Por hablar.

sábado, 30 de abril de 2011

Y las cosas

Cuando mis períodos depresivos dejan de coincidir con mis ciclos hormonales, es que algo va mal, tremendamente mal.
Las dudas me asaltan, tengo miedo y me siento muy sola. No me da verguenza reconocerlo. Pero es cierto que algo va mal, muy mal.




Ha muerto Ernesto Sábato. Descansa, ya has llegado al final del túnel.

martes, 26 de abril de 2011

Arriba y abajo

Arriba y abajo, eso es la vida. Entre subidones de endorfinas y egoísmo, entre amar y odiar. En fin. Hoy el asunto va de música, todo del nuevo disco de Nach: +



En este mismo instante alguien se despierta en la ciudad y alguien cierra sus ojos para dormir o para soñar o simplemente para no ver su realidad. Alguien espera en una esquina, y alguien camina sin rumbo calle abajo. Una pareja discute y un ejecutivo corre hacia su puesto de trabajo. En este mismo instante alguien se besa bajo la tenue luz de una farola. Alguien mata y guarda su pistola. Una mujer enciende su gramola y aquella vieja canción no la hace sentir tan sola. Un anciano dice hola y un recién nacido dice adiós, o hasta nunca, o hasta siempre, mientras alguien de repente siente que una vida crece en su vientre. Una chica se despide de su novio en un andén mientras se sube en ese tren que acelera trepidante. Alguien distante, bucea en vasos de voka, uno tras otro y otro, y ya van doce. Una niña se mira en un espejo y apenas se reconoce. Un marido se corre en la boca de una mujer que no conoce. En este mismo instante un estudiante cierra un libro y sabe que lo aprendido le hace sentir más sabio y también más confundido. Una mirada se cruza entre dos desconocidos que si se hubieran conocido serían el uno para el otro. Alguien vende su cuerpo y alguien compra medicamentos para perder parte de él. En este mismo instante, un chico rico se mete un pico para sentirse a salvo y un chico pobre se mete en un equipo para ser como Cristiano Ronaldo. Alguien halla resguardo en el sueldo de un trabajo fijo, y alguien en un crucifijo y alguien en el cobijo de un cartón que sirve de escondrijo. En este mismo instante un hijo ejemplar es feliz comiendo regaliz y una madre que sabe que su amor no será barniz ante otra cicatriz de su hijo, problemático. En este mismo instante, alguien abre un regalo y alguien un bote de barbitúricos. Alguien abre su mente, y alguien sus piernas. Alguien dice, no me dejes nunca, y alguien dice, no quiero que vuelvas. En este mismo instante, alguien da un abrazo y alguien un puñetazo. Alguien está sintiendo los ojos del rechazo por ser demasiado oscuro, o inteligente o gordo o afeminado. Alguien anda abandonado con la mente perdida y alguien se siente perdidamente enamorado. En este mismo instante, un presidiario charla consigo mismo tan solitario. Una familia numerosa se sienta a cenar y lo único que se oye es el telediario. En este mismo instante, alguien está viviendo su más mágica experiencia y alguien sube a una ambulancia de camino a urgencias. Alguien está dando clases, alguien tumbos. Alguien está dando las gracias y alguien gritos de socorro. En este mismo instante, una pareja folla apasionadamente y un ejecutivo sale de su puesto de trabajo. Alguien sigue esperando en esa esquina y alguien camina sin rumbo calle arriba. En este mismo instante, alguien se despierta y alguien cierra sus ojos.



A mi primer amor lo conocí al nacer,
Luz era su nombre,
Su poder enorme siempre me hizo ver la vida,
Tan lúcida y tan bella, ella me enseño a crecer,
Jugando a contar estrellas cada anochecer,
Creí enmudecer cuando Ilusión toco mi corazón de adolescente,
Me enamore perdidamente, era tan bonita, mi flor favorita, mi otra mitad,
Me dijo que los sueños también se hacen realidad,
Perdida en la ciudad vi a Indiferencia andando distraída, cada día,
Sin saber que yo existía, Su mirada ausente entre la gente no me seducía,
Demasiado fría, algo me decía "desconfía",
Mientras Melancolía me quería con locura,
Cada noche aparecía en mi cama medio desnuda,
Y me abrazaba, hurgaba entre mis cicatrices,
Yo sollozaba, su piel no me otorgaba días felices y la abandone,
Olvide su hechizo y su regazo porque pronto conocí a Pasión, fue como un flechazo,
Unidos cada madrugada, mi amada,
Siempre haciéndome el amor en hojas de papel mojadas

Ellas, bálsamo para tu herida, la vida tiritando en una estrella,
Luciérnagas que tiemblan en tu pecho,
Los restos de un naufragio, Andamio que restaura los recuerdos,
El cielo en que sueñan los cautivos...

Conocí a Constancia en poco tiempo,
Me atrajo su fragancia y desde aquel momento la fui conociendo,
Su autoestima y disciplina me dijeron no abandones,
Tendrás un sitio en la cima con los mejores,
Pero sufrí mal de amores cuando Envidia me miro al pasar,
Otra vampiresa que besa y que te hace sangrar,
Al hablar mentía, quería matar mi Fe,
Puso veneno en la lengua de aquellos que me cruce,
Fue por eso que llore junto a Nostalgia cada tarde,
Sintiéndome un cobarde si venía a acariciarme,
Hasta que un día Soledad llamo a mi puerta y me paralizo,
Me abrazo, rompiendo mi armazón, y Yo,
Vi pasar los meses, no quería ver a nadie,
Hasta que encontré a Esperanza esperándome en la calle,
Ella me hablo de un futuro y de luchar por él,
Me dijo Libertad te espera, ella siempre te será fiel.

Ellas, bálsamo para tu herida, la vida tiritando en una estrella,
Luciérnagas que tiemblan en tu pecho,
Los restos de un naufragio, Andamio que restaura los recuerdos,
El cielo en que sueñan los cautivos...

Como viejas amantes, regresan al olvido,
Haz dormido ya en sus brazos, pero todo es nuevo,
El hecho de vivir deja secuelas, Ellas...

Y como un licor suave... te envuelven,
Siempre es tarde cuando ya se han ido,
Vencido y renacido en desastre,
Buscaste su luz entre el escombro,
Todo irá bien y aunque duela, toma su mano y vuela con Ellas

Ellas, dejaron su huella en mí, el amor y el abandono,
Sensaciones que viví,
Despertando así en cantos, abriendo pasiones y heridas,
Ellas, amantes de un instante o de una vida,
Ellas, estrellas y espinas, bellas damas que te aman o te asesinan,
Las encontré, entre las esquinas, brillaban como diamantes,
Ellas, amantes de una vida o de un instante.

Ellas, dejaron su huella en mí, el amor y el abandono,
Sensaciones que viví,
Despertando así en cantos, abriendo pasiones y heridas,
Ellas, amantes de un instante o de una vida,
Ellas, estrellas y espinas, bellas damas que te aman o te asesinan,
Las encontré, entre las esquinas, brillaban como diamantes,
Ellas, amantes de una vida o de un instante.

Como viejas amantes, regresan al olvido,
Haz dormido ya en sus brazos, pero todo es nuevo,
El hecho de vivir deja secuelas, Ellas...

jueves, 21 de abril de 2011

Peligro

- Una mujer con el corazón roto es peligrosa como una pantera hambrienta... - susurró ella despacio, escupiéndole cada palabra con desprecio - así que más te vale andarte con cuidado -

Rozó su mejilla con sus labios, carnosos y pintados de carmín, y dejó un rastro pequeño que él luego vería. Le atravesó con la mirada, con esos ojos grises como el acero, vastos y vacíos, que nunca conseguía entender. La mirada que le lanzó le hizo estremecerse; mitad odio, mitad calor, no sabía si besarla o huir en respuesta.

Pero ella fue más rápida.

Se levantó de la cama en la que estaban acurrucados y le obsequió con una visión de su espalda desnuda, pálida y perfecta. Anduvo despacio hasta el otro extremo de la habitación y se subió en unos tacones negros de charol, unos zapatos imposibles y vertiginosos. Diez centímetros más alta, volvió a la cama y se enfundó el vestido rojo, ajustado a su cuerpo torneado. Ya vestida, se sentó a horcajadas sobre él y le sonrió de nuevo con aquella mirada mitad odio, mitad pasión. Le besó con saña, le metió la lengua hasta la campanilla y le mordió el labio inferior con dureza hasta abrirle una brecha que no se borraría en mucho tiempo. Cuando separaron sus labios, él tenía los ojos inundados en lágrimas de dolor. Ella soltó una carcajada y le besó en la mejilla, como pidiéndole perdón. Después empezó a juntar sus rodillas, apretando con todas sus fuerzas los costados de él. Se movió encima suyo con sensualidad mientras le besaba el cuello, y cuando notó que se relajaba, le clavó el tacón en la entrepierna con un leve movimiento de tobillo. No le hizo demasiado daño, pero sí el suficiente. Le mantuvo prisionero en aquel abrazo bizarro, volvió a posar sus labios carnosos y febriles sobre los de él y le dedicó una última sonrisa.

- Una mujer con el corazón roto es peligrosa como una pantera hambrienta. No lo olvides - mientras decía esto, acarició su mejilla y le abrió un corte largo y fino con la uña del dedo índice. Salió de la cama y se marchó, oscilante, pausada, pálida y fría, como una pantera que acabase de destripar a su presa, sin mirar atrás.

miércoles, 20 de abril de 2011

Rigor mortis

Ella siempre había sido una persona (eso estaba claro) que soñaba. Soñaba, y mucho. A veces se planteaba si era patológica, su forma de soñar. Demasiado, demasiadas veces al día, tanto dormida como despierta, soñaba cuando tendría que estar haciendo otras cosas y cuando tenía que estar soñando.

Soñaba con volar. Ella era un ángel de piel nívea, con unas alas blancas y azules que eclipsaban el sol, y las abría, y volaba, planeaba despacio desde su trono en la cumbre hasta una cama redonda y blanca en la que un ángel la esperaba semidesnudo, o desnuda.

Soñaba con ser una cantante de rock, bohemia y deprimida, alcoholizada y puesta de drogas, joven aunque hastiada de vivir, cansada, sólo capaz de reír y ser el alma de las fiestas con anfetas corriendo por sus venas. Soñaba con follar con dos de cada tres fans que se lo pidieran, pero sin amor. Soñaba que follaba en silencio, sin moverse, sin gemir.

Soñaba con él. Mucho, quizás demasiado. Soñaba que llamaba a su puerta, despacio. Se veía a sí misma hermosa, nerviosa e inocente, se inspiraba a sí misma sentimientos de protección. Se veía, entonces, llamando a su puerta. Soñaba que él le abría sin camiseta, sonriente y cálido. Soñaba que le echaba huevos y se declaraba, que él sonreía y bajaba los ojos, y tras eso iba hacia ella y la besaba, agarrándole la barbilla y acariciándole el culo (milagrosamente respingón y perfecto), y le decía que él también la amaba, que era perfecta y que la haría su princesa. Y luego follaban, pero ella esta vez sí que gemía y sonreía, y arañaba la espalda torneada y perfecta de él, y le susurraba guarradas al oído, y gemía. Gemía.

Soñaba con ser una médico de prestigio, o sin prestigio, pero una médico útil. Soñaba que descubría la vacuna contra el sida, y la cura contra el cáncer, y contra el Párkinson, y contra el Alzheimer, y contra la ELA, y contra todo. Y ayudaba a personas, gente que nunca sabría su nombre (igual que ella no sabía el nombre del que descubrió el Ibuprofeno), pero que se sentirían mejor gracias a ella. También soñaba con trabajar en África, la India o Haití, o el Bronx, echando una mano callosa a niños rodeados de moscas con el vientre hinchado, llevándose como todo pago la sonrisa temblorosa e imperecedera de agradecimiento de una madre adolescente apaleada por el hijo de puta de Dios.

Soñaba que vivía en París, llevaba una boina roja y una gabardina negra, y paseaba por las calles del Quartier Latin con su guitarra a la espalda y su cuaderno en el bolso, comiéndose un puñado de frambuesas y sonriendo. Soñaba que un francés alto y rubio, de ojos grises y mirada tímida, se cruzaba con ella y le sonreía. Volvían a encontrarse en el metro, y se lanzaban una mirada que decía muchas cosas. Ella comía frambuesas, siempre, o moras. A veces comía fresas, pero eran las menos. Se sentaba en las escaleras de Nôtre Dame y escribía poemas neblinosos. A veces dibujaba, y siempre se cruzaba con el chico alto de mirada tímida.

Soñaba que estaba enferma, pálida, que no comía porque sentía asco de su cuerpo. Se miraba en el espejo y se contaba las costillas, primero de arriba a abajo y luego de abajo a arriba, luego se marcaba el contorno de las cadenas con rotulador y lloraba. Se hacía cortes en el abdomen y en los muslos, con una de esas cuchillas que se usan para raspar las gotas de pintura del suelo. Soñaba que ayunaba durante días, que pesaba veinte kilos y que era ligera como una pluma. Este sueño le daba miedo especialmente, porque a veces se encontraba a sí misma mirándose en el espejo con ganas de gritar, muchas ganas de gritar.



Soñaba que se moría. Soñaba que iba andando por la calle, distraída, y un autobús urbano la atropellaba. Veía aplastarse su cabeza contra el asfalto, romperse sus huesos craneales y hundirse atravesando su corteza cerebral hasta los ganglios basales. Veía, a través de su abdomen, cómo su bazo reventaba por el golpe y llenaba su cavidad peritoneal de sangre oscura. Veía como el hígado quedaba desgarrado, y cómo una costilla rota pinchaba su estómago como si de un globo se tratase. Luego había un vacío, un enfermero que negaba con la cabeza mientras apoyaba los dedos índice y corazón en su cuello, un agujero negro en el tiempo y después todo el mundo lloraba su muerte. Su madre, sentada junto al ataúd, miraba al infinito con expresión ausente y unas bolsas en los ojos que daban miedo. Sólo estaba ella. Al fondo, sus amigos estaban haciendo una piña y se miraban con gravedad. Ninguno lloraba, sólo se rompían por dentro. El rigor mortis se extendía, y le resultaba placentero, como el entumecimiento matutino que sentía en las piernas después de ocho o nueve horas de sueño reparador.

Rigor mortis, ésa era la expresión. ¿O era facies hipocrática?. Ni hablar, rigor mortis.

Soñaba muchas cosas, y quería muchas cosas, pero no siempre obtenía lo que quería.

domingo, 3 de abril de 2011

Entrada número 80

Estoy aprendiendo mucho de todo esto, o al menos eso creo.

[Una de las cosas más importantes que hay que hacer en la vida, es aprender a discernir por qué cosas hay que dar el alma y por cuáles no merece la pena]




Dos libros recomendables: Las chicas de alambre, de Jordi Sierra i Fabra, y Pregúntale a Alicia, Anónimo.


Os pido disculpas por mi ausencia, pero la neuroanatomía me absorbe profundamente... volveré, pronto. Os quiero.