Por hablar.

jueves, 24 de febrero de 2011

Juan Ramón Jiménez





... Ni rosas, ni carnes, / ni estrellas...

¡Para nada sirven / mis piernas!


Se ha descubierto un nuevo texto, inédito, de Juan Ramón Jiménez.

http://www.elpais.com/articulo/portada/sueno/JRJ/elpepuculbab/20110219elpbabpor_3/Tes




Venir a Jaén me deprime un poco, sobre todo los viernes que me paso el día sola.
Cambios, cambios, cambios.
Estoy cansada, creo que estoy estudiando demasiado.

Silencio.

Un pequeño texto que escribí hace bastante tiempo; el otro día volví a leerlo y me gustó mucho. Os lo dejo.

Las amplias calles de Varsovia aparecían cegadoramente blancas. Había nevado con fuerza, y la luz que parecía emanar de cada átomo inundaba la tensa calma que sucede a los bombardeos. Algunas casas, o lo que quedaba de ellas, algún humeaban, y había restos de sangre en la nieve de las puertas de muchas de ellas. Un enorme caserón de madera oscura permanecía intacto al final de una ancha avenida. Proyectaba una sombra grisácea sobre la nieve, y en un rincón polvoriento de su desván, dos cuerpos estaban acurrucados.

Ella, envuelta tan solo en una sábana blanca, tiritaba por la nieve que se colaba entre las grietas de las endebles paredes de madera y mojaba su espalda. Tenía los finos labios de color azul oscuro, y la piel de su cara era casi transparente, excepto por dos manchas rojas en el centro de sus pómulos. Él, también escaso de ropa, la abrazaba para darle su calor corporal e intentar mitigar sus temblores. En el piso de abajo no se oía más que el crujir de la vieja madera de la casa, y los nerviosos susurros de alguien que debía haber entrado a robar.

De repente, ella levantó la cabeza y habló con una voz que no era suya: Aquí termina nuestro viaje... Antoni... – tembló con violencia un momento y continuó con los ojos vidriosos – en este desván lleno de recuerdos... – él puso un dedo sobre sus labios oscurecidos y sonrió con levedad: no termina aquí, no digas eso... Saldremos de Varsovia y podremos tener una vida mejor, juntos en algún lugar donde no importe nuestra procedencia... – ella negó con la cabeza, con un gesto entre condescendiente e implacable, y sonrió a la oscuridad del desván: van a venir... pronto... – musitó. Él le acarició la mejilla con un gesto tierno y escalofriantemente cuidadoso, como quien acaricia la manita de un bebé enfermo, y se inclinó sobre ella para darle calor.

El pesado silencio que se había formado entre ellos se vio roto en unos segundos. Un estruendo resonó en la calle, seguido de un ruido monótono y voces que hablaban en alemán. Ella levantó la cabeza y sonrió con los ojos. Él se levantó deprisa y se asomó a una grieta en la pared. Un batallón de soldados vestidos con la inconfundible camisa parda y la esvástica en los cascos se acercaban por la calle. Tras ellos, un carro de combate cerraba la lenta marcha, disparando a todas las casas para asegurar el exterminio.

Ella reía con suavidad, tumbada en el suelo, con los ojos vacuos mirando al techo. Él volvió a abrazarla y a hablarle: tranquila, no nos verán, podremos salir... – ella contestó de inmediato, pronunciando las palabras con una lentitud casi mortal: si van a matar a uno de los dos, que nos maten a los dos.

Todo pasó muy deprisa. Golpes en el piso bajo, muebles cayendo al suelo, pasos subiendo la escalera, soldados en el desván, inspeccionando la penumbra, un disparo seco, un gemido seco. En un abrir y cerrar de ojos, doce soldados alemanes tenían frente a sí a un hombre polaco muerto y a una mujer polaca al borde de la congelación, que los miraba con unos impresionantes ojos azules, abrazada al cadáver del hombre. Los soldados se miraron un momento y se dieron la vuelta con infinita parsimonia. La mujer les habló en polaco, pero la ignoraron. Bajaron la escalera y se organizaron con rapidez. Todo despejado.

Cuando el pequeño grupo que se había separado del batallón salía de la enorme casa, un grito ahogado les hizo levantar la mirada. La mujer estaba de pie en el umbral de uno de los balcones del desván. Les miraba con el largo cabello oscuro ondeando a su alrededor, y con los pies descalzos prácticamente en el aire. Un soldado gritó y se adelantó hacia la casa. Otro soldado le agarró la mano inmediatamente después y lo devolvió al tenso silencio del batallón. La mujer sonrió y dio un paso adelante, el último paso que daría en su vida.

domingo, 20 de febrero de 2011

Charlas IX

Aquí os dejo una nueva conversación, cortita y bonita (al menos a mi parecer).


Empatía


Ella metió la llave en la cerradura y pasó al pequeño recibidor del piso. Se sacó las deportivas rojas con la punta del otro pie y colgó su gabardina negra en la percha. Suspiró y levantó los ojos. Él la miraba desde el sofá.
- ¿Qué tal la película? – le preguntó sonriente, mirándola. Cuando vio que ella estaba pálida y guardaba silencio, al borde del llanto, se levantó deprisa y se acercó a ella.
- Pues… bonita, sí – bisbiseó, y le dedicó una temblorosa sonrisa.
- Ni hablar – contestó él, lapidario - ¿estás bien?
Ella suspiro y se zafó de él, yendo hacia la cocina. Él se quedó en el recibidor, atónito, con los brazos caídos a los lados del cuerpo. Se encogió de hombros y la siguió hacia la cocina. En ese momento, ella salía de la cocina con un vaso de zumo de naranja en cada mano. Le extendió uno a él y dijo:
- Es bonita, sí – y le dio un sorbo al zumo. – pero…
- ¿Pero…? – interrumpió él.
- Es demasiado dura, demasiado triste. Demasiado – dijo ella, y bajó los ojos.
- Oh, vamos… - él puso los ojos en blanco - ¡es sólo una película! – le dijo, sonriéndole socarronamente.
- Maldita sea, ya lo sé. Ya sé que es sólo una película – dijo ella, algo enfadada, con los brazos en jarras – pero es demasiado dura. Sólo con imaginarme viviendo la misma historia, no sé… - volvió a bajar los ojos – Creo que empatizo demasiado – terminó
Él se acercó a ella y le elevó la barbilla con delicadeza, le cogió el vaso de zumo de la mano y lo puso sobre la mesita del salón. Entonces, la abrazó con firmeza y ella le devolvió el abrazo.
- Hablas de empatizar demasiado como si eso fuese malo – le dijo él, sonriendo. Ella le devolvió una risita y recogió su vaso de zumo.

Haikus

Sí, sí. Una vez me dio por ponerme a escribir Haikus. Espero que no lo consideréis una blasfemia imperdonable; para mí, un haiku son tres o cuatro líneas que no riman (ya, ya sé que los haikus se escriben en japonés y, al traducirlos, pierden la rima). En fin, estos son mis cuatro favoritos:

Amputación


Y es lamentable que sea
la soledad y el pánico a la pérdida
lo que nos haga creer
que podemos poner una tirita a esta amputación.


Medusas


La marea ha traído
medusas hasta la arena
y todos los peces se han muerto de frío.


Salitre

El sabor del salitre en la nariz
es hermoso y muy amargo
como las mañanas de abril
que pasé a tu lado.


Siete horas

En la esquina del puente
hay un hombre sentado,
mirando al frente.
Lleva siete años sin parpadear.