
que se cierran,
que se apagan...
Que te añoran.



Y termina la jornada
soñando con tu boca...
Pensándote sin ropa...
Sintiéndote a mi lado...

domingo, 22 de agosto de 2010

Cabaret VIII

Y seguimos



VIII
Sara no apareció por la habitación en todo el día. Eran ya las once de la noche cuando Jan salió de la ducha. Alex había salido a comprar un refresco a las máquinas de la cafetería, y Anne estaba tumbada en la cama, leyendo un libro de pastas rojas.
Jan la observó durante unos segundos hasta que ella alzó la vista.
- ¿Qué lees, Anne? – preguntó Jan. Ella sonrió.
- Las Flores del Mal, de un tal Baudelaire. ¿Lo conoces?
- Me suena, pero nada más – contestó Jan, y se volvió hacia su mesita de noche.
No podía creerlo; abrió el primer cajón y sacó un libro delgado encuadernado en piel. Quiso comprobarlo, aunque estaba seguro de que así era. En efecto, en la primera página de su libro se leía: “Les fleurs du Mal – Charles Baudelaire”.
- ¿Y tú, que lees? – preguntó ella a espaldas de Jan.
- ¿Quién se ha llevado mi queso? – dijo, sonriéndole. Ella soltó una risita.
- Vaya basura. ¿Qué tiene para que quieras leerlo?
- Me siento menos tonto a medida que avanza el libro; no porque vaya aprendiendo, sino por pura comparación.
Ambos rieron y Jan se tumbó en la cama con una extraña sensación en el cuerpo.

Cabaret VII

A new one,



VII
Sonaron cinco golpes firmes y fuertes en la puerta, a eso de las ocho y media. Anne estaba en el baño, peinándose, y Jan se dedicaba a observar la puerta del baño imaginándola transparente. Alex dormitaba en su cama, jugando con un cubo de Rubick con movimientos pausados.
Jan se levantó, descalzo, y abrió la puerta. Las gemelas entraron como un huracán, casi sin saludar, hablando y riendo. Tras ellas estaba Lucy con una cómica expresión de aturdimiento. Llevaba una camisa negra sencilla y unos pantalones rojos. Jan la miró y le sonrió, invitándola a pasar. La chica se sonrojó y bajó los ojos. Llevaba en la nariz un diminuto piercing con forma de pie plateado.
Anne salió del baño y alzó una ceja al ver la habitación tan llena de gente. Jan se encogió de hombros, mirándola, mientras las gemelas lo toqueteaban todo y Alex intentaba despertarse todo lo rápido que podía.
- ¡Eh! ¡EH! – exclamó Anne a las gemelas – vosotras, las de los pelos de colores, no destruyáis la habitación.
- Oh… eres una maleducada, María – dijo Lara a su hermana - ¿crees que esto está bonito?
- Que te den – contestó María. - ¿Nos vamos a cenar?
Los seis recorrieron los pasillos del Campus casi en completo silencio hasta llegar a la planta baja, en cuyo ala central estaba ubicado el comedor. Era una sala muy amplia, cuadrada, con capacidad para unas quinientas personas. Las paredes norte y este estaban cubiertas de mesas y mostradores a los que había que acudir a por la comida. El resto del comedor estaba lleno de mesas para doce personas.
A esa hora, recién abierto el comedor, apenas un tercio de las mesas estaban ocupadas. Lucy señaló una distante, pegada a los mostradores de la pared frontal, en la que había un chico cenando solo. Los seis se acercaron y se sentaron a su alrededor. El chico no pareció reparar en ellos hasta que Anne no le saludó:
- Hola, chaval. ¿Cómo te llamas?
- ¿Eh? Hola – el chico no levantó los ojos del plato de ensalada – Soy Sam.
Las gemelas se miraron, se encogieron de hombros y se sentaron cada a una a un lado de Sam. Anne se sentó frente a él, Jan junto a Anne y Alex junto a María, con Lucy en el extremo.
- Bueno, Sam – empezó Jan - ¿sabías que te llamas como el bedel del Campus?
- ¿Ah, sí? – espetó Sam sin mucho interés – Qué buena noticia.
- ¿Qué estudias, chico? – preguntó Lara con una mirada maliciosa.
Sam alzó los ojos hacia Lara y por fin pudieron ver sus facciones. Era un chico delgado, con gafas y el pelo color castaño claro, fino y casi transparente, largo hasta los hombros. Tenía una nariz ganchuda y una sonrisa amplia y sincera. Sus ojos eran dos ranuras que estudiaban a los seis desconocidos que habían venido a turbar su tranquilidad. Llevaba un extraño colgante en el cuello: un pequeño ídolo de madera algo gastada. Se atusó la media melena y, finalmente, enarboló una sonrisa sincera.
- Historia del Arte. – contestó - ¿y vosotros? ¿todos médicos?
- ¿cómo lo has sabido? – respondió Lucy, divertida.
- Lo lleváis escrito en la cara, chicos.
Todos rieron, y tras las presentaciones de rigor y unos segundos de silencio, Sam preguntó:
- ¿Por qué medicina? Con lo difícil que dicen que es, ¿por qué?
- Por conocer el cuerpo humano y sus mecanismos, para no estar perdida cuando tenga un pequeño dolor de cabeza y saber lo que está ocurriéndome. – contestó Lara, al momento. María asintió, respaldando las palabras de su hermana.
- Por ayudar a los demás, sin duda. Para poder ir a algún país pobre y echar una mano, por pequeña que sea, con mis conocimientos, por pequeños que sean. – dijo Lucy.
- Porque mi padre es médico – dijo Alex, y soltó una carcajada nerviosa.
- Por curiosidad, más que nada. Porque creo que no hay nada más noble y más merecedor de ser conocido que el propio cuerpo humano. No hay nada más perfecto y a la vez más imperfecto. – dijo Jan.
Anne permanecía callada. Todos la miraron y ella, nerviosa, contestó:
- No lo sé, si os digo la verdad. Quizá lo descubra a lo largo de este año. O quizá no.

sábado, 21 de agosto de 2010

Cabaret VI

comenzamos con el capítulo 2, a ver qué tal. Quiero críticas, coñe >.<






Capítulo 2: Arranque

VI

Alex y Jan estaban sentados uno al lado del otro en el enorme auditorio del Hospital Santa Rosa, que se alzaba contra el cielo estival justo frente a la facultad. El auditorio tenía capacidad para trescientas personas, apretujadas en los cómodos sillones color vino.
Un hombre no demasiado alto aunque bien formado, enfundado en un traje color azul marino, apareció en la tarima del auditorio desde una puerta lateral oculta en el revestimiento de madera. Se atusó la corbata, tragó saliva, tembló ligeramente y se acercó al estrado. Se aclaró la garganta y comenzó:
- Bienvenidos, señores y señoritas, al primer día del resto de sus vidas. A partir de este momento son ustedes médicos. - Alex y Jan se miraron emocionados. Unas filas más adelante, una conocida melena oscura osciló y su dueña se volvió para buscar a Jan con los ojos; desistió tras unos segundos en los que Jan pudo mirarla sin miedo. – Para ustedes, la carrera de medicina no será sólo una montaña de créditos que conseguir ni algo con lo que llenar el tiempo. La medicina es una forma de vida, una vocación que les absorberá. Habrá días en los que querrán abandonarla, en los que se arrepentirán de haberla escogido, en los que desearán tener al menos cinco minutos libres. Pero siempre volverán; esta carrera les reportará enormes satisfacciones y una felicidad que les costará identificar, pero a la que se volverán adictos.
El Vicedecano de Relaciones Internacionales continuó su charla de presentación hablando sobre las estadísticas, bastante impresionantes, del Hospital Santa Rosa. Jan dejó de escuchar, ya que las palabras con las que había empezado el vicedecano su conferencia flotaban en su cabeza y le hacían estremecerse. La conferencia terminó, y los centenares de alumnos emocionados e impresionados se precipitaron hacia la salida.
Alex y Jan siguieron a la masa, que cruzó la calle desde el Hospital hasta el recinto del Campus Universitario, anexo a la Facultad de Medicina. El resto de Facultades estaban repartidas por toda la ciudad, con lo que en el Campus había alumnos de todas las carreras.
Jan vio a Anne un poco más adelante, rodeada de su grupo de amigas. Guiñó un ojo a Alex y se adelantó. Posó su mano suavemente sobre el hombro de Anne, que se volvió despacio, y enarboló su mejor sonrisa.
- Ah… eres tú – ella tragó saliva - ¡Hola!
- ¿Qué te ha parecido la charla, Anne? – replicó Jan.
- Pues… muy inspiradora, desde luego. Aunque no creo que ninguno de los energúmenos que estamos aquí seamos doctores ya, ni mucho menos.
- Yo tampoco lo creo; somos como un público estúpido en un show estúpido. La tarea del Vicedecano hoy era animarnos y hacernos sentir importantes. – Anne le dedicó una sonrisa cálida.
- Eh, voy a presentarte a unas amigas – dijo ella. – ¡Te encantarán!

Anne se separó un poco del grupo y se perdió entre la gente. En ese momento, Alex se acercó a Jan por detrás y se puso a su lado con una sonrisa pícara. Hubo unos instantes de silencio, con las amigas de Anne escudriñando a los dos chicos, hasta que ésta volvió.
- Éstas son las gemelas, Jan. Chicas, éstos son Jan y Alex.

Las mencionadas eran dos chicas bajitas y delgadas, sobrecogedoramente iguales entre sí. Ambas vestían de negro y llevaban mochilas cuajadas de chapas. La única diferencia visible que Jan pudo descubrir era el color de su pelo; Una de ellas lo llevaba tintado de color azul eléctrico, algo deslucido, mientras que la otra lo llevaba de color rojo.
- Ella es Lara – dijo la del pelo rojo.
- Y ella, María – dijo la del pelo azul.
Jan tuvo que hacer un esfuerzo consciente y físico para reprimir una carcajada; las dos chicas le recordaban a los gemelos de Alicia en el País de las Maravillas. Les estrechó la mano y ellas le devolvieron el gesto. En ese momento, ya cerca de la verja del Campus, otra chica apareció de entre la marabunta de estudiantes, buscando a alguien con los ojos. Cuando encontró a las gemelas, suspiró aliviada:
- ¡Eh! Os estaba buscando, ¿dónde os habíais metido? – dijo
- Anne nos estaba presentando a unos amigos suyos, Lucy. El rarito es Jan, y el pecoso es Alex. – dijo Lara.
Jan le dedicó una mirada fulminante con una media sonrisa en los labios, y observó a la recién llegada, que había palidecido. Era una chica más alta y más morena, con una melena negra leonina. Llevaba varios piercings en la cara y las orejas, los ojos levemente sombreados de negro y también vestía de negro. Llevaba una mochila pequeña de rayas rojas y negras, en la cual se marcaba el contorno de un cuaderno pequeño. Miraba a Jan casi con pánico. Le estrechó la mano con firmeza, de arriba abajo.
- Estrechas la mano con seguridad – le dijo Jan, sonriendo, y recordando que su madre le había enseñado que toda mujer que estrechara la mano de arriba abajo era peligrosamente fuerte – eso denota fuerza.
- Gracias, chico. – contestó Lucy. Tenía un voz extraña, profunda y a la vez aguda.
Anne carraspeó; Jan miró en derredor y reparó en que la masa de estudiantes había entrado en el Campus, y que ellos estaban parados en medio del jardín frontal. Alex soltó una risita y echó a andar hacia la puerta, seguido de cerca por María. Lara y Lucy se quedaron algo retrasadas, hablando, y Jan y Anne flanqueaban a Alex y María.
Los seis entraron juntos en el Campus, y el fresco de su espaciosa entrada les hizo estremecerse. Se miraron, dudosos, hasta que Lara dijo:
- Vosotros, el trío, estáis en la 1325, ¿no?
- Exacto – aseveró Anne – vosotras en la 1100, creo. – María asintió.
- La mía es la 1267 – dijo Lucy.
- Pues iremos a por vosotros a la 1325 a la hora de cenar. Más os vale estar presentables – dijo María con aire sombrío. – Vamos, morena – instó a Lucy, y las tres se alejaron hacia la escalera lateral.
Anne, Jan y Alex se miraron y echaron a andar hacia su habitación. A medio camino, Alex volvió la cabeza y dijo:
- Esa rubia de ahí… - sonrió de oreja a oreja – creo que es amiga de un amigo del ex novio de una prima de mi hermana… - vaciló – o algo por el estilo. Soltó una risita y se alejó de Anne y Jan.
Éstos se miraron, divertidos, y siguieron andando en silencio. La gente iba y venía por los pasillos del edificio; había un gran barullo aquella mañana, gente que subía y bajaba escaleras con prisa.
Finalmente, llegaron a la habitación. Jan observó la placa durante unos segundos; aquel trozo de bronce ejercía una extraña atracción sobre él. Anne lo miraba divertido. Jan sacudió la cabeza y sonrió a la chica con las mejillas enrojecidas, sacó su tarjeta magnética y la introdujo en la ranura de la cerradura. Con un movimiento cortés del brazo, sentenció:
- Las señoritas, primero.

viernes, 20 de agosto de 2010

Cabaret V

Y la parte V! con esto acaba el primer capítulo.




V
La habitación era espaciosa, rectangular y muy luminosa. En las paredes laterales había cuatro camas con sus respectivas mesitas de noche. En la pared frontal había dos escritorios que enmarcaban la única ventana de la habitación, grande y sin rejas. Los otros dos escritorios enmarcaban un enorme armario empotrado que estaba junto a la puerta. Una pequeña puertecita blanca, junto a uno de los escritorios de la pared frontal, daba al cuarto de baño.
Jan dio un paso hacia delante, maravillado, cuando reparó en que tres de las cuatro camas estaban ocupadas por montañas de maletas y bártulos. En la cama que estaba justo a su izquierda había sentado un chico alto y desgarbado, pelirrojo y de nariz ganchuda y pecosa. Tras él estaban, supuso Jan, sus padres: una mujer canosa y regordeta de mejillas arreboladas y un hombre que se parecía más a un poste de teléfonos que a cualquier otra cosa que Jan pudiera imaginar.
En la cama de la derecha había una chica rubia y esbelta, convencionalmente bonita y sonriente. Estaba deshaciendo su enorme maleta rosa y sonreía; los bucles de cabello rubio le caían como cascadas por delante de sus blancos hombros. Llevaba una camisa blanca levemente transparente, y el botón superior esta desabrochado. Jan apartó la vista.
La cama de la esquina derecha de la habitación, junto a la de la chica rubia, estaba ocupada por tres maletas color marrón oscuro y una mochila roja, pero la dueña de aquellos efectos no estaba por ninguna parte. En el baño se oyó el ruido del agua y la puerta se abrió. En efecto, era ella. Anne salió del baño atusándose la larga melena negra y miró a Jan con una expresión que nunca olvidaría. Intentó sonreír, pero no pudo; su sonrisa se transformó en una extraña mueca. Se quedó muy quieta en la puerta del baño.
Jan tuvo tiempo de pensar muchas cosas antes de que el chico pecoso reparara en su presencia y lo atosigara a preguntas: Anne estaba especialmente bonita. Llevaba el pelo suelto y echado suavemente hacia atrás, con lo que una amplia onda nacía en su frente y terminaba en un suave tirabuzón alrededor de la mitad de su espalda. Llevaba una camiseta de tirantes roja, con no demasiado escote, y un pequeño colgante plateado con forma de lagartija. Sus vaqueros, ajustados en la cintura y algo más sueltos por debajo de la rodilla, eran oscuros y estaban levemente desgastados. Llevaba unas sencillas zapatillas de deporte negras. Y el nomeolvides blanco, ¿dónde estaba? Los ojos de Jan fueron, al instante, a parar a las pequeñas y perfectas orejas de Anne. Allí estaba la flor, arropada por una traviesa onda de su pelo.
- ¡EH! – la magia se rompió - ¿Y tú quien eres? – dijo el pecoso. – Yo me llamo Alex. ¡Parece que vamos a ser compañeros de habitación! Qué cosas, chico. ¿De dónde vienes? ¿También vas a medicina? ¡Espero que sí, porque tienes pinta de listo! Y yo, sinceramente, voy a necesitar muchísima ayuda este año – soltó una risotada estridente que hizo chirriar los tímpanos de Jan.
El pecoso se levantó de la cama y se acercó a Jan con la mano extendida. Jan se volvió y se la estrechó, exhibiendo una sonrisa amplia y afable, tal y como su madre le había enseñado siempre.
- Encantado de conocerte, Alex. Soy Jan. – bajó los ojos levemente y luego sonrió aún más - ¿Podrías repetirme las preguntas?
- ¿Qué? – Alex soltó una estentórea carcajada - ¡Vaya tío! Me caes bien, chaval. – se volvió y siguió con sus quehaceres.
Jan no tuvo tiempo de volver los ojos hacia Anne cuando la rubia se le acercó y le plantó dos sonoros besos en las mejillas con una sonrisa prefabricada. Cuando la pudo ver de cerca, toda impresión de belleza se borró de la mente de Jan. La chica tenía unos ojos marron chocolate demasiado separados, y sus labios eran demasiado finos. Tenía una cara larga y huesuda, y pudo ver que, probablemente, aquella chica tuviese el pelo castaño y liso como una tabla; las raíces de su melena la delataban. Estaba excesivamente delgada; sus crestas ilíacas asomaban bajo su camisa blanca.
- Soy Sara – dijo, con una insoportable voz atiplada y nasal - ¿Y tú que, guapo? ¿De dónde vienes?
- Esto… - Jan tragó saliva, casi ahogado por el perfume recargado dulzón de Sara – soy de un pueblo de por aquí. Trató de sonreírle y se dirigió a su cama, junto a la de Alex y frente a la de Anne.
Anne seguía parada frente a la puerta del cuarto de baño, con el hombro y la cadera derecha apoyadas contra el quicio de la puerta. Miraba a Jan con una media sonrisa, que él le devolvió hábilmente. Cuando el chico fue a dejar su austera maleta sobre la cama, Anne sacudió ligeramente la cabeza y salió de la habitación, no sin antes desprenderse del nomeolvides y soltarlo, abandonado, sobre la cama.
Jan la observó salir y suspiró, tratando después de disimular cuando vio que Sara y Alex lo miraban con aire inquisitivo.
- ¿Qué le has hecho ya, chaval? – dijo Alex medio riendo. Jan le devolvió una sonrisa con los ojos llenos de lágrimas.

Cabaret IV

Vamos con la parte IV


IV

El Señor S. explicó a Jan que el primer número, el 1, indicaba que su habitación era de residencia permanente, y no estudio o aula; el segundo número, el 3, decía la planta en la que estaba la habitación. “Así cualquiera la encuentra”, pensó Jan. Mientras bajaban juntos por las amplias y luminosas escaleras, el señor S. suspiraba en cada escalón mientras contaba a Jan mil anécdotas del Campus. Le explicó que el edificio tenía forma de U de esquinas aplanadas, y que el acceso a los pisos superiores estaba restringido.
Jan no pudo reprimir una estúpida expresión de sorpresa cuando el señor S. le preguntó si quería saber más sobre su historia. El chico asintió, embobado.
- Estudié medicina, aunque no lo creas. Lo mismo que vas a hacer tú. – miró a Jan de reojo y se concentró de nuevo en las puntas de sus zapatos. – Cuando terminé la carrera, todo empezó a ir cuesta abajo y sin frenos. Mis padres venían desde mi ciudad de origen hasta aquí, a mi ceremonia de fin de carrera, cuando tuvieron un accidente de tráfico y murieron los dos.
- ¿Qué…? – Jan no podía creerlo. Sintió una oleada enorme de pena hacia el señor S.
- No me compadezcas, chico. No pude pagarme la residencia, así que empecé a vagar de aquí para allá, de trabajo temporal en trabajo temporal. La verdad es que me arruiné por una estupidez. Conocí a una chica maravillosa, Ana se llamaba, y me enamoré de ella en cuanto la vi. Nunca olvidaré la primera noche que pasamos juntos en mi diminuto y mugriento piso, lo máximo que podía pagarme con el dinero que ganaba. Le hice el amor como si no hubiera mañana; efectivamente, no hubo mañana
- ¿Qué quieres decir?
- Me robó – sentenció el señor S. – se lo llevó todo, la muy zorra. El poco dinero que guardaba, mi única tarjeta de crédito, mis carnets, las escrituras de la casa… Todo. Cuando fui a denunciar, me tomaron por un loco y no me quedó más remedio que abandonar el trabajo, ya que no me quedaba ni un céntimo para desplazarme hasta allí, y tampoco podía presentarme con la ropa sin lavar. Así que acabé, con apenas treinta años, vagabundeando en la calle. Así pasé la mayor parte de mi vida, hasta que mis pasos me devolvieron aquí. Llegué una noche otoñal, hace unos seis años. Sólo esperaba poder dormir un rato bajo techo, pero ocurrió algo más. El Doctor Darrel volvió al campus tarde esa noche, y…
- ¿Quién es el Doctor Darrel? – preguntó Jan, interesado.
- El jefe del departamento de anatomía. Le conocerás muy pronto, te lo aseguro. – sonrió el señor S. – el caso es que el doctor tropezó conmigo, que estaba durmiendo frente al portón. Me reconoció, y me dejó pasar a su habitación. Le conté mi historia, y pareció conmoverle, ya que al día siguiente estaba trabajando aquí como bedel. – terminó S., sonriente. – Hemos llegado, chico.

Una placa de bronce rezaba “1325”. Jan la observó durante unos veinte segundos sin pestañear, así que estuvo a punto de caerse de espaldas cuando un fuerte bastonazo en las costillas le sacó de su ensimismamiento. Se quedó mirando al señor S., intentando recordar si llevaba ese bastón curvado y nudoso cuando lo vio por primera vez. S. Tenía una media sonrisa y lo miraba con aires de superioridad:
- ¿Estás ensimismado? ¡Entra de una vez! – se volvió con dificultad y echó a andar pasillo arriba, murmurando.
Jan tragó saliva y siguió con los ojos al señor S. hasta que hubo desaparecido. Miró una vez más la placa de la habitación y entró.

jueves, 19 de agosto de 2010

Iraq

http://www.google.com/hostednews/afp/article/ALeqM5iBuYudtiF2OAgdcwb2TUk4ugGb5w



Hoy, unos días antes de lo previsto, las últimas tropas estadounidenses han salido de Iraq.

Independientemente de la decepción Obamaística que la mayoría de la gente sufre, está dando pasitos pequeños para que este mundo sea cada día una milésima más democrático y justo.

No merece el Nobel de la paz, ni es el salvador del mundo, ni predica siempre con el ejemplo, pero ha cerrado Guantánamo y ha sacado a las tropas de Iraq. Gracias, Mr. Obama.


:)

Cabaret III

Otro más ^^ :


III
Jan nunca habría imaginado que en un lugar podía haber tantos pasillos, todos tan parecidos entre sí y tan amplios. Llevaba en la mano su ficha identificadora, que sólo contenía cuatro números de información potencialmente útil, y no los entendía. Supuestamente, su habitación era la 1325. Parecía fácil encontrarla, pero él llevaba tres cuartos de hora buscando por aquellos pasillos clónicos sin ningún fruto. Se sentó en medio del pasillo, frente a la 1689, y suspiró, mirando su ficha con rabia.
- Esto no podría ir peor – dijo en voz alta.
Enterró la cara entre las manos y se frotó los ojos cerrados, intentando relajarse y centrarse. Un momento después, oyó una voz ronca a su lado:
- ¿Puedo ayudarte en algo?
Jan levantó los ojos y se encontró frente a un hombre anciano y desgarbado, con un ojo de cristal y el poco pelo canoso que le quedaba recogido en una coleta. A pesar de la apariencia general, que podía no ser muy agradable, el hombre desprendía una sensación de inocencia y disposición.
- Pues… - Jan vaciló un momento. Al final reparó en el uniforme naranja que llevaba el anciano, y supuso que debía ser un bedel – la verdad es que sí. No encuentro mi habitación, y llevo tres cuartos de hora buscando.
- A ver, ¿me enseñas la ficha? – contestó el hombre. Jan se levantó y se la extendió.
- Es la 1325, no tengo ni idea de…
El bedel levantó los ojos de la ficha con una mirada inquisidora e incrédula. Bajó los ojos a la ficha y volvió a mirar a Jan, esta vez de arriba abajo y analizándole. Al final, soltó una carcajada. Él no entendía por qué, pero si algo había aprendido en la última hora de su vida era que tenía que olvidar todo lo que sabía hasta entonces.
- Tú no eres de la ciudad, ¿verdad?
- No… - respondió Jan – vengo de… - vaciló – un pueblo de por aquí.
- Cómo se nota – el bedel soltó una carcajada, y le extendió la mano a Jan – me llamo Samuel, pero todos me llaman señor S.
- Encantado – Jan le dio la mano – yo soy Jan.
- Vale, Jan. Lo primero que tienes que saber es que estás en la sexta planta y tu habitación está en la tercera. ¿crees que sabrás llegar solo?
- No – Jan soltó una risita – ni hablar.
Samuel miró a Jan en completo silencio durante unos instantes, soltó una carcajada y agarró la maleta del muchacho.
- Anda, acompáñame.

Cabaret II

Seguimos con esta cosa enferma.


II
Un muchacho alto y un poco desgarbado, con la piel sanamente bronceada y una expresión perdida en los ojos, corría por una concurrida calle con un papel en la mano y respirando deprisa. Pensaba: “no llego… no llego… no llego… “Dobló una esquina sin saber ni siquiera donde estaba y se encontró de frente con la enorme verja abierta del Campus Universitario. Entre él y el enorme edificio neoclásico se extendía un jardín brillante y cuajado de flores bajo el sol de septiembre, que además estaba atestado de grupos de alumnos que conversaban muy alegres y se saludaban tras un verano con mil cosas que contarse.
Jan dejó la maleta a su lado y se apoyó en sus rodillas, respirando con dificultad. Cando hubo recuperado el aliento, alzó la miraba, se alisó el pelo rubio pulcramente peinado y la corbata, tomó aire y echó a andar. En un trayecto que se le antojó interminable, empezó a escudriñar a todos los alumnos que se arremolinaban en la entrada. Fue aminorando el paso, cada vez más sorprendido, hasta que se detuvo, rodeado de gente.
Sólo podía pensar que no imaginaba que tanta gente pudiera hacer tanto ruido, Captaba mil voces, mil palabras, mil caras y miradas. A su derecha, dos chavales más jóvenes que él hablaban entusiasmados sobre una alemana que uno de ellos había conocido y de una sueca que había conocido el otro, por supuesto intentando que cada historia sonara más fantástica e increíble que la otra. A su izquierda, oyó una risa cantarina y melodiosa, y se volvió al instante. La dueña de aquel canto, que a Jan le recordó al de su madre, era una chica alta y morena, simplemente preciosa. Estuvo una eternidad mirándola, hasta que al final volvió al mundo real. Se agachó y cogió un nomeolvides blanco que había en un parterre a su lado, se acercó hacia la chica, que estaba rodeada por un grupo de muchachas, y le extendió el nomeolvides en cuanto ella reparó en su mirada. Sus amigas ya habían enmudecido para entonces, y ella lo observaba con mucha curiosidad.
- Hola – dijo – me llamo Jan. Las chicas guardaron silencio, y la morena extendió finalmente la mano, dudosa.
- Yo soy Anne – dudó, y se prendió el nomeolvides del pelo – encantada de conocerte.
- Madre mía, ¿pero tú de donde sales? – dijo una chica muy bajita y con las mejillas gruesas y rojizas.
- Si pareces Jhonny Hooker, pero en versión inocente – una muchacha alta y escuálida, con una cara que recordó a Jan a la del caballo de su padre, se rió de su propio chiste – qué raro eres.
- Callaos, sois unas buitres – Anne sonrió a sus amigas y miró a Jan – gracias por la flor, pero no tenías porqué.
- Pues claro que sí – dijo él – aunque tu luces más que ella.
El silencio se cernió sobre el grupo. La sonrisa de la chica-caballo le resbaló de la cara, la chica bajita soltó una risotada, y la sonrisa relajada de Anne se tornó en una tensa mueca. Todas la miraban, expectantes, esperando su reacción. Jan lucía su expresión más verdadera de angustia y desconcierto, una expresión que gritaba: ¿qué he dicho…? – Cuando Anne abrió la boca para hablar, el reloj marcó las nueve en punto, la muchacha le miró con un atisbo de disculpa en la mirada y esperó a que sus amigas echaran a andar hacia el edificio para dedicarle una sonrisa rápida y seguirlas. Jan se quedó mirando cómo las tablas de la falda de su uniforme ondeaban alrededor de sus piernas y cómo su pelo bailaba con ella, y hasta que todos los alumnos no hubieron entrado en el edificio, no echó a andar, pensando: mal empezamos…

Cabaret I

Me he decidido a desarrollar un proyecto, una idea que tuve hace ya bastante tiempo y que empecé a escribir. Es una de las pocas ideas que he tenido en las que hay planteamiento, nudo y desenlace. Normalmente escribo un párrafo y a partir de ahí... libre albedrío. "Cabaret" es diferente. Espero que os guste.


Capítulo 1: Las raíces de la luna.

I
Jan jamás olvidaría las palabras que le dijo su madre aquella noche, justo antes de marcharse. “Cielo mío, vayas donde vayas, hagas lo que hagas, jamás olvides tus raíces”. Allí, bajo el bochorno del verano campestre, oyendo el cantar de los grillos y arropados por la sucia luna suburbana, besó a su madre en la mejilla, le sonrió y se marchó por la vereda oscura, con todas sus cosas en una maleta y sus sueños en el bolsillo.

Memoria

El teniente dejó caer sus noventa y cinco kilos de peso sobre la austera mesa de acero; el golpe resonó en la habitación cúbica e hizo respingar a Diana.

- Maldita sea, ¿sabes que tengo una mujer e hijos a los que atender? ¿porqué tengo que estar aquí, peleándome contigo, aunque sepa a ciencia cierta que eres culpable? - suspiró y se volvió - ¡Joder!

Diana bajó los ojos y las lágrimas amenazaron con aflorar a sus mejillas de nuevo. Tuvo un flashback muy vívido. Su padre estaba en el salón de casa, dando vueltas a la mesa como un animal enjaulado, su madre estaba de pie en un rincón y ella estaba sentada a la mesa, sola, retorciéndose los bajos de la camiseta. La hbitación estaba llena de un aire pesado, denso, lleno de miedo, que empujaba todos los objetos hacia las paredes. Un nuevo golpe del teniente, esta vez un puñetazo en la pared, rompió el fino vidrio al que se había mudado.

EL teniente la miraba con odio. A ella, que durante un segundo no recordó cómo se llamaba, no se le ocurrió otra cosa que jugar con su piercing labial. Esto fue el colmo para el teniente; se acercó a ella dando amplios pasos que levantaban pequeños remolinos de aire y la zarandeó con violencia:

-Eres una puta asesina, ¿no es así? tú le mataste, maldita zorra... ¡¡Confiesa!! - una mano fuerte arrastró al teniente hacia atrás, tirándole de la camisa.

El salvador era un hombre alto y espigado, canoso y con una mirada vacía. Diana tuvo el absurdo pensamiento de que era ciego. Fulminó al teniente con la mirada, y éste pareció desmontarse. El hombre miró a Diana y dijo:

-Confiesa.

Diana se echó a llorar al instante. Alzó las manos abiertas y se las miró, despacio, y alternativamente. Sintió que no eran suyas, que eran dos apéndices ajenos a su cuerpo. Miró al hombre.

-No puedo... no puedo recordar... - tragó saliva - nada.

viernes, 13 de agosto de 2010

Todo lo bueno se acaba

Tras veinte días, el planeta Tierra ha vuelto a su órbita. El mundo se ha puesto cabeza arriba de nuevo, las aguas han vuelto a su cauce. Una pena, desde luego.

No voy a hacer una lista de todo lo que he aprendido, porque podría estar aquí hasta mañana. No tiene sentido decir que he aprendido a explorar los signos meníngeos, los grupos antibióticos, los tipos de anemia, la exploración del abdomen agudo...

Lo que sí interesa saber tiene más que ver con la práctica cotidiana que con la medicina entendida como diagnósticos y tratamientos. El trato diario con el paciente es lo más importante, sin duda; dar confianza, seguridad y una mano firme a la que agarrarse. Parece que no, pero el médico de familia es la primera línea de defensa, la primera etapa del sistema sanitario, el primer sitio al que todos acudimos cuando nos duele un poco la muñeca o nos ha salido un extraño lunar en el brazo. No quiero parecer más pretenciosa de lo que ya parezco, dado que apenas tengo recursos para hablar de este tema, pero sí diré que no creo que un neurocirujano (por decir alguno) oiga muchas veces frases como las que he oído a lo largo de estos veinte días de prácticas en la consulta: "si me falta usted, doctor, me falta la vida" "no sé como voy a pagarle todo lo que hace por mí", y sucedáneos. Poco más que decir.

Sobre todo, gracias a los dos individuos enfundados en sus batas blancas que me han acogido y ayudado, enseñado todo lo que han podido e invitado a café todas las mañanas (xD). Lo más importante que me han enseñado es que no me equivoqué. Es reconfortante haber encontrado mi vocación, mi sitio en este convulso y cambiante mundo.

jueves, 12 de agosto de 2010

Crónica de una muerte anunciada.

Llamo a tu puerta y empiezo a hervir a fuego lento; también tú.
Abres y te beso en la comisura de la boca. Ya está todo el pescado vendido.
Me das largas, te vas a la ducha, leo tus mensajes, me conciencio. Vuelves y sonríes. Preciosa, como siempre. Preciosa, como nunca.

Intercambiamos palabras, cosas, pocas cosas. Te escucho, sin parar te escucho y tú te desahogas. Sin embargo, estás bien. ¿Qué digo?; mejor que bien.

No sé como, nos metemos en vereda. No sé como llegamos a este punto, pero aquí estamos. Como siempre, como nunca, ambas sabemos hablar más claro pero nos divierte marear la perdiz. Como siempre, como nunca, nos tiramos proyectiles sin ninguna mesura. Ambas sabemos hablar más claro. Podría lanzarme a tu cuello ahora mismo, pero así es más divertido.

Me dices que estás cansada, y te digo que no tienes actividad. Me dices que estás esperando que la actividad venga a tí. Te callo la boca, y ya está todo dicho. ¿Crees que puedes resistire? Yo creía que no, pero me cuesta trabajo traerte al colchón. Sigo yo sola, te beso en la comisura de la boca. Cuando quiero darme cuenta, estoy a horcajadas sobre tí.

Te levantas, bajas la persiana, cierras la puerta, apagas la TV, pones el aire (a 24 grados, no lo olvidaré), bajas un poco más la persiana. Como un gato en una jaula. Me mareas a mí, sólo palabras. Decídete de una vez, te digo. Decídete, cobarde. Eso te toca profundo, y se acabaron las tonterías. Vienes a mis manos, y te recorro de arriba a abajo. Me miras y me dices: ¿qué haces con tanta ropa?.

A partir de ahi, ahora sí, todo está hecho. Después de cuatro años, estamos juntas por fin. Sin ataduras, sin peros, sin dar explicaciones. Libres.


[...]


Me gusta cómo respiras cuando te toco. Tus ojos, siempre cerrados. Me gusta la curva que se forma entre tu boca y tu barbilla; la yema de mi dedo índice encaja ahí perfectamente. También encaja la curva de mi nariz en tu mandíbula. También encaja mi pecho en la última depresión de tu espalda. Tu espalda, tostada y lisa, vasta y suave. Me dices que el aro de mi nariz está frío. Estás medio dormida, y aprovecho para rozarte y recorrerte con el dedo. Suave, templada. A media luz, eres preciosa; también lo eres a luz entera. Te miro tumbada en la cama, boca abajo, con la cabeja enterrada entre almohadas. Suspiras de vez en cuando. Todo está bien; sólo pienso en la suavidad de tu piel. Todo está bien; volveremos a vernos pronto.

martes, 10 de agosto de 2010

[...]

El tiempo sólo deforma el filo del dolor hasta que,
en vez de cortar,
desgarra.


{Tomado de Lisey's Story, de Stephen King}





Cuando sólo puedo pensar en frases de este tipo, tengo dos (o tres) axiomas, véase:

*Estaré ovulando, será por eso. (O bien: estará a punto de venirme la regla)
*Voy a acostarme, mañana estaré mejor (O bien: voy a esperar, seguro que pronto estaré mejor)



En fin, dejémoslo por hoy. Un poco de música:







martes, 3 de agosto de 2010

Medios de comunicación.

Hoy, brevemente, quiero romper una lanza en favor de los medios de comunicación de este ¿maravilloso? país nuestro.

Hace unos días, el 30 de julio, se cumplió un año del atentado de ETA que mató a los guardias civiles Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvá, en Mallorca. Tenían 28 y 27 años, respectivamente. Es el último atentado mortal hasta la fecha.

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/07/30/espana/1248955815.html

Hubiera sido muy fácil para los medios comenzar los titulares del día así, con la frase "hoy se cumple un año del atentado de ETA que mató...". Hubiera dado pie a un largo reportaje recordando aquel suceso, a muchas imágenes de manchas de sangre en la acera, a detalles sobre la bomba lapa que mató a estos guardias, etcétera. Hubiera sido mucho más morboso, e incluso hubiera permitido un largo reportaje acerca de los atentados más sangrientos de la banda terrorista en los últimos 15 años.

Sin embargo, no lo han hecho así. En los informativos de dos cadenas nacionales he escuchado, casi textualmente, la cabecera de la noticia de la siguiente manera:
"hoy se cumple un año sin atentados de ETA".
El matiz es significativo, se trata de dónde poner y dónde no poner el acento. Bravo, por una vez y sin que sirva de precedente, bravo.





Fuente: Rueda de prensa de Rubalcaba.
Este vídeo ha tenido muchas menciones en los medios; Rubalcaba no pone el acento donde debe, pero aquellos medios que lo mentan, sí, y eso es lo importante.

http://www.rtve.es/mediateca/videos/20100803/rubalcabaun-ano-sin-atentados/843697.shtml



lunes, 2 de agosto de 2010

Antitauromaquia II


(imágenes de toros ensangrentados hay en todas partes, ¿no?)



Hace unos días publiqué una entrada en el blog acerca de la tauromaquia, acerca de un caso que oí en la televisión. ¿Quién me iba a decir que, tan solo una semana después, iba a encender la televisión y a presenciar la abolición de la tauromaquia en cataluña? Si me lo hubieran dicho, no me lo hubiera creído. Pero es cierto.



Es probable, de hecho creo que así es, que esto sea una decisión política y puramente estética. Cataluña es una comunidad combativa, siempre están en las noticias por esto o aquello, y eso lo sabemos todos. El independentismo catalán es harina de otro costal, de la que algún día hablaré. Lo que es objetivo es que Cataluña está en boca de todos. Los antitaurinos estamos de fiesta, los taurinos protestan. Lo importante es que, por fin, se ha abierto una herida antigua en este país. Se ha abierto la caja de los truenos, cada cual se ha posicionado y, por fin, el debate está en la calle.

En cualquier caso, política e hipocresía aparte, la libertad se ha alzado en el albero catalán. Por fin, los niños de aquella comunidad no tendrán que crecer viendo cómo sus abuelos asisten a sabiendas y con una sonrisa en los labios a un espectáculo dantesco, terrible, cruel y violento. No hablemos del sufrimiento del toro, sino sólo de los visible y objetivo: la sangre del animal impregna la arena. Eso es violencia.

¿Y el argumento sobre la libertad de los taurinos para ir a ver las corridas? Lo siento, pero está cogido con pinzas. También las personas que se entretienen con peleas de perros o de gallos pueden alegar su derecho a ir a verlas. Los asesinos y los psicópatas pueden alegar que tienen derecho a torturar personas humanas, porque con ello se entetienen. No díré más al respecto.

Sólo diré, dejándome llevar por mi vena egoísta y cabrona, lo siguiente: señores toreros, señores banderilleros, señores ganaderos y todos los sádicos que viven del toreo, lloren y lean todos los manifiestos que quieran, que las corridas de toros

YA SON ILEGALES EN CATALUÑA! :)

Aprender a querer



-Este año 2010, se produce en España un asesinato machista cada cinco días. El año pasado, se producía uno por semana. Hasta hoy, dos de agosto, 49 mujeres han muerto por esta causa.

He comenzado a escribir esta entrada con ese párrafo, y he seguido con otros cuatro bastante largos, desglosando las ideas de los jóvenes (según mi experiencia) y los moldes y estereotipos que existen. Sin embargo, no creo que sea lo más adecuado; no tiene sentido hablar del machismo, del sexismo, de la desigualdad, de la dominación, de la sumisión, porque todos sabemos de qué va esto. El mundo está cambiando, pero todo sigue demasiado igual. Esto queda demostrado con los frios números; éstos pueden ser sólo números o convertirse en mujeres con nombre y apellidos, con familia, con deseos, con ilusiones, con miedos, con problemas, con aficiones y con ganas de vivir. Algunas de ellas son:

*Josefa, de 45 años, estrangulada por su marido Juan Manuel
*Joana es apaleada, axfisiada, apuñalada y mutilada por su pareja, con problemas psiquiátricos
*Isabel Barroso, de 26 años, es apuñalada por su expareja dentro de su automóvil, donde dejó que se desangrara hasta morir..
*Carmen, asesinada por su marido. La metió en el coche donde él se suicidó también.
*Antonia, una prostituta con la que el asesino mantenía relaciones habituales, es asesinada y retiene su cadaver en casa hasta el dia 12 en que es descubierto (no contabilizada por Ministerio por su profesión)
*Mª Victoria, de 64 años, apuñalada en plena calle y por la espalda por su ex-pareja.
*Enma, de 47 años, apuñalada por su pareja en su domicilio, por la espalda.
*Fátima, 25 años, asesinada a tiros por su ex-pareja, dentro de un disco-bar.
*Ana, de 49 años, es apuñalada en plena calle por su expareja.
*Guadalupe B.M tenía 41 años, su expareja le asestó decenas de puñaladas al no aceptar la ruptura.
*Farida, 46 años, apuñalada por su marido en plena calle. Ella trataba de iniciar los trámites de separación.


[Ni una más]