Por hablar.

jueves, 29 de julio de 2010

Lección de Anatomía











El dolor nace en el bajo vientre, en las fosas ilíacas,
y se irradia
se irradia, se irradia, se irradia.
Recorre el tórax y la espalda
Inunda cada vértebra, cada ligamento, cada costilla.
Se clava en el esternón,
hasta las escápulas y arriba,
arriba, arriba, arriba.
Se cuelga de la clavícula,
a la cabeza del húmero y diáfisis abajo.
Luego al codo, entre los tres,
en el ligamento cuadrado.
Y por la membrana interósea se escurre
a la mano, pudriendo cada hueso del carpo.
Se abre en abanico por los metacarpianos,
hasta la punta de cada falange distal.

El dolor nace en el bajo vientre y se irradia,
abajo, abajo, abajo.
se cuela por el canal medular, recorre el hueso sacro.
En la espina ilíaca pone el amarre y se descuelga por el cuádriceps,
lo usa como tobogán,
Usa el nervio ciático como raíl y aprovecha,
hasta la rodilla y entonces se bifurca.
Rodea la rótula y se agarra con las garras a la tibia,
Se engancha de los gemelos y los desgarra
hasta el tendón de Aquiles, talón abajo,
recorre la planta, el arco plantar, y llega a la punta de los dedos
y allí se besa con el dolor que viene del músculo pedio.

Arriba, arriba, arriba,
a la cabeza. Columna cervical arriba, hasta el atlas
y entra por el foramen magno como una serpiente.
Antes, pone huevos en los cóndilos, en el hueso occipital.
A la vez que repta por las meninges, araña los huesos parietales.
Presiona, intenta escapar por la sutura coronal.
Se cuela por las circunvoluciones cerebrales,
abajo, abajo, abajo.
Corteza cerebral, sustancia gris, sustancia blanca.
Hasta el hipotálamo y al cerebelo.
Y allí se duerme y pudre lo que le rodea.
Antes dejó un vástago, que se aplasta contra el hueso frontal
que tropieza en la eminencia supraorbitaria,
y aprovecha el escalón para clavar sus colmillos en los globos oculares.





Repasando los libros de anatomía

martes, 27 de julio de 2010

Los monstruos de la televisión y sus verdades a medias.

Dato interesante: es la cuarta vez que empiezo a escribir esta entrada en menos de media hora. Visto lo visto, me voy a dejar de tonterías porque se ve que hoy no estoy demasiado inspirada, y dejo un pequeño texto que data del 2 de enero del '09. Se llama Amor.


No quiero verte sin ropa, ni que tú tengas que verme a mí así. No quiero pasar la nochevieja en tu casa, ni quiero conocer a tus padres. No quiero que tú tengas que conocer a los mios, y que te inviten a comer a casa los fines de semana. No quiero ir contigo a comprarte ropa, no quiero hacer planes de futuro contigo... No quiero tener la obligación moral, ni que tú tengas la obligación de hacerme un regalo en nuestro aniversario; no quiero que me compres ramos de flores, que me llames todos los días, no quiero tener que enfadarme porque no me prestas la suficiente atención, ni tener que discutir contigo. No quiero que nos peleemos y "arreglar las cosas" sólo porque llevamos mucho tiempo juntos. Sólo quiero que me hagas todo el daño que tengas que hacerme en el menor tiempo posible, para así llorarte durante los días de rigor y poder pasar página lo más deprisa posible.



Qué dramático, ¿no?. Hay que ver lo mucho que he cambiado en un año y medio. Sólo que hoy estoy un poquitín deprimida.



Algo de música, para aligerar el aire:



Dorian - Cualquier otra parte




Placebo - Meds

lunes, 26 de julio de 2010

Charlas VI

Por ahora, las dos últimas; "operación bikini" está fresquita, recién escrita:



El amago

- Tienes que leer el último libro de este hombre – dijo ella mientras le tendía por encima de la mesita de café un libro de pastas negras gastadas, con el título impreso en letras doradas, que rezaba: BARCELONA INACABADA.
- ¿Barcelona inacabada? Como sea otra de tus novelas gótico-románticas de vampiros adolescentes, ya sabes dónde va a acabar – dijo él, soltando una carcajada.
- Que no, hombre – replicó ella con un suspiro – es una colección de historias cortas de personas muy grises en la Barcelona de mediados del siglo 20 – le miró, esperando la carcajada, pero no llegó, así que continuó – te recordará a tus años en Montjuic, la verdad es que el autor es un maestro de las descripciones.
Soltó el libro sobre la mesita de café y lo empujó hacia él con delicadeza. Éste lo miraba con creciente curiosidad, lanzándole a ella miradas de suspicacia de hito en hito. Tras unos instantes de tensión, él alargó la mano hacia el libro y acarició las pastas con la yema de los dedos. Abrió la mano sobre el libro como para cogerlo por el lomo, la retiró, y finalmente se decidió por un vaso largo de Coca-Cola y se lo llevó a los labios. Otra mirada de suspicacia, y dos carcajadas más.



Operación bikini

Ella volvió de trabajar un poco más temprano ese día; estaba contenta. Mientras subía en el ascensor, se miró en el espejo y se gustó enfundada en aquel vestido de lino verde y ligero. Entró en el piso y dijo, en voz alta:
- ¿Sigues vivo? ¡Espero que lo hayas preparado todo, o no llegaremos a la playa hasta la noche! – no obtuvo respuesta.
- ¿Estás ahí? – repitió – él le contestó desde su habitación, con voz plana: estoy aquí.
Ella entró en el cuarto y lo encontró mirándose al espejo. La cama estaba repleta de maletas y bolsos, y él estaba en bañador y chanclas.
- ¿Qué haces? – preguntó con un tono apremiante del que después se arrepintió. Él le devolvió la mirada, algo agobiada, y se puso una camiseta.
- Estoy harto de la operación bikini de las narices – dijo, algo enfadado – al final vamos a terminar todos con trastornos alimentarios.
- Vamos, no exageres. Tú estás en tu peso, sano y guapetón – dijo ella, mirándole a los ojos y sonriéndole.
- Eso ya lo sé – contestó – pero tengo estrías, demasiado pelo en el pecho y demasiado poco en la cara, los brazos flácidos y mis piernas no están muy torneadas, que digamos. Parece que ahora las playas ya no son playas, sino desfiles de moda o competiciones de halterofilia. – soltó un suspiro y se calzó unos zapatos cómodos para conducir.
- Eh, no te deprimas ahora por eso. – ella se acercó y le cogió suavemente de la barbilla – es el mismo cuento de todos los años, siempre igual. Luego, cuando estamos ya tirados en la arena, jugando a las palas o dando un paseo, todo eso te dará igual. – él alzó los ojos y le sonrió.
- Desde luego, que estúpido soy. Parezco un adolescente acomplejado.
- Con todos los anuncios y la presión mediática que existe sobre el tema de la imagen corporal, a todos nos ha germinado un adolescente miedoso y acomplejado en el fondo del corazón. – él suspiró, y replicó: me resulta bastante molesto, ¿cómo puedo matarlo?
- Yendo a la playa a comerte un enorme bombón helado – contestó ella, riendo con suavidad.

Charlas V

Aquí van otras dos:




Refugiados

Ella estaba demasiado silenciosa aquella mañana. Tenía la nariz enterrada en el humo de su enorme taza de capuccino, y de vez en cuando suspiraba, sacudía la cabeza, o bajaba la mirada. Él la observaba casi con curiosidad, dejando que los minutos gotearan ante ellos. Finalmente, se decidió a preguntar:
- ¿Te pasa algo?
- No – respondió secamente.
- ¿Seguro que no? – él no tenía pensado rendirse.
- Segurísimo.
- ¿Entonces por qué no me miras a la cara?¿te has casado con mi hermano pequeño en secreto, o algo así?
Ella levantó la mirada de la espuma del capuccino lentamente, y terminó fijando unos enormes ojos grises y empañados en él, que se le clavaron. Se le cayó la sonrisa al instante, y extendió una mano hacia ella, mirándola. Finalmente, suspiró, dejó el capuccino y dijo:
- Creo que la gente que monta los informativos son como buitres carroñeros.
- ¿Y eso, porqué?- contestó, sorprendido.
- Esta mañana, mientras me vestía, he visto en cinco canales diferentes las mismas imágenes. – hizo una pausa, y se le volvieron a empañar los ojos – eran de un grupo de cien o doscientas familias Palestinas, que tuvieron que salir de sus casas y trasladarse a – vaciló, ya con la voz quebrada – como unos campos de concentración, porque habían bombardeado sus casas – paró de nuevo – refugiados, vaya.
El silencio se extendió entre ellos de nuevo. Ella había vuelto a enterrarse en el capuccino, y él la miraba con una ceja alzada. Al final, preguntó vacilante:
- Y… ¿cuál es el problema?
- El problema… - había levantado los ojos y lo miraba, rabiosa – el problema es que es inhumano que unas personas tengan que abandonar sus casas, sus vidas, todo lo que han tenido, para intentar sobrevivir. Es horrible.
Él no pudo evitarlo y soltó una risita. Afortunadamente, ella no lo oyó. Él suspiró y la miró con una media sonrisa. Levantó la mirada y le dijo:
- ¿y tú de qué te ríes?
- Eh, no seas borde. – él sonrió, y prosiguió - ¿no te has dado cuenta de una cosa? – ella lo miró y negó con la cabeza – nosotros también tuvimos que huir de nuestras casas y dejar atrás nuestros recuerdos para poder sobrevivir. A nuestra manera, también somos refugiados, ¿no?
Ella abrió mucho los ojos con aquella expresión de sorpresa infantil que tanto la caracterizaba. Una media sonrisa asomó en sus labios, y soltó el capuccino:
- Como siempre, tienes razón.






La peor persona del mundo

- “ Tuve la certeza, esa ardiente certidumbre que a veces me asaltaba, de que aquella mujer me miraba a mí entre la multitud. Tanto su traje como su maleta, sus ojos, su mirada, su cabello, e incluso la ausencia que dejó al esfumarse entre la gente, eran terriblemente grises”. – leyó con una entonación casi perfecta.
Alzó los ojos hacia él, buscando en silencio su aprobación. Él tenía la mirada clavada en la cuartilla que llevaba en las manos, y entonces se miraron y él le sonrió.
- Incluso fuera de contexto, muy bello, como todo lo que escribes – dijo.
- ¿Sí? – preguntó ella con voz implorante - ¿de verdad te gusta?
- Sí, sí… - dudó un momento y levantó la barbilla. Dejó una pausa dramática, de esas que a él tanto le gustaban, y finalmente inspiró y habló: pero… aún así, creo que hay algo ahí que está mal construido. Un par de cosas, de hecho. – terminó con una sonrisita.
Ella siguió sonriendo con los labios, aunque la sonrisa de los ojos se le había apagado. Le miró, resbalándole la sonrisa por la cara, hasta que vio que la misma sonrisa que a ella le había resbalado, le estaba creciendo a él en los labios. Un sentimiento de rabia divertida le asaltó, y replicó:
- Tendré algún error de sintaxis, pero al menos escribo con caligrafía legible. – terminó con sorna. Él la miraba con los ojos muy abiertos.
- Oh… - calló unos instantes con los ojos bajos, y finalmente los levantó luciendo una sonrisa de rendición – eres la peor persona del mundo, ¿lo sabías?

Charlas IV

Dos más; éstas, junto con "libre" y "un puñado de líneas" son de mis favoritas. Más luminosas que las dos anteriores, desde luego.


El bebé congelado

- ¿Has leído hoy el periódico? – dijo ella, sin apartar los ojos de la carretera y con las manos firme aunque suavemente plantadas en el volante.

Él negó con la cabeza y alargó la mano hacia la radio del coche. Subió el volumen y cambió de canción; Nueva York en la voz de Frank Sinatra comenzó a invadir la cálida atmósfera del vehículo, dándole ritmo al tiempo que pasaba.

- ¿Por qué lo dices? ¿Han dicho algo interesante? – preguntó él, distraído.
- Una noticia curiosa – contestó ella – por lo visto, han “congelado” – pronunció esta palabra con más énfasis – a un bebé de unos pocos meses de edad, que tenía un problema en el corazón, y han conseguido curarlo así.
- ¿Lo dices en serio? – exclamó él, repentinamente interesado. - ¡Eso es impresionante! – él se recostó en el asiento del copiloto, con una sencilla sonrisa en la boca y sintiéndose maravillado. – Es increíble como avanza la medicina moderna.
- Exacto. – dijo ella con un súbito aire apesadumbrado – Eso es justo lo que yo he pensado.
- ¿Pero…? – la palabra flotó en el aire, y se mezcló con la voz de Sinatra, en su último clímax de la Gran Manzana.

Ella dudó un momento y frunció el ceño levemente. Después, bajó el volumen de la música y dijo:

- Ya sabes que siempre he querido ser médico. Me maravilla esa gente, con sus batas blancas y sus aires de importancia – él soltó una risita – y también con sus conocimientos, todas esas palabras intrincadas que usan y que sólo ellos entienden, y… - dudó – esa especie de poder sobrenatural que tienen de saber qué narices es lo que te está comiendo por dentro; si es una bacteria diminuta con muy mala leche, el virus del SIDA o sólo un vaso de agua con pequeños gusanitos en su interior.
- Además, cuando salen noticias como la del bebé congelado, los médicos y los investigadores parecen héroes, ¿no es cierto?
- Sí, justo. No sólo pueden aprender los miles de métodos para curar que sus predecesores descubrieron, sino también idear nuevos métodos para curar nuevas enfermedades.
- Bonita reflexión – concluyó él.

Se quedaron en silencio mientras recorrían un angosto tramo de carretera, sinuoso y repleto de curvas. El registro musical había cambiado radicalmente; Carlos Gardel cantaba ahora, quejumbroso, a su Buenos Aires querido. Él rompió el silencio:

- ¿Sabes una cosa? Hace poco estaba leyendo un libro de Stephen King; es un libro de relatos cortos, más raro que un perro verde. El prólogo es, sin embargo, muy curioso.
- Debes ser una de las pocas personas del mundo que lee los prólogos de los libros. – interrumpió ella con una media sonrisa.
- Es posible – sonrió – pero lo importante del prólogo es que venía a decir algo así como que, a veces, el autor se había encontrado con fans que le daban la mano con fervor, le decían que son su mayor admirador y una frase del estilo de: “¿sabe?, siempre he deseado escribir”.
- Curioso – se limitó a comentar ella.
- Lo mejor de todo – continuó él – es que el autor estaba muy indignado por eso. Decía que, en ese caso, él siempre contestaba: “Pues yo siempre he querido ser neurocirujano”. Y todo el mundo se quedaba impactado. El autor decía que la única forma de aprender a escribir es escribiendo, entregándose a las palabras, regalándoles el tiempo libre y el que no está tan libre. Y también decía que esa no era una buena técnica para abordar la neurocirugía.
- Tendré que leer ese prólogo – dijo ella, con una risita. – Pero, ¿qué tiene que ver eso conmigo?
- Pues – continuó él – que la única manera de llegar a ser neurocirujano es estudiar. O cualquier tipo de médico. Estudiar, estudiar y estudiar.

Ella apartó los ojos un instante de la carretera y le fulminó con una mirada interesada y expectante. Volvió a mirar al frente, alzó la barbilla y apoyó la cara interna de las muñecas en el volante.

- ¿De verdad crees que yo podría…?
- Puedes hacer todo lo que te propongas.




Cocina

Cuando él llegó al piso, el equipo de música de la cocina sonaba a volumen bajo. La sala y el pasillo estaban medio en penumbra, y sólo se filtraba luz por debajo de la puerta de la cocina. Dejó su abrigo en la percha junto a la puerta, se descalzó y anduvo con pasos largos hacia la puerta de la que venía la música

- ¿Hola? – exclamó, y giró el pomo.
- ¡Hola! – le respondió ella, con tono alegre.

Ella estaba de espaldas a la puerta, mirando hacia el horno, y se volvió hacia él cuando entró. Llevaba un delantal de lunares rojos y verdes, de esos que imitan los vestidos de gitana, y las manchas de queso blanco y mermelada de frambuesa le llegaban hasta los codos. Tenía una sonrisa radiante en los labios, y un enorme rastro de mermelada bajo la barbilla.

- ¿Quién eres tú, y cómo has entrado a mi casa? – preguntó él, incisivo e incrédulo, sin apenas creerse lo que veía.

Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Se volvió hacia la encimera con los brazos en jarras, cogió un bol grande lleno de una mezcla blanca y comenzó a batirla. Mientras lo hacía, se paseó por la cocina y se sentó en uno de los pequeños taburetes.

- ¡Estoy cocinando! – dijo, henchida de orgullo - ¿No te parece genial?
- Lo que me parece es increíble – dijo él. Mientras tanto, se acercó a ella y metió un insolente dedo en el bol, llevándoselo a la boca - ¡Oh! ¿es tarta de queso?
- Exacto – asintió ella.
- Bueno – empezó el; la miró con una ceja levantada - ¿cómo es que te ha dado por ponerte el delantal?

Ella sonrió enigmática y vertió la mezcla blanca en una fuente redonda que tenía una capa de galletas en la base. La metió en el horno, y empezó:

- Me he puesto a pensar, ¿Sabes? Con la cantidad de cosas que tenemos hoy en día; los móviles, el facebook, las videoconsolas… es casi imposible aburrirse. Pero lo más raro es que aún hay gente que se aburre, que se siente vacía… Mucha gente deprimida
- Eso es cierto – corroboró él.
- Exacto. Hay un montón de suicidios y esas cosas. Y yo he pensado que parte de la culpa de que esas cosas ocurran es que ya nadie sabe disfrutar de los pequeños placeres de la vida, esas cosas que te hacen feliz.
- ¿Como el olor de los pasteles en el horno? – le interrumpió él, sonriente.
- Justo eso – asintió ella – como el olor del pastel en el horno, como el papel de las fotocopias aún calientes, el sonido que hace una manzana al morderla, el olor de los libros nuevos, mirar al fuego, quitarse los zapatos sin desabrocharlos … Todas esas cosas que te hacen un poquito más feliz. Así que he decidió predicar yo con el ejemplo… disfrutar de esas pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena.

Charlas III

Dejo otras dos por aquí, éstas un poco más sombrías que las previas:






Guerra


Él estaba sentado en el taburete de la barra de la cafetería, reclinado sobre un platito de gominolas de colores y una taza humeante de té de vainilla. Ella entró en el bar y vio su espalda, se acercó y se sentó a su lado.

- ¿Un buen día? – preguntó, con una sonrisa, mientras le hacía una seña al camarero. Él asintió.
- Un buen día, sí. – siguió abstraído en su café.
- ¿estás seguro? – dijo ella, entrando en su burbuja con algo de brusquedad. Un mechón de su pelo rozó el platito de gominolas.

Él se volvió hacia ella y le dedicó una media sonrisa. Se frotó los ojos, dio un sorbo al té y se metió una gominola en la boca.

- Hoy, fui a ver a mi madre a su casa del campo. Mi padre estaba en el bosque, de pesca, con sus amigos, y cuando llegué mi madre estaba leyendo una carta de mi hermano.
- ¿Tu hermano, el que se fue al ejército? – preguntó ella.
- Exacto, hace dos años ya que se marchó – contestó él. Dio otro largo trago al té y se volvió en la silla hacia ella, mirándola a los ojos. Continuó – mi madre estaba descolocada. Me dejó leer la carta, y… - enmudeció.
- ¿Qué decía? – inquirió ella.
- Pues… mi hermano hablaba de cómo le va en el último sitio al que lo han destinado. Dice que ha conocido muchos tipos de personas, hombres nobles y hombres sin escrúpulos. Dice que ha visto cosas terribles. – tragó saliva – en un pasaje, decía que hace unas semanas estaban en la capital y fueron a detener a un jefe terrorista a su propia casa. Contaba que, cuando entró a la casa, toda la familia estaba allí y tuvo que arrastrar al hombre afuera. Tuvo que arrancarle a su hijo de los brazos.
- Oh… - suspiró ella – eso es terrible.

Él asintió, y volvió a beber de su té. En esto, el camarero trajo para ella una taza muy ancha de café humeante, con tres centímetros de crema y una trufa en el centro. Él tragó saliva.

- Lo peor no es eso, ¿sabes? – continuó él – lo peor es que parecía que había perdido… su humanidad. Parecía frío, como si estuviera contando un cuento y no esa… atrocidad. Parecía no estar afectado, no sentir.
- No exageres, quizá sea sólo una impresión tuya, ¿no crees? – dijo ella – quizás… - él la interrumpió.
- No. No exagero. Ha cambiado. Todo lo que ha visto, la sangre que ha manchado sus manos, los muertos que ha tenido que tapar, le han cambiado.
- Es posible. – admitió ella - ¿cuándo volverá?
- El próximo año – contestó él, ausente. - ¿Crees que se habrá vuelto como ellos? – preguntó, de súbito.
- ¿Como ellos? – dijo ella, alzando una ceja - ¿Un monstruo, quieres decir? ¿Un hombre cruel? ¿Qué te hace pensar eso?

Él se encogió de hombros, como respuesta. Se irguió en el taburete, sonrió al camarero y le pidió la cuenta. Ella aún no había tocado su café. Él suspiró y dijo, decaído:
- La guerra cambia a las personas. Nunca será el mismo que era, nunca volverá a ser el chaval ilusionado que se marchó. Lo sé. Lo intuyo.
- Sólo espero que te equivoques – dijo ella, mientras cogía con dos dedos la trufa de su café y se la ponía a él en los labios. Él la mordió, la saboreó, y contestó:
- Yo también.





Fantasmas

Ella estaba tumbada en el sofá, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza y la mirada fija en el techo, cuando él entró en el piso con pasos lentos:

- ¿Alguien en casa? – preguntó
- No – dijo ella con tono neutro – inténtelo de nuevo más tarde.

Él soltó una risotada mientras se quitaba la gabardina y la colgaba en el perchero, sacándose cada zapato con la punta del pie contrario sin quitar la mirada de los pies enfundados en calcetines de rayas que asomaban por un lado del sofá.

Se acercó a ella y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Antes de darle tiempo a decir algo o a pensar, ella se recostó de lado en el sofá y lo atravesó con una mirada preocupada mientras decía:

- Mi madre ve fantasmas.
- ¿Fantasmas? – fue lo único que él alcanzó a decir él - ¿cómo que fantasmas?
- Ve a mi padre paseando por la casa, reflejado en los espejos y los vasos, en los jarrones… - continuó ella con tono cansado. – Me preocupa. ¿Crees que puede ser…?

Ella enmudeció y se le perdió la mirada en algún punto sobre la cabeza de él, que la miraba con expresión divertida. En vista de la poca atención que le prestaba, suspiró y habló:

- ¿Demencia senil, o algo así? No lo creo. Tu madre es mayor, y se siente sola.
- Vamos, menuda excusa. La soledad no fabrica entes corpóreos y tangibles – pronunció estas últimas palabras con especial desprecio.
- No se trata de eso. Todos necesitamos creer en algo.
- No me sueltes frases hechas, que no les veo sentido, ya lo sabes. Mi madre nunca ha creído en Dios, ni en Alá, sólo en ella misma. Nunca ha necesitado nada de eso.
- ¿Sabes por qué?

Ella negó con la cabeza y él sonrió con displicencia, como si no quisiese decir lo que iba a decir.

- Porque ella siempre ha entendido el curso del mundo, a su manera. Siempre ha tenido claro que todo acto tiene consecuencias y que la única forma de forjar un futuro medio decente es trabajar y esforzarse. Pero ahora… se ha topado con un concepto más complicado.
- La muerte… - le atajó ella. Él asintió con los ojos cerrados.
- La muerte es un concepto demasiado amplio para que cualquiera de nosotros podamos entenderlo. Y, como sabemos tú y yo, a las personas nos encanta creer que lo entendemos todo.
- Y… ¿qué pasa cuando no entendemos algo?
- Que nos sentimos como si estuviésemos andando sobre la cuerda floja, como flotando en el abismo.
- Y entonces, fabricamos anclas. Cosas que nos ayuden a mantenernos firmes.

Él asintió con los ojos cerrados. Ella se sentó en el sofá y esbozó una sonrisa. Se levantó como un resorte y se puso un vestido de lana púrpura sobre las medias negras, unas botas, y, conforme salía por la puerta, se volvió y dijo con una sonrisa:

- Yo seré su ancla.

Crónica

Hace calor hoy, mucho calor. Supongo que de ahí mi somnolencia.
Esta mañana, en la consulta, entra una chica y nos cuenta que tiene dolor de estómago. Escucho, miro, apunto, lo mismo de siempre. F. se levanta y le pide a la paciente que se tumbe, que va a explorarle el abdomen. Me mira y me hace un gesto. ¿Qué? ¿Que la explore yo? Como el primer día, cuando saqué el fonendo de la mochila y escuché un corazón por primera vez. Me acerco, observo cómo se hace y me lanzo. La paciente está tranquila. ¿Y yo? Quizás un poco menos, pero también. Es obvio que no estamos en una situación de vida o muerte, pero para mí... Es lo que es, medicina en estado puro.

Bendita suerte he tenido.

domingo, 25 de julio de 2010

M.M.











Marilyn Monroe era hermosa, sin duda, pero no tenía los ojos más grandes del mundo. Es por eso por lo que era difícil distinguir el ligero velo de tristeza en sus últimas fotos. Sin embargo, es curioso cómo arriba sus ojos se dilatan como ventanas; nunca he visto una foto de Marilyn en la que no sonriera, nunca una foto tan expresiva. Va a ser verdad que los ojos son como el espejo del alma.


¿Qué tendrá esta imagen que resulta tan cautivadora? Al final, resultó que este pequeño ángel rubio era humano.






Foto en ByN: tomada por Philip Stern
La otra, una foto de una de las últimas sesiones de Marilyn antes de morir

Charlas II

Otras dos por aquí:



III. Locura

- “Un juez hace frente a 366 molinos de viento” leyó mientras bebía un sorbo de café humeante. - Qué cosas, ¿no?

Sonrió dulcemente y miró a su interlocutor por encima del periódico. Él rió y dijo:

- Qué bucólico. La fantasía entra a trompicones en la dura realidad, como un elefante en una cacharrería. – ella rió – “A través de la avaricia, el mal sonríe. A través de la locura, canta” – recitó él – eso dice mi madre. La verdad es que nunca he entendido porqué dicen que la locura da felicidad; dicen que es agradable.

Ella le observó, ahora seria. Mientras meditaba, se llevó una magdalena a los labios con aire despistado:

- Piénsalo. El desconocimiento de todo lo cognoscible, la placidez de saberse a salvo de los males cotidianos, la fina manta colorida de la sinrazón… Todo eso junto es como una especie de refugio. ¿No te parece?

El silencio se extendió entre ellos durante unos instantes. Ella clavaba sus ojos en los de él y él en los de ella. Al final, rompió el silencio:

- Por favor, son las nueve de la mañana y ya estamos desvariando. – Ambos sonrieron.





IV. Libre

Él sujetaba con firmeza la mano temblona de ella mientras se acercaban con cautela al borde del puente. Había un grupo heterogéneo de gente reunida allí; todos hablaban animados mientras se ajustaban sus arneses y se ponían las protecciones.
Ella tenía miedo. Para llegar a aquel puente, tuvo que conducir durante quince minutos en una cuesta horriblemente inclinada; cada metro que el coche ascendía, la hacía sentir más cerca del cielo, pero ahora sus ojos sólo se centraban en el arnés naranja que descansaba arrugado sobre el asfalto, junto a un hombre vestido con un chaleco reflectante que supuso que sería su intructor. La forma en que él la llevaba de la mano la tranqulizaba, pero no lo suficiente. Ni de lejos, pensó.
- ¡Hola! – exclamó el instructor con los ojos centelleantes – ¿vosotros sois los nuevos, no es así?
- Sí… - empezó ella, dubitativa, pero él la interrumpió con una voz aflautada: no, no, yo sólo vengo a acompañarla.
- Perfecto – continuó el instructor, mirándola sólo a ella con una sonrisa – ven conmigo.
Ella se soltó de la mano de él casi de forma inconsciente, sintiendo una repentina atracción magnética hacia el vacío, hacia el desfiladero de doscientos metros de profundidad que hacía resonar las voces bajo sus pies.
- ¿Tienes miedo? – le preguntó el instructor, mirándola directamente a los ojos
- Sí – respondió ella secamente – creo que dentro de menos de cinco minutos habré muerto o estaré paralítica. - Él soltó una sonora y tranquila carcajada, una risotada complacida que la hizo dar un respingo y volver a poner los pies en el suelo.
- Oye, no creo que sea necesario que te rías de mí… - empezó a decir ella con indignación, pero se interrumpió al darse cuenta de que él se reía con la placidez del que sabe con certeza que no hay peligro. Eso la tranquilizó sobremanera.
- Vamos – dijo el intructor con voz neutra – voy a ponerte las protecciones.

Él se mantenía a unos prudenciales diez o quince metros del filo del puente, es decir, en medio de la carretera. La observó con cautela mientras se ponía el arnés con movimientos torpes, y una vez que se hubo ajustado, él empezó a sentir un miedo irracional, dándose cuenta que, de verdad, en serio, sin bromas, ella iba a saltar por el borde de un puente e iba a quedar aplastada contra el fondo del desfiladero. Estuvo tentado de salir corriendo hacia el coche y obligarla a entrar en él, quisiera o no, pero se contuvo.
Cuando ella se hubo puesto todas las protecciones que el instructor le fue pasando, se dio cuenta de que no eran suficientes, ni mucho menos. Se sentía aunsente, fuera de su propio cuerpo, hasta el momento en que el instructor le enganchó la gruesa cuerda a un mosquetón fijado en la espalda del arnés. En ese momento, el asfalto del puente pareció abrirse bajo sus pies y se vio a sí misma cayendo; pero fue una lástima, porque no pudo evitar comenzar a andar hacia el filo del puente, dejar las puntas de sus zapatillas deportivas suspendidas en el vacío, y mirar hacia abajo. Tuvo un súbito acceso de vértigo, que duró unos dos segundos, y luego soltó una risotada.
Y saltó. Vaya que si saltó. El riachuelo que dormía en el fondo del desfiladero estaba cada vez más cerca y sentía como la fuerza de la gravedad tiraba de sus intestinos hacia abajo. Sus brazos y piernas se doblaron hacia arriba en un ángulo de casi noventa grados, pero su cabeza siguió mirando hacia abajo. Sentía el viento en los ojos, en la boca y la nariz, y cuando estaba a punto de echar a volar, se paró en seco. Estuvo una milésima de segundo suspendida en el vacío, quieta, y luego empezó a subir.
En la subida, extraña como ver su propia vida rebobinada, pensó que la palabra “libre” había adquirido un nuevo sentido para ella. Ahora supo cómo se sentían los pájaros.

Charlas

Empiezo a publicar una colección de microrelatos, en forma de pequeños diálogos en los que ambos interlocutores son constantes; es inútil buscar la correlación argumental entre unas y otras, porque no la hay. En fin, las subo de dos en dos porque son cortitas.


I. Razón y Fe


[…]

- Oh… creo que ahora daré un volantazo con el coche de los eufemismos, y giraré a la derecha para entrar en la calle demagogia… - exclamó ella de repente, con esa afable ironía que la caracterizaba.
- Vamos, sabes que tengo razón. – contestó él.
- Ni hablar; pensaba que estábamos hablando de ciencia o de filosofía, no de religión.

Él se volvió hacia ella y le dedicó una mirada inquisitiva, con una ceja levantada, mientras inquiría:

- ¿Desde cuándo la razón y la fe no van de la mano?

Ella enmudeció y pareció pensativa. El silencio se alargó, así que fue él quien continuó:

- Si te paras a pensar en el significado de la religión, de cualquiera de ellas, sólo encontrarás uno: explicar las incógnitas del mundo.
- No estoy de acuerdo en absoluto – exclamó ella, indignada – la religión es el báculo de los débiles, como dijo no sé quién. La finalidad más importante es la de aportar seguridad, de difuminar los miedos. Piensa, por ejemplo, en el miedo a la muerte, que es el miedo más fuerte que puede una persona sufrir. ¿Qué hace la religión, sino garantizar que una vez muertos no iremos al limbo o a la eterna oscuridad, sino a una vida fantástica y llena de lujos en ese enorme spa para abuelitas que es el cielo? – él soltó una carcajada y la interrumpió:
- Has incurrido en una contradicción, ¿no te has dado cuenta? – ella negó con la cabeza – hablas de la fe usando la razón.
- Eso es muy obvio.
- Lo que no quita que sea cierto.

Ella sonrió y valoró las palabras de él con una ceja levantada. Tras unos momentos, pareció volver en sí:

- Todo sería más fácil sin necesidad de la fe. Creo que el ser humano sería mucho más curioso, y más crítico, si nunca se hubieran inventado las religiones; no nos habríamos tragado sin más todos los cuentos que cada día se oyen. Preguntaríamos, y necesitaríamos respuestas. Algo más que un simple “porque lo dice la fe”.
- También puedes darle la vuelta a la tortilla, ¿no crees? – dijo él con la cabeza ladeada – sin tanto análisis, sin tanto razonamiento, sin tantos quebraderos de cabeza para dar una explicación plenamente lógica a las cosas…
- Surgirían las religiones – dijo ella, sentenciosa. – sin razón no habría nada.
- Pues tienes razón – dijo él, y ambos rieron.







II. Un puñado de líneas

- “Cuando quise darme cuenta, estaba en lo alto del Himalaya en ropa interior, y gritaba: ¡soy el rey del mundo!; un segundo después, pinté un grafiti enorme y muy, muy ofensivo en la fachada de la casa blanca, atrasé diez minutos el reloj del Big Ben, provoqué el caos en Londres; corrí hasta Tokio y allí compré dos o tres rollitos de sushi y, finalmente, para poner el broche de oro a este día, fui a casa de Stephen Hawking, pero me echó a patadas; por lo visto, dije algo inadecuado. Está claro que no puedo dejarme solo.” – leyó él, casi sin respirar, y dejó los ojos pegados al ordenador una vez hubo terminado.
- Oh… - ella sonrió y a continuación soltó una carcajada tranquila - ¿ y eso?
- Es un microrrelato – respondió él secamente, casi ofendido - ¿qué te parece?
- Me gusta – contestó ella, y enmudeció. Parecía pensativa mientras sorbía despacio su granizado.
- ¿Pero…? – dijo él, con una ceja levantada y el rostro en tensión.
- ¿De verdad has estado en casa de Stephen Hawking? – dijo, muy seria, pero no pudo vencer la carcajada.
Él tuvo dos segundos de duda, y terminó por sucumbir a su risa atiplada y cantarina.

viernes, 23 de julio de 2010

Antitauromaquia

Son las 15.29 y en los Informativos de T5 han dado una noticia escalofriante: Pelotito y Carafina, dos toros de lidia, chocan en el albero de la plaza de toros. Ambos caen como agarrotados, las patas tiesas y en alto. Carafina se incorpora y empieza a cornear a su hermano de camada, que yace revolcándose en el albero. Pelotito murió, y ahora se debate sobre si carafina debe volver a salir a la plaza o no. El motivo del debate es que Carafina puede haber sufrido lesiones internas y no ser apto para el toreo.



No quiero dar los mismos argumentos tan revenidos, los que siempre se usan y todos conocen contra la tauromaquia. Olvidemos las tradiciones, que pueden ser deplorables o admirables dependiendo del prisma con que se mire. Olvidemos la frase: "el toro nace para morir, sin corridas de toros estos animales morirían". Olvidemos eso que se dice, que el toro no sufre.

Lo único medianamente novedoso que puedo decir sobre el tema es que soy pacifista. No hay otra. Me repugna la violencia bajo todas y cada una de sus formas: las guerras, el boxeo, los cócteles molotov lanzados por anarquistas furiosos a las puertas de las comisarías de policía, las bombas de ETA, los fusilamientos franquistas, incluso la patada del jugador holandés a Xabi en la final del mundial.

Puede que lo siguiente sea una asociación peregrina, pero la haré de todos modos: los mismos hombres que enarolan eslóganes como: "Ay, si Franco levantara la cabeza..." apoyan el toreo, pero se echan las manos a la cabeza cuando un grupo de izquierdistas extremos queman unos cuantos coches. Qué poca coherencia.

EtnoSur





Etnosur, sublime. Gente de todos los colores, música, cerveza, cariocas, puestecitos. Y vosotros, sobre todo vosotros. Inolvidable
¿ Repetiremos el año que viene? :)




Foto tomada del tuenti -Fotografías Etnosur

Sentidos

Un pequeño poema de hace ya algunos meses.




I. Olfato

Doblaste la esquina oliendo a salitre,
A jabón, a espuma,
Olías como los libros nuevos recién abiertos
O como esos viejos que llevan tiempo sin abrirse.
Pero he perdido el olfato; o nadie huele a nada después de ti.

II. Oído

Tus andares recordaban al batir de las alas de los pájaros,
Escuchaba el rozar de los pétalos de las flores que llevabas en el pelo.
Y no hubo nada luego
Sólo un silencio blanco, envueltos entre las sábanas.
Y al final un silencio negro, envuelta entre tus gritos y tu voz,
Que es mi única música.

III. Vista

La ceguera me invade sin remedio, ya no puedo ver
Ni la luz, ni la nieve, ni el color de tu boca desde lejos.
Me arrancaste los ojos y te los metiste en el bolsillo, y te fuiste con ellos a buscarme en otros brazos.
El no tenerte y saber que aún existes es una niebla de humo sucio
Como un frío, inamovible, e imparable glaucoma en la garganta.

IV. Gusto

Agua.
Sabías a agua; fresco, revelador, sencillo, necesario.
Pasó el tiempo y fuiste siendo aceite.
Denso, pesado, sucio, lento.
EL último día mirarte era como lamer petróleo.
Negro, caliente, amargo, horrible.
Tóxico.

V. Tacto

Me tocaste el corazón con manos de santo,
Y aunque tocar el tuyo dolido me costó,
Al final descubrí que sólo quería sentir el tacto
De mis pechos alojados en tu espalda ajena.
Aunque ya todo sea áspero,
Me queda el recuerdo de tu suave piel contra mis labios.
¿Es esto todo lo que queda después de tantos años?,
Un dolor reseco, una tristeza dura y arenosa.

jueves, 22 de julio de 2010

La Dalia Negra {PARTE IV}

Y el final, aquí está. Como se suele decir (aunque debería haberlo dicho al principio), cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.






A

Me cambié deprisa, sintiéndome fresca y más animada. Aún no sabía dónde estaba, pero empezaba a sentirme más despejada. Me estiré, sin saber que hacer. En ese momento, la puerta de la celda sonó, y el hombrecillo entró de nuevo con una expresión de enorme suficiencia y alegría en la cara. Tras él iba una mujer muy rubia, con una larguísima melena ondulada que iba y venía al compás de sus pasos elásticos. No pude ver su cara.

Enea, te traigo a una amiga para que hables con ella. Se llama Dalia. –

Sentí como si me dieran con una silla en la cabeza. Dalia, Dalia, Dalia. Ese nombre resonaba en mi cabeza. Recordé la foto, al hombre y la mujer Vitrubianos, recordé la dalia negra y los cristales, el café amargo. Me senté, llevándome una mano al pecho. No me llegaba aire al cerebro. Se me nubló la vista.



Es ella… - fue lo único que alcancé a mascullar cuando volví a estar en posesión de mis plenas facultades. Ella… - alcé la vista y Dalia estaba sentada frente a mí, mirándome con aquellos ojos tan horriblemente azules.
Esa mujer tenía un rollo con Andrés por internet… yo lo sospechaba desde hace un tiempo… - el inspector me miró con los ojos entrecerrados. Sé que lo tenían… se notaba a la legua. Creo que Andrés estaba plantando unas flores en el jardín cuando alguien llamó a la puerta. Fui a abrir, y era ella… me dijo que era una antigua compañera de Andrés, que hacía mucho tiempo que no hablaba con él… - respiré hondo, y Dalia me miró con una expresión implorante. Me dio asco de repente; lo recordé todo.

Sonó una llamada en la puerta, y un chaval asomó su cabeza nerviosa: inspector… están aquí los análisis de tóxicos. Son positivos… - El chaval se acercó con pasos vacilantes y dejó un papel impreso sobre la mesa. El inspector lo cogió deprisa y soltó una risotada: un barbitúrico muy potente… en dosis casi mortal. Otro desliz, ¿eh, Dalia? – ella le miró con expresión de odio.

El inspector me miró implorante: ¿recuerdas alguna cosa que tomaras después de llegar Dalia a tu casa, algo con un sabor extraño…? – Negué con la cabeza, pero casi al instante noté el sabor del café amargo en la boca. El café… - musité – le ofrecí un café… - solté una risita – maldita zorra, habla tú ahora. Dime qué pasó por tu cabeza de niñata descerebrada para hacer… lo que hiciste…

Dalia levantó los ojos: tú eres la zorra… Andrés nunca… él nunca me dijo que tuviera nada con nadie… retrasaba el momento de conocernos porque decía no estar preparado… Pero entonces me lo contó todo… Si no hubiera sido por ti… Todo habría sido perfecto…

Volvió a nublárseme la vista, y me abalancé sobre ella, hablándole en voz baja mientras le arañaba la cara: él me quería, y yo le quería a él… nos amábamos… nos amábamos… Tras unos segundos, alguien nos separó y, por fin, aquella oscilante melena rubia se perdió en la penumbra.

La Dalia Negra {PARTE III}

Otra entrega más:





A

Cuando volví a despertar, me asusté. El hombrecillo asustado de la grabadora estaba de nuevo allí, y me miraba como si yo fuera un objeto experimental. Me levanté con una extraña agilidad; ya me sentía mejor. El hombrecillo estaba ya sentado a la mesa cuando yo me acerqué, y con un gesto me indicó que me sentara. Sobre la mesa había un bulto, una bolsa de plástico. La cogí: dentro había un par de pantalones vaqueros y una camisa de cuadros. Miré al hombrecillo y le sonreí.

Lo primero que tengo que decirte, ahora que parece que puedes entenderme, es que lo siento en nombre de toda la comisaría. Esos cazurros de ahí fuera ... - se frenó a sí mismo - no entienden el significado de la expresión "presunción de inocencia", ni conciben una celda un poco más acogedora.

Intenté sonreir; las magulladuras seguían en mi cuerpo, y yo no recordaba habérmelas hecho - No se preocupe, al fin y al cabo no está tan mal - dije mirando en derredor.

Enea… - el hombrecillo soltó una foto brillante sobre la mesa. Sacó la grabadora y la encendió. Yo, desde donde estaba, no podía ver la fotografía, así que alargué la mano y tuve delante una escena extraña: una mujer estaba abrazada en posición fetal a un hombre muy rígido. Esa mujer tenía un cabello parecido al mío, pero mucho más limpio. Aquella imagen no me dijo nada. Levanté los ojos y encogí los hombros. El hombrecillo me miró con una expresión de cansancio que me enterneció; pero no tenía nada que darle. Asintió y salió de la habitación.


B

Mierda, mierda, mierda…- pensé. Esa mujer no tenía nada que darme. Si aquella foto no le había sacado del shock, nada lo haría.

Pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarrillo, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y Victoria estaba absorta escribiendo en la consabida pizarra. Había hecho un diagrama con forma de triángulo en el que los vértices estaban ocupados por las palabras: Iconos, Pareja y Tercera Persona. Dos flechas salían de “Iconos” hacia dos palabras escritas en minúscula: Dalia Negra y Hombre de Vitrubio. Pareja estaba unido con Tercera Persona por una flecha roja y, sobre la flecha, un gran signo de interrogación. Tercera Persona estaba unido a Pareja por otra flecha que rezaba “¿asesinó?”. Dalia Negra y Hombre de Vitrubio estaban unidos mediante una flecha con otro signo de interrogación. Iconos estaba unido a Pareja y Tercera Persona mediante sendas flechas con interrogaciones.

Cuando entré, Victoria se volvió y me miró con expresión inquisitiva. Le dediqué un cierto desdén y murmuré: hay demasiadas interrogaciones ahí… - ella asintió y dijo: ¿qué has averiguado? – Nada – le solté. Bajó los ojos y empezó su extraña perorata: bueno… creo que las huellas que hay en el azadón corresponden al asesino. Creo que pilló a la víctima trabajando en el jardín y no tuvo nada más a mano que el azadón. La verdad es que eso encaja con un crimen pasional: suelen ser bastante impulsivos. Además puede ser que lo matara y luego se arrepintiese, o se agobiase al ver el estropicio que lió. Bueno, que lo que creo es que el asesino planeó el crimen pero luego no salió exactamente como quiso. Además, ¿sabes lo que estoy pensando? Es posible que no lo matara en el salón, frente a la terraza, sino en otra habitación y después lo arrastrase por la casa. Eso encaja con el rastro que se ve en las fotos. En fin, que no sé. Es todo complicado – hacía un rato que Victoria había dejado de hablar para mí y pensaba en voz alta – pero creo que, sobre todo, deberíamos ir a la casa.

A ver, Vicky, de la casa lo hemos visto todo en las fotos. – contesté. Ella asintió: tienes razón, pero nunca es lo mismo. Por lo visto no había sangre en ningún cuarto. Al menos que pudiera verse. Tenemos que ir y analizarlo todo con más cuidado. – alcé una ceja y la miré con curiosidad: ¿en qué piensas? – Ella sonrió y cogió su cazadora: te lo cuento en el coche.


H

Cuando volví de casa de Andrés y Enea, me quedé en el coche. Cerré los ojos y lloré durante una media hora, sin ganas de hacer ninguna otra cosa. Después salí del coche mecánicamente y me metí en casa. Me desnudé y encendí la chimenea. Quemé la ropa, llena de sangre, en el hueco de la chimenea. Me senté en el sofá vestida sólo con un salto de cama y eché la cabeza hacia atrás, riéndome con cierta demencia.

Subí al cuarto dispuesta a acostarme en dos segundos, pero me encontré con el portátil Apple, un aparato negro brillante bastante moderno, encima de la colcha. Sólo alcancé a mascullar: mierda – cogí el portátil y lo eché a las brasas agonizantes de la chimenea. Allí quedaba, derretido y reducido a una masa asquerosa, el testigo de mi pesadilla con Vitrubio, que después fue Andrés, que después resultó estar casado y ser muy, muy feliz sin mí. A la mierda con todo; no quería volver a saber nada del tema. Subí a la habitación de nuevo, me tomé dos o tres pastillas de Valium y me desplomé sobre la cama como un peso muerto.

B

La casa estaba precintada y silenciosa cuando llegamos. Se veían dos o tres luces en la planta superior y un coche de policía aparcado en la puerta, pero por lo demás todo estaba silencioso. Victoria subió detrás de mí las escaleras de entrada y llamó al timbre; en menos de quince segundos, un muchacho nervioso con una cámara gigantesca colgada del cuello nos abrió y nos invitó a entrar con un rápido gesto de la mano.

Yo seguía a Victoria por donde ella vagaba, como un perro sumiso a su voluntad. Intentaba también, casi sin éxito, seguir el hilo de sus pensamientos. Primero me llevó a la cocina, pequeña y decorada con muebles muy modernos, en la que se veían las siluetas de los cuerpos marcadas con tiza en el suelo. Los cristales habían sido barridos, con lo que la cocina estaba bastante fría. Victoria anduvo por la sala con pasos largos, hacia la terraza. Cuando estuvo en el jardincito trasero me hizo señas con el brazo para que fuera hacia allí. Corrí torpemente, sorteando las siluetas de los cuerpos, y cuando llegué me señaló un parterre de flores muy pequeñas, recién trasplantadas, negras y de pétalos carnosos. – Dalias – dijo Victoria – Dalias negras. Qué flor tan poética. Es la misma que llevaba Enea en la mano… ¿Qué crees que significa? – en realidad, Victoria no esperaba respuesta. Volvió a la cocina y examinó el rastro de sangre que habían visto en las fotos; quiso echar a correr por los pasillos de la casa, pero la detuve: joder, Vicky, déjame hacer algo a mí – le dediqué una sonrisa y cambiamos los papeles.

Seguí el rastro de sangre por la casa hasta la planta superior, en la que me encontré a varios policías jóvenes haciendo fotos y recabando datos compulsivamente, aunque controlados por la atenta mirada de una mujer a la que no conocía vestida con uniforme de policía; debía ser de la Policía Nacional. Le dediqué una sonrisa mientras le enseñaba la placa. Me dedicó una ceja alzada y me hizo un gesto con la mano, conocido en nuestro círculo como: “no te vayas sin que te haya fichado”.

El rastro nos llevó al dormitorio, pero no sabíamos qué hacía allí. Victoria se adelantó y observó el rastro con detenimiento; la señal hacía un anillo dentro de la habitación y después salía de nuevo. Yo estaba perdido; por supuesto, Victoria tenía la respuesta. Exclamó: ¡Dio la vuelta! Sea lo que sea lo que llevaban, lo trajeron aquí y dieron la vuelta. – Yo asentí y la invité a seguir con un gesto de la mano. Ella se frotó la barbilla y pensó en voz alta: creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la víctima fue sorprendida mientras trabajaba en el jardín, así que lo mataron en la planta de abajo. Lo que no entiendo es cómo pudieron traerlo hasta aquí arrastrando; un cuerpo muerto pesa mucho por todo eso del rigor mortis. – Victoria caviló un segundo y sacudió la cabeza: arrastrar un muerto es muy difícil y no creo que lo hicieran para después dar la vuelta y bajar… -

No sabía que pensar. Aquel rastro podía ser la cabeza del muerto; ya sabíamos que le habían golpeando con un objeto contundente. En ese momento, me asaltó la idea de forma violenta, como si hubiera estado esperando y ahora estuviese cabreada. Grité: ¡claro! ¡No es el muerto, sino el azadón! – Victoria se sobresaltó y se volvió hacia mí. Continué, exaltado: el asesino no sabía qué hacer con el arma, y creyó que aquí podría esconderlo o algo. Pero luego vio que no había nada y volvió abajo, dejando el azadón donde lo encontramos. – Victoria asintió: tiene razón, jefe… eso es plausible. – Sonreí.

Victoria se acercó a la puerta del dormitorio y bajó, dedicándome una sonrisa satisfecha. Ya en la planta de abajo, la miré y encogí los hombros. Ella me respondió: usted manda, jefe. Yo no veo nada aquí. – asentí y volvimos a la comisaría.

Una vez allí, pedí a Victoria que me dejase reflexionar un momento. Asintió y llamó a la Comisaría central para meter presión sobre los ordenadores y el teléfono. Mientras lo hacía, me metí en mi despacho y saqué las Polaroid del cajón superior de mi mesa y las revisé una y otra vez. Me quedé atascado en la foto en la que estaban los cuerpos de Andrés y Enea, intentando vislumbrar alguna intención o rasgo consciente de disponer aquella escena como la de El Hombre de Vitrubio. Victoria interrumpió mis divagaciones con violencia: ¡¡Señor!! ¡Están aquí los ordenadores y los teléfonos! – Me levanté como un resorte y salí al recibidor, en el que un agente me dijo con aplomo: señor… pasemos a su despacho – El hombre llevaba una bolsa de cuero grande. La esparció sobre mi mesa en cuanto entró en el despacho, y de ella salieron varias placas y circuitos verdes y dorados, dos teléfonos móviles desmembrados y decenas de otros componentes que yo jamás había visto.

El hombre se sentó frente a mí y comenzó: en los teléfonos no hay nada, señor. Están vacios. Pero los ordenadores… - Alcé una ceja con curiosidad, aunque no demasiada esperanza, y le invité a seguir con un gesto amplio de la mano. Resopló y continuó con voz plana: en el ordenador de la víctima hemos encontrado una gran cantidad de documentos, muchísima información, en forma de conversaciones de Messenger con una mujer, una tal Dalia. Parece que había un affaire entre la víctima y esa tal Dalia, y entonces… - Victoria interrumpió al hombre y entró en el despacho dejando un taco de unos cien folios sobre mi mesa: señor, éstas son las conversaciones de Messenger… mejor léalas usted y saque sus propias conclusiones. – Solté una risita y miré al hombre y a Victoria alternativamente: ¿qué tal si me hacéis un pequeño resumen entre ambos? – Victoria asintió con la cabeza y empezó: pues tenían una historia amorosa, algo que empezó en un chat como una conversación inocente sobre libros, cine… luego fueron intimando. No sabían el nombre del otro hasta unos tres meses después de conocerse. Atento, jefe, a los nicknames de cada uno: Dalia y Vitrubio. – interrumpí a Victoria: ¿Vitrubio? Vaya, vaya. Qué interesante – Victoria asintió enérgicamente con la cabeza: atento a esto, jefe, que es lo más interesante: Andrés nunca le dijo a Dalia que estaba casado. Ella fue tirándole los tejos a él cada vez más y él nunca se dio cuenta, hasta casi el final, cuando ella empezó a pedirle cada vez más información. Andrés era reacio; se echaba atrás en el último momento cada vez que hacían planes para conocerse. Ah, ¿sabe qué? Dalia le pidió a Andrés que plantara las dalias negras unos días antes de matarlo. La última conversación que hay es del mismo día del crimen, por la mañana, y es algo así – Victoria se aclaró la garganta y cogió el folio que estaba sobre los demás, y leyó:

“Vitrubio dice: joder, Dalia, tengo que hablar contigo.
Dalia dice: dímelo esta tarde, cuando nos veamos… dios, que ganas tengo!. Vitrubio dice: no nos vamos a ver. Ni hoy ni nunca. Estoy casado, con una mujer perfecta a la que amo.
Dalia dice: ¿qué?
Vitrubio: creo que has confundido las cosas, y yo no me he dado cuenta. Lo siento mucho pero amo a mi mujer, Enea. No te enfades. Sé que debería habértelo dicho antes, pero…
Dalia se desconectó de la red. “

Victoria alzó la vista y me miró con cuidado. Yo estaba asimilando la información, cuando finalmente miré al agente, que se divertía con el ambiente que le rodeaba. Me devolvió la mirada y dijo: sí, señor, ya hemos localizado la IP de esa tal Dalia. Vive en un chalé a las afueras de la ciudad; es una buena casa, tiene un Audi TT… es médico. Creo que ya la están trayendo hacia aquí. –

Me recliné en la silla y salí deprisa por la puerta de atrás de la comisaría para fumarme un cigarrillo; cavilé durante unos quince minutos y me asaltó el absurdo impulso de comprar un bollo de chocolate en la pastelería de enfrente. Cuando volví a entrar, pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarro, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y allí estaba ella. Victoria me miraba con una expresión de satisfacción muy leve. A su lado, un guardia asía esposada a una de las mujeres más hermosas que yo había visto jamás. Era alta y esbelta, tenía una piel pálida y suave, aterciopelada, una larguísima melena rubia y ondulada y unos ojos azules como el mar.

Victoria dio un paso hacia mí y me sonrió antes de salir. Me acerqué a la mujer y miré al guardia con expresión inquisitiva. Respondió: si, señor, las huellas del azadón son suyas.

Sonreí al guardia y le indiqué que saliera. Me quedé a solas con aquella mujer, cuyos ojos no se levantaban del suelo. Tomé aire y repasé el guión antes de empezar a actuar. –Bueno, bueno… parece que el crimen perfecto no existe, ¿verdad? – la miré. No reaccionó. ¿Cómo te llamas? – pregunté. La mujer levantó su mirada infinita y fresca y habló con un timbre de soprano: Dalia… Y no soy una criminal. – Asentí – claro que no, cielo. ¿Me acompañas a ver a una persona? –

La Dalia Negra {PARTE II}

Seguimos con la Dalia:




E

La verdad es que sí que había algunas cosas extrañas en el cuerpo. Yo estaba pensando en llamarles, pero tenía que hablar con mis superiores y no sabía si se reirían de mí... Aunque ya lo pone en el informe, la causa aparente parece una contusión en la cabeza, en la región parietal, que causó un traumatismo craneoencefálico y una rotura y posterior hundimiento del hueso parietal, que invadió el cortex motor hasta una profundidad que alcanzó el telencéfalo y el cuerpo calloso... el golpe fue causado por un objeto contundente, de una anchura considerable y un peso grande; de ser ligero, no podría haberse hundido demasiado profundo. Sí, una auténtica carnicería. Murió en el acto, aunque hay heridas superficiales muy posteriores al momento de la defunción.

Este es más o menos el contenido del informe... pero hay más. Hay otra contusión post-mortem en la cabeza, en la región occipital, que causó una herida amplia pero superficial... Lo interesante es que estaba llena de trozos de cristal... Yo sólo soy un subordinado, así que no hago conjeturas. Solamente que la contusión en el occipital se produjo más de dos horas después de la muerte, así como las heridas del resto del cuerpo. Además, había una serie de rozaduras recientes y abiertas, aunque previas a la muerte, en las manos. Dentro de las heridas hemos encontrado restos de tierra. Sí, de tierra, como si hubiera estado trabajando en el jardín a manos desnudas o con una herramienta sucia... Y creo que no hay más. El resto es puro trámite biológico.


A

“La última vez que recuerdo, yo estaba desnuda” pensé, y después me eché a reír con demencia en vista de lo absurdo de la frase. El hombre alto seguía en la esquina de la habitación, mirándome, y seguía habiendo pelo sobre mi cara. Los trajeados parecían haberse ido.

Alguien entró. Otro hombre alto, que me miró de reojo y, a una señal, volví a sentirme como un saco de ratas muertas del que el hombre alto (el más alto de ambos) quería deshacerse pronto.

Mi nuevo compañero era pálido y tenía miedo, como yo. Llevaba una grabadora, y se sentó frente a mí. Me miró, me miró, volvió a mirarme, y encendió la grabadora. Me quedé embelesada con el piloto rojo, una luz intensa y pura en una habitación llena de mugre, y él se dio cuenta y tumbó la grabadora. Le miré.

Tu marido está muerto, me dijo el muy cabrón. Muerto, repitió infinitas veces. Dejé caer la cabeza sobre la mesa, y sólo alcancé a decir: mentira. Esa voz no era mía, ni de coña. Mentira, repetí, esta vez más alto, hasta que terminé gritando con voz rancia. Él no se inmutó. Nada. Volví a bajar la cabeza, y pensé en el Hombre de Vitrubio.

Una voz de mujer dijo en mi cabeza: quería colocar una escena como “el Hombre y la Mujer Vitrubianos”, pero está demasiado rígido... Pues que se quede así. ¿Y la maldita dalia, donde estará...? – la voz enmudeció. Levanté los ojos y me di cuenta de que había dicho aquellas palabras en voz alta. No era yo. No fui yo.

Terminé el interrogatorio gritando “no fui yo”, y atada a la silla con bandas de tela oscura. Dejé de moverme, ¿para qué? El hombre de la grabadora me miraba con compasión y disfrute a partes iguales.

Era rubia, era rubia. Era una mujer rubia y con más curvas que yo. Le había puesto un café cuando vino preguntando por él, y estuvimos hablando. El café estaba algo amargo. No paso nada más después.


B

¿Y esto es lo que ha dicho la chica? – preguntó absurdamente, como siempre. Asentí y pensé: joder, si vas a preguntar por todo lo que te diga... Victoria miraba al rubio trajeado con recelo desde un butacón en el rincón de mi despacho. Le guiñé un ojo y sonrió. Dejé caer algo de sarcasmo para intentar aliviar el peso que había entre mis dos pulmones – eso es de fumar, como dice mi mujer – y el sarcasmo resultó. El rubio trajeado dejó caer su expresión de omnipotencia y tuvo una idea, una idea estúpida que no se me había ocurrido a mí, una idea que podía resolver muchas preguntas.

Victoria salió corriendo con la orden firmada por el Comisario de policía de realizar un análisis sanguíneo y de tóxicos a la acusada. El rubio trajeado volvió a subir su expresión de omnipotencia, y esta vez fui yo quien tuvo la idea. Salí del despacho casi corriendo con la dirección donde vivía la hermana del muerto, y debajo, la de la hermana de ella.


F

No me podía creer lo que estaba pasando... Mi hermano era un buen hombre, siempre la quiso mucho a ella y le dio lo que necesitaba... ¡Jamás me contó que hubieran discutido, ni que tuvieran ningún tipo de problema! De todas formas hacía varios meses que no hablaba con él... No sé lo que pudo pasar...

Siempre me pareció que ella estaba un poco desequilibrada, que era un poco paranoica y celosa... Pero no me imagino lo que pudo pasársele por esa cabecita morena y medio hueca para hacer lo que hizo... mi hermano era un cielo...

Maldita loca...


G

No, no, no, no, no... Ella no pudo matarle... pero si mi hermana siempre fue una persona tranquilísima... jamás se ponía nerviosa, jamás se descontrolaba... No es posible...

Sí... hablé con ella la tarde anterior... ¡pero no noté nada raro! Simplemente la llamé porque me había contado que él quería plantar unas flores, dalias negras, en el jardín, y como a mí se me da bien esto de la jardinería, quería saber si necesitaban mucho sol o agua... La llamé para preguntarle como iban y me dijo que él estaba plantándolas junto a la valla del jardín, y que estaban preciosas... Parecía alegre por aquello... Sería sobre las seis de la tarde, cuando hablé con ella... No hablamos de nada más, me colgó porque me dijo que alguien había llamado a la puerta...


B

No serían más de las ocho cuando llegué a la Comisaría, enfurecido, y con una sensación de estupidez en el cuerpo que me daba gana de empezar a golpearme la frente con una pared. Victoria, con su tradicional energía, estaba ya en su mesa trabajando, ordenando informes y recopilando datos y testimonios del caso que nos ocupaba. Me acerqué a la mesa y mi “buenos días” se transformó casi sin quererlo (casi) en un: los de administración de recursos internos son gilipollas. – Ella alzó los ojos almendrados y continué - ¿nadie ha mandado una orden de registrar los teléfonos móviles y el ordenador de ambos? – Victoria se tapó la boca con una mano y abrió aún más los ojos. Sacudí la cabeza y fui hacia mi despacho, cogiendo antes la parte del dossier ya elaborado, mientras Victoria arreglaba el mundo por teléfono, como siempre. Antes de entrar, la llamé.

Asomó la cabeza cinco minutos después, con la noticia de que los teléfonos y el ordenador estaban camino de la Comisaría, y que cuando los hubieran destripado nos mandarían el informe. Le dije que pasara, sintiéndome cansado a pesar de que llevaba una hora levantado, y señalé el dossier. Se encogió de hombros y dijo: no está acabado... – me volví, y contesté – ¿podemos contar con una pizarra blanca y dos bolígrafos? Creo que si vemos lo que tenemos hasta ahora algo más esquematizado, todo estará algo más claro. – ella asintió e hizo ademán de levantarse, cuando otro de los ayudantes en el caso entró sin llamar. Llevaba una bolsa de plástico oscura, y estaba pálido. Y tembloroso. Me acerqué a él, notando el pulso cada vez más acelerado.

Tenemos el arma del crimen.


¿Que tenemos qué? – no daba crédito. El chaval asentía repetidamente, entusiasmado: es una herramienta de jardín, un azadón grande, y está manchado se sangre por la parte en la que se une al mango. Hay huellas y un poco de sangre del muerto en el mango, y el resto de sangre también es suyo. – respiró hondo, y Victoria le interrumpió, leyéndome el pensamiento: ¿no hay huellas de nadie más? – el chaval se volvió hacia ella como si no la hubiera visto hasta entonces, y asintió consternado: eso es lo más extraño. Hay otras huellas, en el mango, de una tercera persona aún sin identificar. No son de la acusada; no hay ni rastro de ella en el azadón. – Caviló – además ella no podría haberlo levantado, es demasiado pesado. – los tres nos quedamos en silencio. El chaval sacudió la cabeza y se marchó, dejando el azadón en el congelador para muestras de sangre o restos biológicos que teníamos en la parte trasera de la comisaría.

Victoria se sentó en el butacón que antes ocupaba, con las manos en el regazo y la mirada en el suelo. Supe que sentía y pensaba lo mismo que yo: agobio, impotencia... había aparecido una nueva variable cuyo valor no podíamos dilucidar, cuya naturaleza no conocíamos... nuestra única pista y acusada fiable estaba en estado de shock... aunque aún quedaban los móviles y el ordenador.

Tras unos minutos de silencio espeso y vacío, me levanté de la butaca y me froté las manos. Sonreí a Victoria y salí del despacho, anduve el pasillo hasta la celda donde estaba la acusada en apenas unos segundos y entré sin llamar. Pensé que algún guarda de seguridad respondería por la falta de vigilancia, y cerré la puerta tras de mí. La oscuridad era casi absoluta en la habitación, excepto por la luz mortecina y grasienta que se colaba por la ventana circular de la puerta. Un bulto oscuro se agitó en un rincón, se incorporó y aparecieron dos ojos en él. Era ella, aún más desmejorada de lo que estaba cuando la vi por última vez, aunque la expresión de sus ojos era más viva; mejor dicho, menos muerta.

La Dalia Negra {PARTE I}

Comienzo con un relato de tintes policíacos, algo que escribí a lo largo del año pasado; y a mi profesor de lengua le gustó mucho, dicho sea de paso. Se titula "La Dalia Negra", y lo subiré por partes para que no sea tan pesado de leer.






A




Habitación. Negra. Sucia. Oscura.

Me soltaron en una esquina.

Perdí la noción del tiempo.

Dormí con los dedos en la boca.

Me desperté y vi una mesa y una silla igual de negras. A lo mejor pretendían quitarme las ganas de vomitar y hacer más apetecible la apariencia de la habitación. No lo consiguieron.

Vomité, sin escatimar en aspavientos y gemidos, en una esquina.

Perdí de nuevo la noción del tiempo, no me importó ni me importa ahora.

En un momento dado, entraron dos hombres vestidos de traje. Se acercaron a mí y se dignaron a intentar moverme con sus zapatos. Tras tres segundos de sufrido trabajo, desistieron.

Uno de ellos salió y volvió a entrar acompañado de otra figura, cuyas manos (que me levantaron sin dudar) me sonaban. Me soltó en la silla, como quien suelta un saco lleno de ratas muertas, y se plantó en una esquina de la habitación.

Tenía una cortina de cabello sucio y húmedo sobre la cara, así que al levantar la maltrecha cabeza, solo vi rizos lacios y pegajosos y sombras tras ellos, con lo que volví a bajarla, en un ángulo doloroso e imposible para el cuello. Tenía una raja ancha en la falda, y los hombres de traje se dieron cuenta.

Oí ruido de sillas moviéndose, y dos sombras sentadas frente a mí. Uno de ellos llevaba gafas de media luna. Hice un esfuerzo, más que nada porque los trajeados vieran la sangre y las heridas en mi cara, y me aparté la cortina de pelo de la cara.

Las expresiones de sus caras (asco, asco y más asco) no me importaron. Puse la cabeza todo lo erguida que pude, que no era mucho, y les observé. El de las gafas se adelantó y dijo mi nombre. Le miré. Me hizo una pregunta, muy floreada: “¿tendría usted a bien brindarnos una reconstrucción de los hechos que han tenido lugar en esta tarde?”. La innecesaria construcción de la frase chocó contra las paredes ennegrecidas, igual que mi cabeza contra el suelo cuando me desmayé.


B

Me dio las gracias por haberle atendido tan rápidamente, y se fue con el memorando original. Sobre mi mesa había una copia. “Putos informes de juicios rápidos... “pensé. Luego me vino a la cabeza la hucha de las palabrotas y me despedí de un euro para toda la eternidad.

Me senté en la butaca y abrí el cuadernillo blanco. En la primera página, un “CASO ENEA“ me golpeó con su sobriedad. Hojeé el informe, parándome en las palabras en negrita, y en los huecos. Las cinco últimas páginas, que empezaban con un austero “Testimonio de la acusada” estaban en blanco.

Fruncí la frente y miré el encabezamiento del informe. El epígrafe “Cargos imputados a la acusada” estaba en blanco. También lo estaban el de “Fecha y hora del delito” y el de “pruebas de la defensa”. No así uno de ellos, el de “Posibles causas del delito: Crimen pasional”, que remataba el tono podrido y ocultador del resto del informe, una montaña de palabras vacías que venían a decir que la acusada estaba en estado de shock y que no había pistas de ningún tipo que ayudaran a esclarecer el suceso.

“No puedo firmar esta mierda... “pensé. Y justo después di un golpe en el suelo con el pie y detesté la hucha de las palabrotas. Volví a hojear el informe, convenciéndome cada vez más de que aquello no era un informe policial sino el ejercicio de un examen muy difícil en el que hubiera que rellenar los huecos con los datos disponibles.

Justo en ese momento Victoria asomó su cara pálida y amable por la puerta, sin llamar antes, por supuesto.

- Comisario, en jefatura quieren el informe de...
- Pues los mandas a la mierda – dije mirando aquella montaña de mentiras. – Hasta que no sepamos lo que ha pasado, de aquí no sale ni una sola letra sin mi consentimiento. ¿Claro?
- Como el agua – sonrió y su cabeza eficiente y discreta desapareció por el quicio de la puerta.

Suspiré, y metí el informe en el primer cajón de mi escritorio. Cerré con llave, y
sintiéndome más pesado y desgraciado a cada paso que daba, me encaminé hacia los calabozos. Victoria se cruzó conmigo por el pasillo, arreglando el mundo por teléfono, e indicándome la última sala del pasillo.


C

A ver, yo no es que haya visto nada especial... no sé realmente porqué me han llamado... Ya sé, ya sé que soy su vecina... bueno, que era su vecina. El caso es que esa tarde yo estaba arreglando el jardín. Mi hijo, que tiene tres añitos y está hecho un tiarrón, estaba jugando con el triciclo en el patio de atrás, y yo estaba en el jardín delantero, podando los rosales. Desde allí yo no veía la casa de ellos, y además tampoco escuchaba demasiado. Lo que sí vi y escuché con claridad fue a mi hijo gritando, que venía por la casa hacia el jardín delantero. Llegó hasta donde estaba yo, temblón como un flan, mi niño, y me señaló la casa de al lado entre sollozos y gritos. Llamé a su padre, que consiguió tranquilizarlo, y corrí al jardín trasero. Cuando llegué y me asomé a la valla creo que todo había pasado... Solamente que el cristal de la puerta corredera que comunicaba su cocina con su jardín estaba roto, y por él se asomaban una mano de mujer… empapada… llena de sangre, y una de hombre, igual, y llenas las dos de cristales. Corrí a la casa y el resto, ya lo conocen... No tengo ni la más remota idea de lo que pudo pasar... con lo que se querían...


B

Por supuesto, y como debí haber previsto, el calabozo estaba cerrado. Cuando volví a mi despacho me encontré tres folios mecanografiados y con un rápido membrete estampado sobre la marcha por Victoria: “la trascripción del testimonio grabado de la vecina de la casa, y el de su hijo (debidamente reinterpretado)”.

Lo único que pude sacar en claro de las confusas palabras del niño es que había oído un grito, “como de mamá” dijo él – de mujer, supuse – y después un golpe seco, y el cristal reventando, y las manos cayendo en el umbral de la puerta. La verdad es que el pobre niño no parecía haber entendido nada de lo que había visto.

Me recliné en el respaldo de la butaca y me pasé los dedos por el cabello. Aquello se ponía negro, y no entendía nada. Esa sensación me daba demasiada rabia y me embotaba la mente. En ese momento, gloria divina, entró el fotógrafo de la comisaría. El chaval tenía la cara pálida y traía un fajo de Polaroids impresas en folios en las manos temblorosas. Siempre que lo veía pensaba que tenía la típica pinta de fotógrafo: gafas enormes, camisa extraña, pantalones demasiado anchos, mochila demasiado grande... también pensaba que si fuera empleado fijo no se pasearía por mi comisaría con esa facha.

¿No te han enseñado a llamar a las puertas, chaval? – le solté. Se le descompuso la cara, y para mi disfrute, se le cayeron todos los bultos que llevaba colgado al cuerpo (mochila, cámara de fotos...) excepto las Polaroids cuando intentó moverse. Las dejó sobre una mesita que había junto a la puerta, y salió corriendo.

Sin poder evitarlo, cogí el fajo de fotos entre risitas. La primera hizo que se me cerrara el estómago con sólo un vistazo. Con un examen más minucioso, me fallaron las piernas. Una mujer de largo pelo rizado estaba desnuda y cubierta de trozos de cristal rotos. Sangraba por pequeñas heridas, abrazada en posición fetal a un hombre de piel mortalmente pálida y con las extremidades muy rígidas, que descansaba boca arriba, también desnudo y con una expresión de media sorpresa en el rostro, o en lo que quedaba de él. En la foto se apreciaba deforme, como si su parte trasera estuviera hundida, aunque aún se distinguían las facciones. Alrededor de su cabeza había un halo de sangre brillante, y en el puño cerrado de ella, una flor negra y marchita, que yacía sobre el hombro de él.

El rostro de ella irradiaba una paz eterna e inmutable, aunque en las siguientes fotografías se truncara en angustiosa y contraída, en las que ella, aún viva pero inconsciente, había sido separada de él y estaba en una camilla.

Las siguientes quince o veinte fotografías eran imágenes de la casa. Algunas mostraban un rastro de sangre no muy ancho, a veces más intenso o más aguado, a veces recto u ondulante, recorriendo el suelo de los pasillos y de la cocina; llegaba también al dormitorio y allí formaba un extraño anillo
.
No había nada más. Otra vez en el punto de partida, maldita sea. Otra vez con las manos vacías. Ella, la “neonata” de la primera fotografía, tenía la respuesta y la clave, así que no me quedó más remedio que resignarme a preguntarle.

Salí, y asentí a Victoria cuando me preguntó si quería una copia de la autopsia del muerto, y además le pedí que se tomara declaración al que le hubiera realizado la autopsia sobre si había visto algo inusual en el cuerpo. Enfilé mis pasos a la última habitación, esperando que los funcionarios, animales de despacho, hubieran acabado, y con la absoluta certeza de que sus métodos habían sido totalmente inútiles.


D

Silencio. Oscuridad.

Nada.

The First One

Si me conoces, leerás este recién parido blog y pensarás: "bah, otro. Ya tuvo demasiados predecesores que terminaron olvidados: La Cámara Oscura, el Palacio de Invierno, el Cuaderno de Bitácora, el Despegue... " Probablemente tengas razón.

Pero al final, lo que importa es la intención, como siempre dicen las madres. Así que ahí me quedaré, en que tengo intención de que esto dure y se convierta en algo más o menos serio, de temática sobre todo literaria (aunque habrá de todo, o eso espero).

Pero claro, del dicho al hecho hay un trecho.
Así que supongo que mejor dejarse de divagaciones y empezar con el asunto. Hace meses que le doy vueltas a la idea de volver a abrir un blog, y finalmente me he decidido.




[La URL del blog viene por una película, "El Secreto de Sus Ojos". Si la has visto, piensa en el final y comprenderás.