Poesía, literatura, pintura, viajes, historia del arte, medicina, política... Un poco de todo y un poco de nada.
Bienvenido al blog de esta neuróloga afincada en Málaga.

miércoles, 11 de julio de 2018

Y cómo hablar del peso de mi mano en tu cadera,
sin hablar del tiempo que hace hoy.
Que parece que se esperan chubascos dispersos en mi lado de la cama.
Que soy una leona, sí,
pero cómo hablar del peso del silencio en mi corazón lleno de heridas.

Mientras pueda respirar, aquí te espero. 

domingo, 24 de junio de 2018

Aprendí a quererte como quiero a mi madre: con resignación. Conformándome. Porque la tengo, porque te tengo, y sólo por tenerte los astros están alineados y el cosmos merece fiesta y ofrendas y fuegos artificiales. Porque, como mi madre me enseñó, aprendí a ser agradecida y celebrar cada partícula. Porque la tengo, porque te tengo, no voy a ser además tan engreída como para pedir que este amor sea real. Porque, como buena niña adolescente, aceptaré las migajas y me diré "completa" *. Porque qué más da, si me quieren, mientras me quieran, qué más da que me quieran bien o mal, mientras me quieran.





* Olivia Gatwood - Teenage girls. 

Telarañas



domingo, 17 de junio de 2018

Ryanair: low expectations, made simple.

Me sorprendo a miles de metros de altura
hablando de nuevo de tu perfil cincelado,
de tus manos morenas,
de tus ojos,
del complejo ovillo de lana que forman tus rizos, tus miedos, tu inseguridad, tu dulzura,
de tu dedo meñique.
de tu amor por la música,
de ti.
De cómo te has convertido con el paso de los años en un cofre inexpugnable cerrado con siete candados,
y de cómo no descansaré hasta abrirlos
o hasta que al cofre le salgan patas y se escape corriendo por el pasillo
y yo me quede aquí.
Sola, sin más que hacer que lamentarme
por todas las flores muertas, los regalos sin venir a cuento que nunca intercambiaremos, las tardes pasadas a media luz en mi cama que nunca volverán a repetirse, todas las veces que no te devolveré a casa de noche en mi coche antiguo y ya no cantaremos juntos, todos los besos que nunca más me vas a dar, los conciertos a los que no iremos, y no podrás reírte de que me he tomado una cerveza de más, ese viaje a Dublín que nunca vamos a hacer juntos, todo;
Y lo cocinaré todo en los fuegos del infierno y me lo tragaré todo de un bocado, y quedará para siempre en mi estómago el peso de las cosas que nunca hicimos.
Me dices que tienes miedo de permitirte amarme porque no me quieres hacer daño,
y yo me muerdo las mejillas para no gritarte
que no puede haber nada más yermo que esto,
nada peor que amar a alguien que no te corresponde,
y mírame, aquí sigo, sonriendo.
En su lugar, te digo
que he superado cosas peores, que me han roto el corazón y he conseguido recomponerlo y amar de nuevo, que salí del infierno así que saldré de ti, quizás algo despeinada y con algún arañazo, pero saldré, y volveré a amar, y volveré a intentarlo, y seguramente volveré a cometer los mismos errores.
Porque yo misma soy un error, un conjunto deforme de taras y carencias, un bulto en el espejo.
Porque sí, quizás sea cierto, quizás me olvide de tus manos, de tus ojos imposibles, de tus largos fémures y de tu voz redoblada, quizás me olvide de las salas de conciertos, de compartir palomitas contigo, de aquel fin de semana en Edimburgo, de las tardes en mi cama, del tacto de tu piel, quizás, pero joder, qué aburrida va a ser la vida una vez que te hayas ido.

Y por qué, maldito corazón angustiado, dime por qué mis manos sólo dibujan miserias y manchas negras. Por qué te miro y parece que ya te estás marchando. Por qué mi estómago me pide escribir sobre tu pérdida, aunque aún puedo besarte cuando quiera, por qué este corazón vacío y anhelante de ti no emana más que tóxica impaciencia, por qué todos los poemas suenan a despedida.

Quizás sea porque cada día me dices adiós un poquito, aunque tú no te des ni cuenta.
O quizás realmente no pase nada, que a veces todo es tan normal, y al final te asustaré y haré que te marches usando estas manos llenas de ventosas, y esta boca llena de preguntas.

sábado, 9 de junio de 2018

Esta noche hay tormenta en Alhucemas.

Esta noche hay tormenta en Alhucemas.

Así solventa Google la polémica, y así termina de un plumazo con el misterio de esos destellos amarillos que vemos al final del horizonte, más allá del mar opaco. Ya no es el fin del mundo, ni la venida de algún monstruo Lovecraftiano, ni la muerte de una estrella.
Es sólo que
esta noche hay tormenta en Alhucemas.

Sin embargo, seguimos imaginando, inasequibles al desaliento.
Aunque llevar una carta estelar en el móvil no deje lugar a dudas de que aquella, seguro, es Júpiter, y debajo, Antares (y yo, tonta, pensando en que era la estrella polar, aunque estemos en Junio). Y mira, justo encima de nosotros, la osa mayor, y al lado, Vega.
Y otra, más allá, extinta. Recibimos aún su luz a modo de herencia extemporánea. Quién pudiera morir y dejar como cadáver sólo un punto luminoso.
Y te pregunto si irías al espacio, y me dices "por supuesto". No esperaba menos de ti. ¿Y habrá vida extraterrestre? Seguro. ¿Y serán como nosotros? Ah, ahí...
De fondo, la tormenta. En la punta de la lengua, cada palabra es un mordisco de hojalata. Al mismo tiempo, te observo, y te admiro, y me lleno de tu voz, y guardo cada beso en un sitio muy secreto. Y hablamos de la vida, del tiempo, del mundo, pero no de tus agujeros ni del cómo estás teñido de tristeza. O, al menos, yo desearía no haberlo hecho. Porque pregunto demasiado, demasiado, demasiado, y los dos lo sabemos.

Al final de esa noche, cae una lluvia fría y repentina, como un presagio, o un punto en la boca, o un punto final.

miércoles, 6 de junio de 2018

Qué bien le sienta a tu perfil cincelado este crepúsculo naranja, 
y estas nubes inflamadas y eléctricas, cómo recargan
las bobinas de mi pecho
y cómo cierran el circuito enlazado entre nuestras cinturas.

Yo te querré deshecho,
te querré en la roca viva,te querré en todos los versos
que no quieran tus pupilas,
yo te querré en la acequia, te querré en la cumbre fría,
te querré cuando el fantasma de tu voz venga a por mí.

lunes, 28 de mayo de 2018

A la vuelta de la próxima esquina
estará lloviendo,
esta nube negra y preñada que arrastro, siempre,
tres metros por delante de mí,
nunca se despeja.
Nunca me deja.
Esta inminencia de desastre,
este orgasmo preapocalíptico
nunca llega.
Nunca se resuelve. 

domingo, 27 de mayo de 2018

1

Por el camino empedrado que rodea tu ombligo, me pierdo. Me descolocas las señales y ya no sé si es un stop, si te tengo que ceder el paso, prohibido cambio de sentido o callejón sin salida. Apiádate de esta pobre chófer excesiva, que llevo un coche muy viejo y no sé cuánto tiempo aguantará antes de dejarme tirada.

2

Háblame del cielo de invierno y de la vida. Háblame de ti. Te escucharé, siempre, tu voz, tu forma de cantar, tus silencios. Esta noche cierro la ventana del dormitorio y el silencio se hace sólido, y me acuesto en el mismo espacio que anoche ocupaba tu cuerpo, y te siento respirar aquí mismo. Háblame. Dame un último beso.

3

La vida es una mierda. El mundo es un lugar perfecto para estar jodido. No tenemos trabajo, ni futuro, ni nada. Pero tenemos cerveza, y juegos de palabras tan ridículos que nos hacen llorar de la risa, y tenemos cada uno dos pares de piernas y brazos, y nos reímos mientras hacemos el amor. El karma es una putada. El mundo podrá quitártelo todo, pero yo no voy a dejar de hacer el payaso, para que nunca pueda quitarte la sonrisa.


Gracias por darle sentido a esta casa vacía vestida de domingo por la tarde,
gracias.
Gracias por dejar la marca de tus rizos sobre mi almohada,
y tu figura recortada en el sofá.
Gracias por tu olor en las sábanas,
gracias por el desorden.
Gracias por dejar tu voz resonando por el salón,
y por tu risa,
y por dejarme hacerte compañía.
Gracias por dejarme entrar. 

sábado, 26 de mayo de 2018

Tu esquela

Cariño, te escribo estas líneas para contarte
que escribo tu esquela
cada mañana. 
Que ojalá nunca hubieras pasado por mi casa, dejando ese hueco absurdo en el centro del colchón.
Que si no hubieras existido, los guantes que llevo en las manos serían mucho más gruesos, más abrigados,
que mi cuenta de Facebook tendría muchas menos fotos,
y mi cuenta de banco, más ahorros,
que tendría muchas menos heridas, menos arañazos.
Que, como la Edad Media a la ciencia, fuiste a mi vida un lastre:
quinientos años de retraso,
quinientos años sin poesía.
Que si no hubieras existido, sería mucho más estúpida,
amaría mucho más fuerte,
sería más inocente, más pequeña
y estaría más entera.
Bailaría más largo,
y oiría más música,
y también conocería menos esquinas de la cara oculta de la luna.
Y menos esquinas de esta cama infinita de sábanas negras.
Que si no hubieras estado de pie frente a la librería, yo
reiría más fuerte, fumaría más,
y que ahora, como en un reloj surrealista, o como en la vida de Benjamin Button,
el tiempo va hacia atrás
y cada día que pasa cumplo un año menos.
O eso quiero pensar.

domingo, 20 de mayo de 2018

Tu existencia es un oxímoron continuo,
y mi existencia es un escudo, un arma arrojadiza, y,
sin tí,
puramente contradictoria. 
En esta peligrosa mañana de domingo, me miro al espejo y veo a una chica guapa.
Veo veinticinco años, veo las ojeras y la cicatriz sobre mi labio, y veo también el cabello negro y brillante, desordenado, inocente, veo los ojos marrón cálido y la sonrisa plácida. Veo el exceso bajo la barbilla y las arrugas en la frente, pero también la nariz fina y la frente alta. Veo una cara agradable.

Es fácil alcanzar la paz cuando El Maravilloso Hombre Inseguro te dice continuamente que eres hermosa. Cuando usa la palabra "guapa" casi como una interjección o una sustitución de tu propio nombre: "guapa, ¿cómo estás?", "buenos días, guapa", "que descanses mucho, guapísima", y otros tantos. Como unas diez o doce veces diarias. Lo nunca visto, joder.

Sonrío.

Por fin.

Giro la cabeza y, oh, mierda, ahí está. La versión en miniatura de mí, retorcida y malévola, sentada en mi hombro balanceando los pies. Me mira y dice con su voz hiperaguda y chirriante: "¡no eres guapa, estás GORDA!". Y se echa a reír como una maldita psicópata en miniatura. Pongo los ojos en blanco tan fuerte que me hago cosquillas en el cerebro con mis propias pestañas, y la lanzo al otro extremo de la habitación distraídamente. Ojalá se haya espachurrado contra la pared y se haya muerto, la maldita. Me entra la risa al imaginar un mosquito aplastado contra la luna de un coche. Pero no ha habido suerte. La siento escalar por mi espalda con sus garras en miniatura, perseverante, inasequible al desaliento, incluso la muy perra aprovecha para morderme mientras asciende. Y, finalmente, se vuelve a sentar en mi hombro, se pone de pie y pega su nauseabunda boca a mi oreja derecha, y empieza a hablar con su voz bitonal y estrafalaria: "¿no te das cuenta? ¡Sólo te dice guapa porque no se acuerda de cómo te llamas! Es una fórmula de cortesía. ¿O acaso creías que lo pensaba de verdad?" Le entra la risa, y se cae hacia atrás sobre mi hombro soltando carcajadas. Suelto un resoplido y, antes de poder volver a intentar asesinarla, está hablando de nuevo: "¡tanto que te miras al espejo! ¿Acaso no te has visto? ¡Eres REPUGNANTE! ¡Tu familia se ríe de tí! ¡Tu antiguo novio te dejó porque estás gorda, y se aseguró de decírtelo bien claro! ¡Todo el mundo te mira cuando vas por la calle!". De nuevo le entra la risa. Me cabreo. Me está tocando las narices. La cojo de la cabeza entre mis dedos índice y pulgar, apretando fuerte en sus orejas, y la levanto delante de mis ojos. Patalea desesperada y agita sus diminutos puños sucios frente a mi cara. Balbucea algo así como: "¡te voy a machacar! ¡abusona!". Ahora soy yo la que se ríe.

La dejo en el suelo con cuidado, aunque sujetándola con el dedo índice para que no se escape. Coloco mi pie sobre ella y la piso, aprieto, la crujo, siendo su cráneo romperse en mil pedacitos bajo mi zapato. Algo gelatinoso se escapa por los lados. Ahora sí que parece un mosquito aplastado.

Suspiro, relajo los hombros. Volverá dentro de un rato, pero al menos tendré unos momentos de paz. Una pequeña victoria.

Suena mi móvil. Un mensaje de texto, por supuesto, del Maravilloso Hombre Inseguro, cómo no. Sólo contiene una palabra: "guapa".

sábado, 12 de mayo de 2018

Hermana, yo sí te creo

Sábado, 12 de mayo, 4:45 de la madrugada, Málaga. 
Vuelvo a casa. 
¡Vaya horas!, pensaréis, ¿dónde va una mujer sola a las cinco de la mañana un sábado? Si es que lo van pidiendo... 
Salgo de trabajar. Desde el viernes a las 8:00 de la mañana, cuando me puse la bata y el fonendo al cuello y empecé la jornada, hasta ahora, han pasado 20 horas y más de cincuenta pacientes. Salgo por la puerta de urgencias con la mochila al hombro y aún con el pijama blanco puesto, con su tímido toque de color en forma de escudo verde del Servicio Andaluz de Salud, porque hoy no he tenido fuerzas para quitarme el uniforme. 

Me duelen las piernas, los tobillos, la espalda, me duele la cabeza, estoy algo acatarrada y no he parado de toser en todo el día. Estoy deshidratada, llevo seis o siete horas sin beber agua. Al menos hoy he podido cenar algo. Estoy rendida, agotada, vapuleada. Soy una sombra. 

Voy pensando en ellos, como siempre. Voy pensando en los pacientes, en sus caras, en sus dolores y en sus analíticas catastróficas, rezando por no haber cometido muchos errores esta noche y por haber ayudado, al menos, a uno de ellos. Sí, rezando, porque cuando se trabajan veinte horas seguidas, el cometer o no errores depende casi únicamente de cómo de fuerte seas capaz de rezar. 

Subo la calle arrastrando los pies, giro a la derecha y veo la esquina de mi casa de lejos. Por suerte, vivo cerca del hospital. Apenas hay trescientos metros de calle, pero encuentro en mi camino un muro. Un grupo de personas, al principio me parecen una turba enfurecida, y luego parpadeo y me doy cuenta de que son seis o siete hombres (quizás ocho, o diez). Están sentados alrededor de un banco y sobre él, algunos de pie, y hasta hay uno que hace equilibrios imposibles sobre una papelera, como un funambulista borracho. El móvil de uno de ellos llena el aire fresco de la noche de una música machacona. Hay botellas por el suelo, bolsas de pipas, alguna chaqueta colgada. Uno se ha quitado la camiseta. 

Me han visto. 

Empieza a sonar música de película de miedo. Algunos vuelven la cara hacia mí, y gritan cosas. No les entiendo. No se mueven de donde están, gracias al cielo, pero gritan cosas. Oigo: "guapa", "dame tu teléfono", "vente para acá" y, lo más ridículo de todo, una frase demasiado compleja y muy mal construida sobre que a uno de ellos le duelen los testículos y necesita un reconocimiento médico. 
Me estoy empezando a cabrear. Levanto la barbilla y aprieto el paso. No les miro, pero no bajo los ojos. Que no huelan el miedo. Siguen gritando, pero no se mueven. Gracias al cielo. Me alejo, y los gritos se van apagando. Se ríen. Llevo las llaves en la mano, apretadas. Cuando llegue a casa veré las marcas de los dientes de la llave en la palma de mi mano. Abro el portal casi de una patada, como un placaje, con el corazón a cien y sabor a hojalata en la boca. Malditos cabrones. Tengo un cabreo de mil demonios. 

Cierro la puerta de casa y echo la llave. Suelto el bolso, me quito (por fin) el uniforme y me tumbo en la cama. Esta noche he tenido suerte, porque no se han movido y sólo querían gritar. Otras como yo no han tenido tanta suerte. Pienso en ellas. Aún oigo a los hombres reír y gritar, me llegan sus rugidos flotando por la ventana. 

Pienso en ellas. Ojalá hubieran tenido, como yo, tanta suerte. 

HERMANA, YO SÍ TE CREO. 



jueves, 10 de mayo de 2018

Buenas intenciones

Voy a aprender a sacarme los ojos esta noche y me voy a implantar dos microcámaras de vídeo  para tener testimonio fotográfico de cada una de tus sonrisas, y poder verlo y rebobinarlo por los siglos de los siglos, amén.
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Voy a aprender a mudar la piel como los lagartos, y guardaré en un cofre de fibra de carbono cada centímetro cuadrado en que tus dedos me tocaron y me apretaron y me atrajeron y me apretujaron y me quisieron más cerca.
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Voy a aprenderme de memoria cada vuelta de tus rizos y cada tendón de tus piernas y cada hueco de tu espalda y cada uno de tus lunares y todas las facciones de tu cara y cada relieve de tus brazos y me lo aprenderé todo tan fielmente que podré esculpirte en piedra con los ojos vendados.
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Voy a aprender física por tí, para darte tu velocidad igual a espacio partido por tiempo tiempo tiempo tiempo tiempo. Me pondré una bata blanca y barba de científico para explicártelo todo, sólo por hacerte reír.
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Voy a aprender a registrar en algún tipo de cápsula, o joya, o grabación, o rincón de mi cerebro, la vibración de tu susurro cantando en mi oído, y cada vez que has escuchado una canción tonta de amor y me has mirado directamente al fondo de los ojos.
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Voy a guardar en el cofre de las pequeñas cosas felices cada día que te vea, como esos besos rápidos que me das en los semáforos, o cómo no quieres que me separe de tí en la calle, cada sesión de cosquillas, cada polvo, cada masaje, cada vez que me has dicho guapa (y han sido muchas), cada uno de tus calcetines de rayas de colores, cada foto intercambiada, cada gota de sudor, cada cena juntos.
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Voy a aprender a apreciar más tus silencios que tus palabras, y que hoy ha sido la primera vez que tú me has preguntado: "bueno, ¿y cuándo nos veremos otra vez?", y los abrazos desesperados, y las siestas sobre mi pecho, y que te guste lo que sea que haya preparado para cenar.
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Voy a aprender a callarme.
Y voy a aprender a no hacer preguntas para las que ya conozco la respuesta. 

domingo, 6 de mayo de 2018

No sé qué me pasa, tengo una burbuja, una bola de chicle detrás del ombligo que se infla y revienta y se infla y revienta y se infla y revienta y no me deja dormir.
La burbuja me ha despertado esta mañana de domingo, un poco tarde, si se me permite la crítica;
ya hay luz en la calle, y gente, y niños, y perros que ladran, y motos, y hasta alguien que arrastra algún tipo de carro, o un cadáver de madera, quién lo puede saber. Un auténtico sinsentido.
En esta estúpida mañana de domingo pienso en pocas cosas, y todas son tú. Me preguntas qué plan tengo para hoy, y me invento alguna excusa de mierda, para que no te enteres de que todo lo que haré  se va a basar en darle vueltas a tus rizos con la mente y en pasearme por tu espalda con las manos en el aire, como si fueses un piano en medio de una zona de guerra.
Esta absurda mañana de domingo, este paréntesis innecesario en el fluir del calendario, estas veinticuatro horas sin pies ni cabeza, quizás, pasen más rápido si las lleno contigo.

sábado, 5 de mayo de 2018

50.000 visitas

50.000 visitas, 8 años de vida, 226 entradas (con esta, 227).

¡Muchas gracias a todos!

jueves, 3 de mayo de 2018

Año nuevo

Todos los días son año nuevo si lo piensas con ilusión.
Todos los días son año nuevo si pasaste la noche anterior pensando en suicidarte.
No os preocupéis, amigos lectores y amigos entre el público, este texto no es autobiográfico.
(Aunque podría serlo).
Anoche, a las 1 30 de la madrugada, estoy tirada en la cama con los ojos abiertos como platos y pesados como yunques, pensando en qué pasaría si cogiese el coche y lo aparcase en medio de las vías del tren. Sé lo que pasaría, pero lo sigo pensando, luchando obstinada contra el sueño.
Anoche, a las 2 30 de la mañana, me encuentro de pie en medio del pasillo, con los muslos goteando y mi fantasma de cabecera hablándome al oído. No sé qué hago aquí. Debería estar en la cama.
Me meto en la cama y la cama me quema, como me quema la piel abierta. Me queman los ojos. Me quema mi cuerpo. Me quema la piel cuarteada, las cicatrices, las malas decisiones.
Finalmente, me queman más los ojos que todo lo demás y termino por dormirme.

Todos los días son año nuevo cuando te despiertas nauseoso, confundido, preguntándote cómo es posible que no se te haya parado el corazón mientras dormías.
Todos los días son año nuevo cuando no ves más allá de las ocho de la tarde.
Todos los días son año nuevo cuando estás colgado de un árbol, sorprendido ante tanta violencia.

Cuando todos los día son año nuevo, un año artificial que empezó hace un año y un día y terminó anoche, sea uno de enero, cinco de mayo o quince de octubre, qué importa, el tiempo pasa más deprisa. Cada uno de mis años contiene trescientos sesenta y cinco años en uno, menuda muñeca rusa, ¿no? Cuando cada día es año nuevo, también, es difícil hacer balance, pero no imposible.

El año pasado fue el año de las lágrimas,
De las velas aromáticas,
El año de las listas de cosas que hacer,
De la cama vacía,
Y de la cama llena,
El año de la psicoterapia,
De las benzodiacepinas,
El año de la desesperación,
El año de la paciencia,
De las mascotas,
El año del amor,
De los tatuajes,
El año de las piernas firmes
Y de las agujetas,
El año de los vikingos,
De la locura,
De hacerte el amor.
El año de las malas decisiones
El año del insomnio
Y de los vómitos
Y del suero fisiológico
Y de las transfusiones
Y del coma inducido
El año del cautiverio.
El año de la supervivencia.

Ojalá el año que hoy empieza sea... Sea. Que sólo sea. Ni malo, ni bueno, ni mejor, ni peor. Sólo, que sea. Y que yo esté aquí para poder despedirlo, de nuevo, esta noche. 

miércoles, 2 de mayo de 2018

Cambio de armario

Estamos ya casi en mayo,
los días son cálidos y las noches aún de invierno,
pero se acerca el cambio:
las flores,
los festivales.
Quizás todo esto sea, al fin,
una catarsis.
Quemar tu pasaporte caducado,
sacar de mi casa los zapatos que olvidaste,
lavar por fin las sábanas en las que dormiste
la última noche,
desordenar los poemas que escribiste en la puerta de la nevera,
leer poesía y no recordarte,
escribir como una loca
(lo habrías odiado).
Leer cualquier cosa y no recordarte,
casi desafiante.

Ya no estás en casa.
Nunca me aprendí tu número de teléfono,
y por fin se me está olvidando el sonido de tu voz.

Rumiando por la casa, vagando por los cajones
y entre las sábanas
me he dado cuenta de que te llevaste muchas cosas.
Pero sólo
has dejado
de mí
lo mejor. 


sábado, 28 de abril de 2018

El sentido de la vida

Hay una especie de palpitar rojizo en el aire,
un no se qué
que entra por la ventana de mi cuarto al anochecer, pero sólo cuando estás tú.
Un aire rítmico, una tela suave que nos acaricia
y nos une
todavía más.
Hay un, no sé, un alma,
un estado de la materia:
sólido, líquido, gas, plasma, y estar contigo.
Hay un pentagrama,
un cuaderno nuevo,
un bote de tinta sin empezar,
un lápiz de color verde aún sin estrenar.
Hay un imán gigantesco
entre tus costillas y las mías;
una necesidad.
Hay un bol de cristal
que has venido y llenado de naranjas.
Tener dos sofás vuelve a tener sentido,
y lavar tu ropa en mi casa,
y empapar de tu sudor la ropa de cama.

Qué es esto que hay, no lo sé
pero está en tu ojo derecho
y tu mejilla que lo eleva cuando sonríes.
Está en los diecisiete lunares de tu espalda,
en tu pelo insaciable.
Está en tu abrazo profundo y en tus dedos rápidos,
en tus largos fémures.
It's in the water, baby.

Fleurs du mal - La destruction

Sans cesse à mes côtés s'agite le Démon;
Il nage autour de moi comme un air impalpable;
Je l'avale et le sens qui brûle mon poumon
Et l'emplit d'un désir éternel et coupable.

Parfois il prend, sachant mon gran amour de l'Art,
La forme de la plus séduisante des femmes,
Et, sous de spécieux prétextes de cafard,
Accoutume ma lèvre à des philtres infâmes.

Il me conduit ainsi, loin du regard de Dieu,
Haletant et brisé de fatigue, au milieu
Des plaines de l'Ennui, profonds et désertes,

Et jettte dans mes yeux pleins de confusion
Des vêtements souillés, des blessures ouvertes,
Et l'appareil sanglant de la Destruction!

Charles Baudelaire -1857

domingo, 22 de abril de 2018


Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás.
Porque desde el día en que tocaste el marco de la puerta de mi casa, todo lo que encontraste detrás se convirtió en oro. Y cada centímetro cúbico de aire que respiraste en mi cama flota suspendido sobre mi cabeza, lleno de estrellas suspendidas, brillante y único. Y lo busco y lo inhalo de un bocado y la espera se me hace más llevadera. 


viernes, 20 de abril de 2018

¿Qué pasa?

Me haces preguntas difíciles,
Verdaderamente difíciles. Como cuando te miro, sonrío y te sigo observando, y tú me devuelves la sonrisa y me dices: ¿qué pasa?

Y yo entorno los ojos, sacudo la cabeza y digo: nada. Es más fácil decir que no pasa nada, que explicarte que pasan por mi mente cuatrocientas treinta y una mil novecientas ochenta cosas. Todas al mismo tiempo. Sí.

Podría decirte que estoy pensando en cómo tus ojos iridescen, verdes y azules, y cómo están surcados de rayos amarillos, como si tuvieras un sol en las pupilas. También pienso en que es una lástima cómo tu mejilla derecha sube un poco más que la izquierda cuando sonríes, aunque no es realmente una lástima. Es interesante.

Pienso en la curva imposible de tu barbilla, en cómo los lóbulos de tus orejas se acercan a tu cuello, quién pudiera también. Pienso en esa media sonrisa hacia la derecha, ésa que no enseña los dientes y que me regalas cuando nadie más nos ve. Pienso en cómo se me para el corazón cada vez que te estoy besando y abro los ojos, y te encuentro sonriendo y buscando mi boca.

Pienso en ti anoche, abrazándome fuerte en la cama, pienso en cómo ha podido vivir mi caja torácica sin tus brazos alrededor hasta hoy. Ese abrazo tuyo tan inexperto, es el más dulce que he sentido en mi vida. Pienso en tus labios, cantando libres en mi cama, lleno de vida y de fuego, chisporroteante, y yo escuchándote y alimentándome de tu música, como una suerte de pequeño animal eléctrico.

Pienso en los arrebatos de primavera. En los ojos color coca-cola. Pienso en que tu tic tac y el mío son el mismo son. Pienso que quizás, para ti también, la música ahora tiene un nuevo sentido. Y qué maravilla.
Pienso en tu loca melena desparramada sobre mi pecho, y tu voz que se acomoda y me dices que qué almohada tan suave. Y sonrío y me estremezco. Acomodate, siempre vas a tener un suave hueco para ti aquí.

Pienso en cómo tu voz profunda me transporta a casa como en un sueño, como una alfombra mágica, cómo apago la música y respiro bajito para que no se disuelvan tus notas. Pienso en que ojalá te vuelva a ver muy pronto.

Pienso en lo que pasa bajo las sábanas, pero eso ya es otra historia.

¿Ves como es más fácil decirte que no pasa nada?

martes, 17 de abril de 2018

Vida en monodosis

Las ventas de pañales para bebé bajan, bajan y bajan en picado.
Ya nadie compra pan de molde en formato "familiar".
Nadie quiere el "dos por uno, ahorre y llévese producto para toda la familia".
No queremos monovolúmenes, con sitio para las sillitas de los niños, no queremos sofás de cuatro plazas ni grandes mesas de comedor.
No queremos tres sombrillas de playa, diez sillas, las toallas para todos los chavales, las neveras hasta arriba de sandía, latas de fanta llenas de arena y una montaña de bocadillos desiguales.
No queremos excursiones con los primos, ni "habrá que coger los otros coches, porque si no, no cabemos todos".
No queremos ofertas de la vuelta al cole, treinta lápices de colores por el precio de veinte, cinco cuadernos con cuadritos grandes y cinco cuadernos con cuadritos pequeños por un precio increíble, no queremos dos mochilas con ruedas por el precio de una.
No queremos a la abuela teniendo que traer taburetes del sótano para que quepamos todos, ni la mesa de los niños en Nochebuena llena a reventar, no queremos el "juntaos un poco más, que los de los lados no salís en la foto".
Ya no queremos cafeteras italianas de ocho tazas de café ni grandes ollas para hacer guisos.

Ahora, queremos incansables el silencio.

Queremos auriculares para ir siempre aislados, sí, más aislados todavía. Ni cuando andamos por la calle solos y rodeados de gente sola queremos ni rozarnos.
Coches de dos plazas y el bolso en el asiento del copiloto.
Prepara una muda y una camiseta limpia y listo, ya está hecha la maleta en dos minutos.
Mesa para uno al fondo del restaurante, sí, en la mesa de detrás de la columna, para que nadie nos vea. Media ración de esto y otra media de aquello, que yo con eso voy bien, el menú es demasiada comida para uno solo.
Paquetitos de azúcar con sólo un terrón.
Tortilla de patatas envasada para uno. Bricks de zumo de naranja para llevar, listo para tomar, contiene una ración. Pack divisible. Cápsula de café directa a la taza, en un momento, sin problema, sin perder tiempo.
Sólo un cepillo de dientes en el lavabo. Sólo un peine. Sólo una toalla colgada de la puerta. Una ducha pequeñita, para qué quieres más. Cama de noventa, una almohada, una manta, un armario todo para tí, no tienes que compartirlo con nadie.
Tómate un sándwich y una coca - cola en cualquier sitio y entretente, que más da si llegas tarde a casa, si nadie te espera.
La cama fría, la casa a oscuras. La paz medio vacía. La incómoda comodidad.

Y cuando, más tarde o más temprano, te llegue la hora y se apaguen tus coronarias, te quedarás tirado en la cama, cada vez más frío, cada vez más rígido, y tu móvil puede que vibre con la llamada preocupada de algún amigo, o algún mensaje, pero nadie se preocupará hasta que pasen días porque "igual, si vive solo, estará liado con algo".

Y te irás como viviste: solo.





lunes, 16 de abril de 2018

Soneto a tus putos muertos.

Unas líneas llenas de bilis, pero muy liberadoras. Lo he venido en llamar "soneto a tus putos muertos".

Tú, aquel loco solitario y beligerante. Tú, el antiguo, el gran poeta grecolatino, el fundador de la academia de Platón. Tú, el falso ídolo, el dios de madera.
Tú, el que a todos juzgaba, el que rajaba de todos los chavales que escribían (como tú) por amor, por desdicha, por insomnio, por desidia, porque les daba la gana, tú
que te llenabas la boca de envidia y escupías, porque eran
mejores que tú.
Para tí, que todos los concursos que perdías estaban amañados, que todos los recitales a los que no ibas eran mediocres, tú.

Tú, con tus versos alejandrinos y tu métrica perfecta, tú
con tu mierda sin sentido.
Tú, que no emocionabas a nadie, que no te emocionabas ni a tí mismo, tú.
Tú que te odiaste más fuerte de lo que nunca llegaste a amarme a mí.
Tú, que me hiciste perder el tiempo,
el norte,
la vida,
la música,
la poesía.

Ahora, que te jodan a tí y a tus cánticos, a tus tercetos y a tus versos machacados, a tus sonetos imposibles y a tus sílabas vacías. Que te jodan, porque
estás solo en el desierto, y allí te vas a secar.
Solo, como siempre estuviste,
solo, como siempre quisiste estar.

Ahora, cierra la rima,
redondea el verso,
mide las sílabas
Y vete a la mierda.

sábado, 14 de abril de 2018

Neil Hilborn - Future Tense

Tu cuarto amor, tu primer amor verdadero, que te trajo paz cuando todo tu cuerpo era un arma.  
Haz que la lluvia no suene a nada. Haz que la lluvia no se parezca en nada a su voz. 
No te quedes solo. Cuando te quedes solo, no harás ninguna de las cosas que hacías con ella, así que no harás nada.  
Maravíllate ante como ella, la paciente jardinera, la que traía el sueño, la que preparaba el baño y encendía las velas, la que te hizo alguien que podría convertirse en alguien, ella que te hizo querer vivir más que nada en el mundo, y ahora te hace querer dejar el mundo, porque lo has visto. 
En ella has visto el color y la forma de tu vida perfecta. Y ahora los niños, la casa, las discusiones sobre manteles, todo se apaga. Como cosas dejadas al sol. Como cualquier sueño dejado expuesto a la luz durante demasiado tiempo. 



Por qué, dios, por qué
duele tanto respirar al despertarse.
Por qué el silencio abusa, acosa, destruye.
Por qué.
Por qué cada músculo es una puñalada de acero
y cada voz en tu garganta es un canto al cielo
y cada cuello es un destrozo rojo y negro
y cada beso es un meteorito en tu pelo
y cada día es un imposible.


domingo, 8 de abril de 2018

Benedetti

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.

Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.


Mario Benedetti.

Extremo...




¡Hoy te la meto de todas todas!-¿Por qué anda sola esta amapola?¡Hoy te la meto de mil maneras!Y ya anda con la lengua fuera.¡Hoy te la meto hasta las orejassolito con mover las cejas!¡Hoy te la meto hasta el mismo corazónsólo con que digas calor!

lunes, 2 de abril de 2018

Edipo y la Esfinge - Moreau

Hace años ya que me prometí una entrada sobre un cuadro inquietante y hermoso que me persiguió por el mundo durante una época muy hermosa de mi vida: Edipo y la Esfinge, de Gustave Moreau. 
Me crucé por primera vez con él en el museo del Louvre, en París, allá por 2014, en una exposición temporal, y recuerdo acudir a verlo casi con ansias y con hambre. Lo fotografié, lo dibujé, lo miré y lo remiré, y siempre era el mismo y a la vez era distinto. La exposición terminó y lo desterré a la parte de atrás de mi memoria. 
Al año siguiente, en el verano de 2015, estaba yo extasiada paseando por las salas marmóreas del Museo Metropolitano de Nueva York, doblé una esquina y me lo encontré de cara, con sus dos metros de altura y su anguloso esquema de formas mirándome, pesado, casi acusador, casi reprochándome haberlo olvidado. Y allí me senté, entre la gente que caminaba, en la otra esquina del mundo, y volví a dibujarlo, y creo que aquella tarde de agosto se cerró el círculo. 
Y hoy toca contar su historia. 




La Esfinge, en griego antiguo σφίγγω (quizás de "estrangular") es un demonio representado con rostro de mujer, cuerpo de león y alas de ave, símbolo de destrucción y mala suerte.

Hesíodo es el padre de la primera Esfinge griega, y la pare como hija de la Quimera y de Ortro, el perro hermano de Cerbero. Otros la hacen hija del amor entre Tifón y la Quimera, o de una ninfa con cola de serpiente.

La Esfinge fue mandada según Hesíodo por la vengativa Hera para destruir y causar terror en los campos que circundaban la ciudad de Tebas, con motivo del rapto y la seducción que Layo, el rey de Tebas, cometió en el joven Crisipo. Otros mencionan que fue enviada por Dionisio y Ares, incluso por el dios del inframundo.

La horrible mujer - león se asentó en uno de los montes del oeste de Tebas, y desde allí asolaba los campos, destruía las siembras y estrangulaba a todos los que no fueran capaces de resolver sus enigmas. Propuso a Creonte, entonces rey de Tebas, que si alguien era capaz de resolver uno de sus enigmas se iría para siempre; pero si no, mataría a quienes fallasen y seguiría destruyendo.

Ahora bien, ¿cuál fue el acertijo que la Esfinge propuso a los tebanos? Todos lo conocemos, y Aristófanes nos brinda la versión más elaborada:

Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, aire o mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil. 

Varios trataron de resolver el enigma y fallaron, siendo asesinados por la terrible bestia; entre ellos Hemón, el hijo de Creonte. El rey, desesperado, hizo una proclama a toda Grecia prometiendo el reino entero y a su hermana en matrimonio a aquel que fuera capaz de resolver el enigma de la Esfinge.

A responder a esta desesperada llamada acudió Edipo, el hijo perdido de Layo y Yocasta, y fue el único que consiguió resolverlo correctamente. Según Aristófanes de nuevo, estas palabras son las que Edipo dedicó a la bestia:

Escucha, aun cuando no quieras, Musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez. 

La Esfinge, derrotada, a partir de este momento buscó la muerte. Sin embargo, como nos tienen acostumbrados los griegos, las versiones se mezclan. Higinio nos cuenta que la Esfinge saltó desde su guarida en el monte en busca de la muerte, Eurípides habla de que fue el propio Edipo el que la mató... La única certeza que tenemos es que Edipo tuvo su recompensa, se casó con Yocasta (recordad que era su madre) y  se convirtió en rey de Tebas.

La alegoría final, siempre tan recta y moralmente evidente, tal y como nos tienen acostumbrados los griegos, es que el mito representa el triunfo de la belleza y la sabiduría sobre el horror.



Una vez colocados en el contexto, vamos a la tela que nos ocupa, el magistral óleo de Moreau.
Fue pintado en 1864, y se trata de un cuadro puramente simbolista y cargado de verticalidad. Moreau representa al protagonista con sus atributos clásicos, como un viajero: el manto y el bastón. La Esfinge, que de forma tradicional se representa sobre una columna, aparece encaramada al pecho de Edipo y lo observa con expresión hierática. Por el suelo, dispersos, los cadáveres de los pobres infelices que fallaron anteriormente el acertijo. El entorno en el que están es montañoso, onírico, brumoso.

La composición es una línea vertical continua, una auténtica columna de formas. Edipo se levanta recto, anguloso, apoyado también en su bastón recto: el hombre hermético, el anthropos que centra la creación. Es la juventud, la belleza, el hombre sabio que todo lo puede.

La Esfinge es también vertical, y nos ofrece un ritmo ascendente con sus alas desplegadas al cielo. Sólo rompe la rectitud la curva de su lomo, aunque también nos hace imaginar un salto hacia arriba. La mirada de la esfinge, con su rostro femenino, es sugerente y seductora, pero se encuentra con la mirada fría y racional del anthropos. Sin embargo, a la vez la conexión entre ambas miradas trasciende una simple lucha de poder: Moreau representa en sus composiciones a menudo imágenes especulares, y enfrenta conceptos aparentemente opuestos para mostrar el ciclo circular del universo. ¿Son Edipo y la Esfinge un espejo el uno del otro?

Termino con el auténtico alma del cuadro: el simbolismo. Como dicen en (1):

Las alas de la esfinge, alas de águila, están precisamente asociadas a esa constelación y a la de Escorpio, así como al equinoccio de otoño, a la vejez, al declive de la vida, mientras que Edipo es la fuerza, la juventud que todo lo puede. Por eso todo en él es vertical. Sin embargo, las patas de la esfinge se refieren también a la juventud, porque lo son en la representación del principio del año babilónico, el equinoccio de primavera; y la cola indica la posición del Sol en el solsticio de verano, la madurez.

La esfinge recorre y asume todas las etapas de la vida. Todas las dudas, todas las preguntas y todas las tentaciones. La esfinge, eterna, lleva en sí todas las edades, todas las etapas, porque en todas hay enigmas que es necesario responder. Y vencer.

Y eterno es el Edipo vertical, el que vence, el que conoce su camino, el que se apoya en la roca. El que no deja a su espalda resquicio alguno por el que penetre la duda, la debilidad, la derrota.



FUENTES: 

https://www.revistaesfinge.com/breves/oculto-en-el-arte/item/1286-edipo-y-la-esfinge

https://historia-arte.com/obras/edipo-y-la-esfinge

https://es.wikipedia.org/wiki/Edipo_y_la_esfinge

Actualizamos: por ahora lo llamaremos "E-life"


Capítulo 1: motivo de consulta


1.     Stephan

Stephan suspiró y se frotó la frente con el dorso de la mano. La bata blanca le rozó la piel y sintió las ya familiares descargas eléctricas descendentes en un lado de la cara. La mierda de chips liberadores de analgésicos que se había comprado para prevenir la migraña no iban a hacer más que darle problemas.
Se levantó trabajosamente del sillón en el que estaba apoltronado, dejando a un lado el informe médico que había escrito y revisado más de una veintena de veces; seguía sin estar a gusto con el maldito papelajo, y no sabía por qué. No saber cosas lo ponía nervioso. Cogió la gruesa carpeta de seguimiento, la roja, y se la encajó bajo el esquelético brazo antes de salir. Pronto necesitaría un codo nuevo.
Las suelas de goma de sus zapatillas deportivas chirriaban contra el suelo de linóleo del pasillo del centro de investigación. Las luces estaban apagadas, y Stephan se movía guiado por la tenue penumbra amarillenta y sucia que se colaba por entre las rendijas de los filtros de aire, aunque sobre todo por el profundo conocimiento que tenía de aquellos pasillos.
Giró a la izquierda en el control de enfermería, cerrado a esas horas de la noche (los suplementos de melatonina financiados por el gobierno para suplir la falta de sol eran algo normal en la vida de la gente) y se encontró con la puerta del pasillo abierta. - ¿Qué cojones? - dijo en voz alta, y dio un paso adelante. El corredor con las habitaciones 1 a 40 se extendía ante él, bañado en su principio por una luz amarilla sucia que emanaba de la habitación número 1. En las primeras 5 habitaciones colocaban a los sujetos más nuevos, aquellos que acababan de entrar en el estudio. Los más complicados. Los que más tendencia tenían a arrancarse los implantes y a pedir la eutanasia a gritos; esas cosas no eran buenas para los nervios de Harra, la enfermera jefe; tampoco para los de Stephan, que a veces hasta los perdía.
Corrió de vuelta al puesto de enfermeras y, en un abrir y cerrar de ojos, se llenó los bolsillos de la bata con tres pares de guantes, varios botes de solución alcohólica para desinfectar, algunos paquetes de ese asqueroso hilo auto – anudable que acababa de desarrollar la Bayer (o la Santa Madre Farmacéutica, como la llamaba Harra), dos pares de pinzas y una mascarilla. Cuando llegó a la habitación, aún anudándosela, se paró en seco. Doel, el estudiante de salud que pasaba con él las mañanas, estaba inclinado sobre la cama del sujeto número 1 y le suturaba con manos torpes la herida de la espinilla; esa maldita herida que, desde que se la abrió la segunda noche de su estancia en el centro, no había parado de dar problemas. Stephan entró bruscamente a la habitación 

       ¿Se puede saber qué cojones estás haciendo? - interpeló al chico.
       Doc... doctor... se había abierto la herida otra vez, y... no – no podía hacer que pa... pa... parase de san... sangrar, y... - cuando estaba nervioso, el insulso pelirrojo tartamudeaba, lo que hacía que a Stephan le pareciera aún más blando e inútil.
       Cállate. - atajó. Se dirigió hacia la cama y se colocó al lado del sujeto, que miraba al techo con su ojo humano fijo, y el mecánico temblando espasmódicamente en su cuenca inflamada.

Tenía sangre en las mejillas, trazos gruesos y desvaídos que debían llevar allí varios días. Olía a mierda y a orina. El implante del ojo tenía una pinta asquerosa, se dijo Stephan, cada día peor. Los agarres se habían movido y había dejado tras de sí su rastro en forma de incisiones profundas en la piel. Incluso en los superiores se podía intuir el blanco desvaído del hueso frontal. Además, del ángulo lagrimal de la cuencia artificial goteaba un pus azulado y apestoso; pero era demasiado azul. En ese momento Stephan se dio cuenta de algo que lo hizo ponerse aún más nervioso: quizás no era pus, sino una fuga del vítreo del ojo biónico. Si así era... probablemente estuviera ya en el sistema nervioso, y el sujeto número 1 era ya prácticamente pasto de los carros – horno. Lo que más le molestó a Stephan de todo aquello era que al día siguiente tendría que aguantar a algún radiólogo subido de tono para que le hiciera una resonancia magnética a aquel desgraciado. Y además esa noche le tocaría anotarlo todo. Se inclinó sobre el sujeto para ver de más cerca la pupila, y en ese momento el hijo de puta se revolvió y fijó el ojo humano en Stephan. De su boca llena de costras no salió más que un gorgoteo bien entendible:
       Máteme. - Stephan hizo una mueca de asco y se alejó unos centímetros.
       Que te calles, joder – fue toda su respuesta.
Suspiró y luego posó sus ojos en Doel, que estaba terminando otra sutura terriblemente mal realizada. Salió de la habitación arrastrando los pies y miró hacia el pasillo vacío a su izquierda. Tenía que terminar la ronda antes de las cinco de la mañana, o ese día no iba a dormir una puta mierda.

2: Meera

Meera abre la puerta de su apartamento con la mano derecha e ignora, por última vez, la corriente de dolor que le sube hasta la escápula. Traspasa el umbral y cierra a su espalda con una patada distraida; los pistones mal engrasados del tobillo metálico de su prótesis chirrían; Stephan le había dicho mil veces que tenía que llamar a un técnico y no hacer esos movimientos tan forzados. Se acerca arrastrando los pies hasta el sofá de cuero, soltando en el camino la bolsa que lleva colgada a la espalda. El ordenador integrado de la casa le da la bienvenida por medio de una transmisión aterciopelada directa a su oído, como el susurro de un amante: buenas noches, señorita Vanhaecke. Meera da un respingo y escupe: ¡joder! Siempre igual. - Se recuesta de nuevo en el sofá y se pregunta por qué encargó el aparato en un primero momento. Una vocecilla en su cabeza le responde, pero esta vez es un eco de sí misma, no un mensaje pregrabado de bienvenida: porque te limpia la casa, puta. Si no fuera por el aparato estarías nadando en mugre.

La muchacha abre los ojos, sobresaltada. Apenas queda ruido en la calle y la luz es mortecina. Se ha quedado dormida en el sofá. Enciende la pantalla de su E-life con un toque del dedo índice de la mano izquierda, y se queda mirando aquel recuadro verde encastrado en su antebrazo. Las dos y cuarto de la madrugada, mierda. Mañana le va a doler la espalda. Se despega trabajosamente del sofá, con un nuevo y repetitivo chirrido de protesta del tobillo, y se dirige hacia la cama arrastrando los pies. El E-life vibra con timidez: tienes un mensaje.

-        ¿Pero qué cojones? – dice en voz alta mientras se sienta en la cama y se quita los zapatos con el pie contrario.
-        Meera Vanhaecke, tiene un mensaje de – aquí se produce un cambio de voz que a Meera siempre le resulta cómico – Stephan Daral.

Acto seguido aparece la cara de Stephan en su pantalla, formada por una matriz de líneas verdes y azules (a Stephan le había resultado divertidísimo configurarse a sí mismo con uno de esos temas prefabricados que se podían descargar de la E-tienda por el módico precio de 500 bitcoins, y aquel era el resultado), y suena su voz:

-        Meera, cariño, esta noche tampoco voy a poder ir a dormir a casa. Lo siento. Me han encargado un informe médico más largo que su puta madre y va a ser imposible terminarlo antes de la ronda nocturna. Intentaré llegar lo antes posible después del cambio de turno, ¿vale? Te quiero.

Un pitido, y luego silencio. Meera sacude la cabeza y siente formarse el ya familiar nudo en la base del cuello. Se pregunta si tendrá cáncer de tiroides, o será la jodida depresión. Se echa en la cama aún con la ropa del trabajo puesta, y se duerme casi al instante.



3: Taki

Taki se mete las manos en los bolsillos y pega la espalda a la pared de la marquesina de cristal blindado mientras ve bajar el elevador de la calle Mesly. Viene lleno de gente; estas horas son siempre una auténtica mierda. Rebusca en el bolsillo del abrigo y toca su tarjeta de crédito, la saca y le da un par de vueltas entre los dedos. ¿Quedará dinero para coger ese día el transporte e ir a trabajar? Se pregunta. La incertidumbre.

El elevador frena con un silbido y un resoplido frente a él, y una estampida de gente triste y maloliente se desborda de él como el pus de un absceso recién reventado. Taki espera paciente, y pasa en último lugar, detrás de una mujer mayor con uno de esos implantes semifaciales baratos. La mujer le recuerda a Terminator si tuviese ciento cinco años y se llamase Ophelia. Sonríe ante su propia ocurrencia.

Entra en el vagón, pasa la tarjeta por el lector, dos pitidos, luz verde, alivio. Un día más al límite, piensa, y se sienta en uno de los primeros asientos. Echa una mirada al E-life; todavía son las ocho menos veinte, así que llegará a tiempo al trabajo. Pasa el dedo por la pantalla del E-life, y abre la sección de noticias: como siempre, basura. Corea del Norte realiza el décimo ensayo nuclear esta semana. E-life convoca su reunión anual: reportan ganancias millonarias. Nuevo golpe de estado en Burkina Faso: el país está bajo el dominio de la junta militar. Nuevas aplicaciones para su E-life: ¡toque aquí para ver el menú de ayuda!. El vagón arranca con una sacudida espasmódica y Taki, sobresaltado, apaga la pantalla con un paso del dedo por encima y queda absorto en sus pensamientos, mirando por la ventanilla sucia. Vale, de acuerdo, quizás queda absorto en el culo escultural de una japonesa enfundada en un mono de látex que camina por la acera contraria con aires de femme fatale.

Otra sacudida espasmódica lo saca de su ensoñación, y al mirar a su alrededor repara en que ya ha llegado a su destino: a su izquierda se alza el edificio imponete, grisáceo y ortogonal del Hospital Henri Mondor. Es un edificio antiguo construido casi trescientos años antes; o, al menos, el enclave lo es, ya que Taki no cree que tras las múltiples reformas que ha sufrido quede algo del edificio original.

Un río de trabajadores, grisáceo y frío, se desliza hacia la puerta principal. Algunos estudiantes con vestimentas coloridas e implantes de fantasía se separan del río gris para dirigirse a la facultad de medicina, en un edificio anexo. Taki repara en una chica de unos veinte años de edad, que muestra a sus amigas orgullosa un implante de globo ocular derecho adornado con pequeñas piedras de bisutería engarzadas; cuando lo mira con más detenimiento se da cuenta de que el globo ocular protésico está lleno de un vítreo color rosa chillón y motas de purpurina dorada.

Cae una lluvia fina, aunque pesada. El agua está fría, y Taki cree notar un escozor punzante en la cara con cada gota que le cae. Cientos de científicos han desmontado una y otra vez la teoría de la lluvia ácida, ya lo sabe, pero no puede ignorar esa sensación punzante, como si le picaran rítmicamente mosquitos muy malintencionados en la cara. El cielo tiene un color gris plomizo con una tonalidad verdosa, y parece abombarse hacia la tierra, cargado de nubes. El cielo de París últimamente no se despeja con frecuencia; de hecho, se funde con las aguas espesas y repugnantes del Sena.

Taki alcanza el torno de entrada y pasa su tarjeta identificativa. Las puertas se abren con un pitido y una luz verde. El robot de bienvenida le saluda con su voz monocorde: „Buenos días, señorita Takanawa. Espero que su día sea productivo y placentero. Recuerde que encontrará en su escritorio la notificación de nómina del pasado semestre, así como la relación de objetivos para el semestre próximo. Bienvenida al Mondor. „
De camino hacia el ascensor principal Taki echa una mirada al tablón digital que adorna la pared norte del vestíbulo. Aquí es difícil encontrar cosas interesantes, todo el mundo tiene acceso y puede introducir su anuncio mediante una consola situada en un lateral. Sin embargo, a veces se encuentran cosas curiosas en la sección „Intersalud“: aquí aparecen anuncios y notificaciones de distintos hospitales y centros de investigación, así como información para pacientes y familiares. Taki repara en un anuncio colocado en el centro del tablón: „Centro de Investigación Biomédica Mary Shelley inicia nuevo ensayo clínico. Prueba de materiales nuevos en ciberimplantes de última generación. Se reclutan voluntarios“. Se queda parada unos instantes enfrente del anuncio, con las palabras „Se reclutan voluntarios“ resonando en su cabeza. Finalmente escanea el anuncio con la cámara integrada del E-life, sacude la cabeza y, casi al instante, lo olvida.


4: Stephan

Stephan entra a trompicones en la sala de reuniones: el descomunal reloj digital sobre la larga mesa marca las 7:31.

-        Doctor Daral, gracias por deleitarnos con su presencia – dice con sorna el doctor Olsdaal, fornido y orgulloso jefe de servicio de Neurología y portador de uno de los primeros implantes hipocampales desarrollados casi diez años antes.
-        De nada, Marcus. Siempre es un placer. – contesta Stephan mientras se quita el abrigo y silencia su E-life.

La sala ríe con timidez. Unos quince médicos y neuropsicólogos se sientan a los lados de la larga mesa de reuniones, presididos por la figura herida de Marcus Olsdaal y una descomunal pizarra digital que casi nunca utilizan.

-        Como iba diciendo – retoma Olsdaal mirando a Stephan de reojo – esta reunión de resultados era crucial y debía ser realizada con la mayor celeridad. Hace dos años que iniciamos el estudio Proteus, y aún seguimos teniendo – traga saliva – carencias.
-        Lo sabemos, doctor Olsdaal. Nosotros realizamos el trabajo de campo y somos los más conscientes de ello, pero hay ciertas circunstancias que no podemos modificar, y contratiempos inesperados – le ataja una mujer de unos cincuenta años de piel castaña, con el cabello oculto bajo un pañuelo adornado con formas geométricas azules, con una identificación colgada al cuello y una multitud de bolígrafos agolpándose en el bolsillo de su bata.
-        Lo sé, Farida. Pero no termino de asumir que los contratiempos sean tan importantes que no os permitan continuar... O que os lleven a errores metodológicos y éticos tan importantes como los que he visto esta semana – contesta Olsdaal, dirigiendo una mirada incisiva a Stephan.

Se hace el silencio en la sala.

-        ¿A qué te refieres exactamente, Marcus? – ataja Stephan con suspicacia. – Espero que no estés hablando del incidente del módulo 1, ni del material de los implantes oculares, tampoco de la filtración a esa mierda de revista E-yellow de que estamos usando estudiantes para las tareas de auxiliares de enfermería... No sé. Me gustaría recordarte que tú eres el coordinador y jefe del proyecto, y si hay tantos fallos es quizás porque nos tienes arrinconados en la mierda más absoluta y en condiciones tercermundistas...
-        Stephan, me estás cabreando – le cortó Olsdaal – no sé si tengo que recordarte precisamente eso yo a tí: que soy el jefe del proyecto, y además tu jefe, y creo que me debes guardar un cierto respeto.
Se hizo el silencio en la sala. Stephan lanzó a Olsdaal una mirada encendida, ávida y llena de furia, que hizo que los médicos sentados junto a él parecieran encogerse en sus sillas. Se podía cortar el aire con un cuchillo.

-        Podrías empezar a comportarte como tal, entonces, y por una vez bajarte al barro y no sólo defender tus privilegios – escupió Stephan.

Farida abrió la boca en una O atónita, aunque había hilaridad en sus ojos. El equipo de neuropsicólogos en pleno bajó la mirada y se dedicó a la contemplación atenta del suelo de tarima. Marcus Olsdaal se quedó petrificado, y al instante pareció desinflarse dentro de su bata. Miró a ambos lados, incrédulo, y luego volvió a posar la mirada sobre Stephan como preguntándose por qué seguía allí. Éste pareció recoger el testigo de su jefe y salió de la sala con paso neutro, igual que había entrado.

El reloj digital sobre la pizarra marcaba las 7:38.

Poesía moderna... de mierda.

Todos somos poetas cuando tenemos quince años.
Qué fácil es hablar del amor, de las mariposas en el estómago, de la sonata de tu voz y el brillo níveo de unos pechos, de las perlas blancas que son tus dientes y de cómo perderse en unos ojos, qué fácil.
Qué fácil es hablar del calor de una cama caliente, de los muelles del colchón, de entregarse, de sudar, de la "petite mort", del cigarrito de después.
Qué fácil es hablar del amor cuando sólo se ha oído en canciones.
Qué fácil es hablar del amor cuando sólo se ha oído en ocasiones.
Qué fácil es hablar del amor cuando no se sabe de la cara oscura, del dolor. Cuando no se sabe la verdad.
La verdad son los olores mezclados, el acre, las manchas en las sábanas, los temblores, el pasarse o el no llegar, el abrir la mochila y encontrar los monstruos de siempre, el partir el pan, el "hoy cocinas tú", el miedo, el hambre, los inicios y los finales.


No me sueltes

domingo, 1 de abril de 2018

Carne, piel, la voz por lo bajo,
tus ojos cambiantes,
tus manos...
Tus manos.

La curva imposible
de tus labios...
Tus labios.

La suave matriz
de tus abrazos...
Tus abrazos.

Mezclarnos, perdernos, partirnos,
como una comida caliente,
o un trago de agua fresca en el desierto:
necesario;
imprescindible;
adictivo.

No me sueltes. 

sábado, 31 de marzo de 2018

Neil Hilborn, o por qué la poesía es tan maravillosa


She was the first beautiful thing I ever got stuck on. 

I want her back so bad, I leave the door unlocked. I leave the lights on.  
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And your lips are so soft I can't actually tell when we're touching,
Like braiding hair underwater,


'Cause kissing you is kinda like that:
Unhealthy,
And will probably end in disfigurement,
But baby, bring on the facial scars and lead poisoning.


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The first time I saw her... Everything in my head went quiet.
All the tics, all the constantly refreshing images just disappeared. When you have Obsessive Compulsive Disorder, you don’t really get quiet moments.
Even in bed, I’m thinking:
Did I lock the doors? Yes. Did I wash my hands? Yes. Did I lock the doors? Yes. Did I wash my hands? Yes.
But when I saw her, the only thing I could think about was the hairpin curve of her lips...
Or the eyelash on her cheek— the eyelash on her cheek— the eyelash on her cheek.
I knew I had to talk to her.
I asked her out six times in thirty seconds.
She said yes after the third one, but none of them felt right, so I had to keep going.
On our first date, I spent more time organizing my meal by color than I did eating it, or fucking talking to her...
But she loved it.
She loved that I had to kiss her goodbye sixteen times or twenty-four times if it was Wednesday.
She loved that it took me forever to walk home because there are lots of cracks on our sidewalk.
When we moved in together, she said she felt safe, like no one would ever rob us because I definitely locked the door eighteen times.
I’d always watch her mouth when she talked— when she talked— when she talked— when she talked ---when she talked;
When she said she loved me, her mouth would curl up at the edges.
At night, she’d lay in bed and watch me turn all the lights off.. And on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off, and on, and off.
She’d close her eyes and imagine that the days and nights were passing in front of her.

Some mornings I’d start kissing her goodbye but she’d just leave cause I was just making her late for work... When I stopped in front of a crack in the sidewalk, she just kept walking... When she said she loved me her mouth was a straight line. She told me that I was taking up too much of her time.
Last week she started sleeping at her mother’s place.
She told me that she shouldn’t have let me get so attached to her; that this whole thing was a mistake, but...
How can it be a mistake that I don’t have to wash my hands after I touched her?
Love is not a mistake, and it’s killing me that she can run away from this and I just can’t.
I can’t – I can’t go out and find someone new because I always think of her.
Usually, when I obsess over things, I see germs sneaking into my skin.
I see myself crushed by an endless succession of cars...
And she was the first beautiful thing I ever got stuck on.
I want to wake up every morning thinking about the way she holds her steering wheel..
How she turns shower knobs like she's opening a safe.
How she blows out candles— blows out candles— blows out candles— blows out candles— blows out candles— blows out…
Now, I just think about who else is kissing her.
I can’t breathe because he only kisses her once — he doesn’t care if it’s perfect!
I want her back so bad...
I leave the door unlocked.
I leave the lights on.

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In second grade, we did an experiment with static electricity:
We rubbed balloons on our heads and stuck them to walls.
And kissing you is kinda like that: My hair stands on end, I get shocked when I touch things,
And I want to tell you STUPID stuff,

Like kissing you is a bundle of kittens colliding with my face at point five miles an hour.

It's like being shot by a dart gun made of hummingbirds that shoots darts made of hummingbirds.

And your lips are so soft I can't actually tell when we're touching,
Like braiding hair underwater.
Or napping under a blanket filled with rainbows and clouds and your favourite books.

When you kiss me the cartoon devil and angel on my shoulders climb into my ears, lick all my neurons and start fucking on my brain stem.

And if you were a 300 pound professional weight lifter and I were a Kia Sorento you could drag me ANYWHERE with your lips.
Kissing you in patience is impossible, like peeling paint off of a wall with glittery stickers; or cooking a turkey with a lighter.

You remind me of the time when in second grade Bethany Hobcurk called me a freak-face and stabbed me in the arm with a pencil,

'Cause kissing you is kinda like that:
Unhealthy,
And will probably end in disfigurement,
But baby, bring on the facial scars and lead poisoning.
'Cause when you kiss me you are dangling me off a bridge by my belt.

You are the screen door of my childhood, all teeth and swinging, so full of holes you can never keep anything in.

You are every black eye.
You are a semi truck, and I am a turtle with two broken legs and a broken heart.

You are illegal fireworks falling downstairs together,
driving on four flat tires,
playing frisbee at night with a saw blade.

Kissing you is like falling out of a 37 story window, exploding into a cloud of robins and reappearing on the ground with my mouth full of feathers.

And when I can't kiss you I try to find the static electricity in my apartment. I dig around in wall sockets, I change lightbulbs with my teeth and I make out with the toaster.

And I know we've only been seeing each other for a couple of weeks, but baby, when you kiss me, I can't remember my middle name or which one is my left foot.

So come over tonight. We'll shuffle around the apartment in our socks and we'll let our lips drift toward each other, like tectonic plates made out of kittens. 

viernes, 23 de marzo de 2018

Do not go gentle into that good night - Dylan Thomas (1947)

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.



No entres dócilmente en esa buena noche. 



Laocoonte y sus hijos


Ellas, con marcha firme, se lanzan hacia Laocoonte; primero se enroscan en los tiernos cuerpos de sus dos hijos, y rasgan a dentelladas sus miserables miembros; luego arrebatan al padre que, esgrimiendo un dardo, iba en auxilio de ellos, y lo sujetan con sus enormes anillos: ya ceñidas con dos vueltas alrededor de su cuerpo, y dos veces rodeado al cuello el escamoso lomo, todavía exceden por encima sus cabezas y sus erguidas cervices. Pugna con ambas manos Laocoonte por desatar aquellos nudos, mientras chorrea de sus vendas baba y negro veneno, y al propio tiempo eleva hasta los astros espantables clamores.
                                                                                                Virgilio, Eneida



Este formidable e imponente conjunto escultórico, ubicado en los museos vaticanos de Roma, es quizás una de las mejores muestras del dramatismo y perfección técnica de los escultores helénicos tempranos. Aunque su datación es controvertida, se le presupone realización alrededor del siglo II a.C., por varios escultores pertenecientes a la escuela de Rodas. 

La pregunta es, quizás, evidente: ¿qué nos cuenta esta escultura? Con sus casi tres metros de altura, resulta imponente y no pasa desapercibida. La forma piramidal, que le aporta solidez y centra el peso en la mitad inferior, así como la ejecución espiral del cuerpo de Laocoonte, enmarcado por las figuras desproporcionadamente pequeñas de sus hijos (débiles y rotas, vencidas por las serpientes), nos cuenta una escena de dramatismo y muerte. 

Pero, ¿quién es este hombre y sus hijos? ¿Por qué sufren este horrible castigo? 



Laocoonte era hijo de Capis y hermano de Anquises, padre del héroe troyano Eneas. Era sacerdote del templo de Poseidón en Troya. Después de que los griegos abandonasen la ciudad dejando un caballo de madera a sus puertas, Laocoonte advirtió a sus habitantes que no lo metiesen dentro del recinto: 

Temo a los griegos incluso cuando hacen regalos.
                                                                                             Virgilio, Eneida

El sacerdote, furioso arrojó su lanza contra el caballo y, en su desesperación, marchó a realizar un sacrificio a Atenea, pidiendo a su vuelta encontrar el caballo destruido. 

Ésas son mentiras -gritó Laocoonte- y parecen inventadas por Odiseo. ¡No le creas Príamo! [...] Te ruego, señor, que me permitas sacrificar un toro a Poseidón. Cuando vuelva espero ver este caballo de madera reducido a cenizas.
                                                                                         Graves, Los mitos griegos
Sus ruegos no obtuvieron respuesta, y los troyanos cayeron en la infame trampa griega, convencidos y arengados por Sinón, un desertor griego que se había introducido entre sus filas.Abrieron un hueco en la muralla y dejaron entrar al fatídico presente. 
Poco después de hacer Laocoonte su advertencia, dos enormes serpientes marinas llamadas Caribea y Peribea reptaron fuera del mar y atacaron a los hijos gemelos de Laocoonte, enroscándose alrededor de sus cuerpos y dándoles muerte. Laocoonte trató de salvar a sus hijos, pero corrió la misma suerte.

Hablamos, al final, de la justicia en su versión más pura, dura y simple. La obediencia máxima a los dioses bajo pena de muerte y sufrimiento. Esa justicia sencilla y recta que los griegos entendían y dominaba sus vidas y su arte permea hasta nuestros días. 

Os dejo con la magistral versión de El Greco. 



Nunca paréis de leer. 

sábado, 3 de marzo de 2018

Y al llegar a casa, sólo queda
este vacío insoluble, irresoluble, 
este alquitrán en la punta de la lengua, 
esta tristeza dura y arenosa. 

viernes, 2 de marzo de 2018

Mago y cristal - Stephen King

" Así pasamos por delante de los fantasmas que más adelante nos persiguen en la vida; los vemos, si es que llegamos a verlos por el rabillo del ojo, sentados sin el menor dramatismo al borde del camino como pobres pordioseros. Raras veces se nos pasa por la cabeza la idea de que nos hayan estado esperando allí. Pero ellos esperan y, cuando ya hemos pasado, recogen sus fardos de recuerdos y siguen nuestros pasos, acortando poco a poco la distancia que los separa de nosotros. "

Veleta

Por momentos, convulsiono
soy
una diosa griega drapeada de seda
porto espada de bruñido acero y doy muerte a los dragones.
Soy guerrera antigua, fuerte y alta, llevo
sobre los hombros el peso de mi mundo.

Convulsiono.

Soy una medusa fuera del agua,
blanda,
inútil,
soy una fruta podrida, un rincón
polvoriento y vacío.

Convulsiono.

Ven y reconponme.

miércoles, 7 de febrero de 2018



Las manos de mi cariño 

te están bordando una capa 

con agremán de alhelíes 

y con esclavina de agua. 

Cuando fuiste novio mío, 

por la primavera blanca, 

los cascos de tu caballo 

cuatro sollozos de plata. 

La luna es un pozo chico, 

las flores no valen nada, 

lo que valen son tus brazos 

cuando de noche me abrazan, 

lo que valen son tus brazos 

cuando de noche me abrazan.

Lorca

sábado, 20 de enero de 2018

Nosotros que éramos perfectos.

Hacer tus maletas,
Decirnos adiós.
Guardar tus libros en bolsas de Ikea.

¿Qué hacemos con los regalos?
Quédate con los recuerdos, no los tires,
porque todo el universo está impregnado de tí
y lo que me has dado
no se puede tocar, está
flotando en el aire.

Lo que tú me has dado no lo puedo arrancar de las paredes y encerrar en el fondo de un cajón.
Ojalá pudiera.

Besarnos con los labios secos, buscar
tus manos y no encontrarlas.
Decirnos adiós.
Y, al volver a casa, el hueco acusador y acosador de tu alma.

Quién hubiera dicho
que nos pasaría esto
a mí, a tí,
a nosotros.

Nosotros que éramos perfectos.

miércoles, 3 de enero de 2018

Un pequeño ejercicio de literatura Cyberpunk

1

Stephan suspiró y se frotó la frente con el dorso de la mano. La bata blanca le rozó la piel y sintió las ya familiares descargas eléctricas descendentes en un lado de la cara. La mierda de chips liberadores de analgésicos que se había comprado para prevenir la migraña no iban a hacer más que darle problemas.
Se levantó trabajosamente del sillón en el que estaba apoltronado, dejando a un lado el informe médico que había escrito y revisado más de una veintena de veces; seguía sin estar a gusto con el maldito papelajo, y no sabía por qué. No saber cosas lo ponía nervioso. Cogió la gruesa carpeta de seguimiento, la roja, y se la encajó bajo el esquelético brazo antes de salir. Pronto necesitaría un codo nuevo.
Las suelas de goma de sus zapatillas deportivas chirriaban contra el suelo de linóleo del pasillo del centro de investigación. Las luces estaban apagadas, y Stephan se movía guiado por la tenue penumbra amarillenta y sucia que se colaba por entre las rendijas de los filtros de aire, aunque sobre todo por el profundo conocimiento que tenía de aquellos pasillos.
Giró a la izquierda en el control de enfermería, cerrado a esas horas de la noche (los suplementos de melatonina financiados por el gobierno para suplir la falta de sol eran algo normal en la vida de la gente) y se encontró con la puerta del pasillo abierta. - ¿Qué cojones? - dijo en voz alta, y dio un paso adelante. El corredor con las habitaciones 1 a 40 se extendía ante él, bañado en su principio por una luz amarilla sucia que emanaba de la habitación número 1. En las primeras 5 habitaciones colocaban a los sujetos más nuevos, aquellos que acababan de entrar en el estudio. Los más complicados. Los que más tendencia tenían a arrancarse los implantes y a pedir la eutanasia a gritos; esas cosas no eran buenas para los nervios de Harra, la enfermera jefe; tampoco para los de Stephan, que a veces hasta los perdía.
Corrió de vuelta al puesto de enfermeras y, en un abrir y cerrar de ojos, se llenó los bolsillos de la bata con tres pares de guantes, varios botes de solución alcohólica para desinfectar, algunos paquetes de ese asqueroso hilo auto – anudable que acababa de desarrollar la Bayer (o la Santa Madre Farmacéutica, como la llamaba Harra), dos pares de pinzas y una mascarilla. Cuando llegó a la habitación, aún anudándosela, se paró en seco. Doel, el estudiante de salud que pasaba con él las mañanas, estaba inclinado sobre la cama del sujeto número 1 y le suturaba con manos torpes la herida de la espinilla; esa maldita herida que, desde que se la abrió la segunda noche de su estancia en el centro, no había parado de dar problemas. Stephan entró bruscamente a la habitación 

       ¿Se puede saber qué cojones estás haciendo? - interpeló al chico.
       Doc... doctor... se había abierto la herida otra vez, y... no – no podía hacer que pa... pa... parase de san... sangrar, y... - cuando estaba nervioso, el insulso pelirrojo tartamudeaba, lo que hacía que a Stephan le pareciera aún más blando e inútil.
       Cállate. - atajó. Se dirigió hacia la cama y se colocó al lado del sujeto, que miraba al techo con su ojo humano fijo, y el mecánico temblando espasmódicamente en su cuenca inflamada.


Tenía sangre en las mejillas, trazos gruesos y desvaídos que debían llevar allí varios días. Olía a mierda y a orina. El implante del ojo tenía una pinta asquerosa, se dijo Stephan, cada día peor. Los agarres se habían movido y había dejado tras de sí su rastro en forma de incisiones profundas en la piel. Incluso en los superiores se podía intuir el blanco desvaído del hueso frontal. Además, del ángulo lagrimal de la cuencia artificial goteaba un pus azulado y apestoso; pero era demasiado azul. En ese momento Stephan se dio cuenta de algo que lo hizo ponerse aún más nervioso: quizás no era pus, sino una fuga del vítreo del ojo biónico. Si así era... probablemente estuviera ya en el sistema nervioso, y el sujeto número 1 era ya prácticamente pasto de los carros – horno. Lo que más le molestó a Stephan de todo aquello era que al día siguiente tendría que aguantar a algún radiólogo subido de tono para que le hiciera una resonancia magnética a aquel desgraciado. Y además esa noche le tocaría anotarlo todo. Se inclinó sobre el sujeto para ver de más cerca la pupila, y en ese momento el hijo de puta se revolvió y fijó el ojo humano en Stephan. De su boca llena de costras no salió más que un gorgoteo bien entendible:
       Máteme. - Stephan hizo una mueca de asco y se alejó unos centímetros.
       Que te calles, joder – fue toda su respuesta.
Suspiró y luego posó sus ojos en Doel, que estaba terminando otra sutura terriblemente mal realizada. Salió de la habitación arrastrando los pies y miró hacia el pasillo vacío a su izquierda. Tenía que terminar la ronda antes de las cinco de la mañana, o ese día no iba a dormir una puta mierda.

2

Meera abre la puerta de su apartamento con la mano derecha e ignora, por última vez, la corriente de dolor que le sube hasta la escápula. Traspasa el umbral y cierra a su espalda con una patada distraida; los pistones mal engrasados del tobillo metálico de su prótesis chirrían; Stephan le había dicho mil veces que tenía que llamar a un técnico y no hacer esos movimientos tan forzados. Se acerca arrastrando los pies hasta el sofá de cuero, soltando en el camino la bolsa que lleva colgada a la espalda. El ordenador integrado de la casa le da la bienvenida por medio de una transmisión aterciopelada directa a su oído, como el susurro de un amante: buenas noches, señorita Vanhaecke. Meera da un respingo y escupe: ¡joder! Siempre igual. - Se recuesta de nuevo en el sofá y se pregunta por qué encargó el aparato en un primero momento. Una vocecilla en su cabeza le responde, pero esta vez es un eco de sí misma, no un mensaje pregrabado de bienvenida: porque te limpia la casa, puta. Si no fuera por el aparato estarías nadando en mugre.

La muchacha abre los ojos, sobresaltada. Apenas queda ruido en la calle y la luz es mortecina. Se ha quedado dormida en el sofá. Encendió la pantalla de su E-life con un toque del dedo índice de la mano izquierda, y se quedó mirando aquel recuadro verde encastrado en su antebrazo. Las dos y cuarto de la madrugada, mierda. Mañana le va a doler la espalda. Se despega trabajosamente del sofá, con un nuevo y repetitivo chirrido de protesta del tobillo, y se dirige hacia la cama arrastrando los pies. El E-life vibra con timidez: tienes un mensaje.

-        ¿Pero qué cojones? – dice en voz alta mientras se sienta en la cama y se quita los zapatos con el pie contrario.
-        Meera Vanhaecke, tiene un mensaje de – aquí se produce un cambio de voz que a Meera siempre le resulta cómico – Stephan Daral.

Acto seguido aparece la cara de Stephan en su pantalla, formada por una matriz de líneas verdes y azules (a Stephan le había resultado divertidísimo configurarse a sí mismo con uno de esos temas prefabricados que se podían descargar de la E-tienda por el módico precio de 500 bitcoins, y aquel era el resultado), y suena su voz:

-        Meera, cariño, esta noche tampoco voy a poder ir a dormir a casa. Lo siento. Me han encargado un informe médico más largo que su puta madre y va a ser imposible terminarlo antes de la ronda nocturna. Intentaré llegar lo antes posible después del cambio de turno, ¿vale? Te quiero.


Un pitido, y luego silencio. Meera sacude la cabeza y siente formarse el ya familiar nudo en la base del cuello. Se pregunta si tendrá cáncer de tiroides, o será la jodida depresión. Se echa en la cama aún con la ropa del trabajo puesta, y se duerme casi al instante.