Por hablar.

domingo, 24 de octubre de 2010

Besos, besos de esos...

No sé de dónde viene la sagre que encontré en mis labios anoche. Quizás me la pasaste tú cuando nos besamos.

¿Tienes alguna enfermedad infectocontagiosa? Porque si es así, yo también quiero tenerla.

sábado, 23 de octubre de 2010

Tú.

Escribiremos una historia, un cuento para niños que tratará de una habitación de hotel en la que la realidad no exista. Hablaremos de gente que no existe, pintaremos hologramas. En la historia habrá libros, muchos libros para mí y pintura de colores para ti. Y para los dos habrá música. Y construiremos un palacio, y en él guardaremos los tótems de nuestros sueños, esos a los que nos agarraremos cuando veamos nuestros pies despegar del suelo. En el palacio estará mi tótem, un cascabel, y el tuyo, otro cascabel.
Escribiremos una historia, un cuento para niños lleno de faltas de ortografía y de pequeños dibujos. Quiero pedirte que vengas a mi lado y lo escribamos juntos en mi fea y oxidada máquina de escribir. Quiero pedirte tantas cosas…

domingo, 17 de octubre de 2010

Las modas de los que no seguimos la moda

Vivir con arreglo a un puñado de ideas o principios es útil, desde luego. Si eres un ser cuadriculado y fácilmente confundible como yo, suele ayudar a no perder la cabeza. Pero el problema viene en cuáles son esos principios.

Aunque no lo creas, existen modas dentro de la periferia del sistema.
Vive cada día como si fuera el último.
Disfruta del ahora, el futuro es demasiado incierto.
No hagas planes.
No sigas las normas (¿qué normas? No me engañes dándome una norma que me dice que no siga las normas).
Sé distinto (¿distinto a quién?)
Acuéstate cada noche sin haberte dejado nada en el tintero.
La época de universitario es la mejor; no estudies, fuma porros en clase y falta siempre los viernes.

Y así podríamos seguir con un largo etcétera, elaborando algo que podríamos llamar "La Biblia de los Ateos". Lo siento, pero no estoy de acuerdo con casi nada. ¿Porqué luchamos contra los cánones y dejamos que nos invadan por la puerta de atrás? No hablo ya de la ropa; uno puede llevar un palestino porque le abrigue o porque lo lleven todos los demás. Hablo de la vida en general, del día a día. De decidir.


Lo siento, pero no me dejaré llevar por estas cosas. En ninguna ley está escrito que haya que salir todos los jueves y ponerse hasta el culo, potarlo todo y hale, qué buenos somos. Cuando voy por el tuenti y veo a esos supuestos "alternativos", "diferentes", en fotos haciendo botellón (eso sí, con chapitas en los vaqueros), pienso ¿no sois iguales que la masa?. Me diréis: esos no son alternativos, son flipados. El problema es que no es así, son gente buena que escribe bien y tiene una opinión formada sobre el mundo. ¿Porqué joderlo todo, entonces, siendo como los canis a los que tanto criticamos?


Yo sólo digo que poca gente podrá experimentar el placer que siento yo una noche cualquiera en el colegio mayor, los pasillos en silencio porque todo el mundo está de fiesta, y yo me dedico a jugar al ordenador en la cama de alguna gemela. O intentando poner una peli en la tele del Anzur. O desayunando con los ojos pegados cinco minutos antes de que cierren. Y, el placer más absoluto, lo siento por los que se rían de esta frase, en clase. Aprendiendo. Formándome, para ser un médico de provecho en un futuro, para poder ir a África y curar a unas pocas decenas de niños. Lo siento, pero yo sí que me preocupo de mi futuro. No consiento que me metan en la generación NI-NI , porque no lo soy. Si a alguien le parece que esto es una pijada, que estoy desperdiciando mis años de estudiante, que le follen. La felicidad es hacer lo que te guste y hacerlo porque te gusta.


Estoy harta de clichés.

domingo, 3 de octubre de 2010

Charlas IIX

Una nueva conversación, esta vez va coja. A ver qué os parece. Esta vez con música y todo, hoygan!





- ¡Ya estoy en casa! – dijo ella alegremente mientras atravesaba el umbral de la puerta del piso. Se quedó de pie, esperando una respuesta, y dejó caer la mochila a su lado. Él asomó la cabeza por un lado y sonrió:
- ¿qué tal el viaje? – preguntó mientras se levantaba, dejando a un señor trajeado que aparecía en la televisión diciendo: “esto va a ser legendario”.
- Demasiado largo, desde luego. – dijo ella mientras se quitaba la boina y la colgaba del perchero - ¿sabes qué? Creo que era yo la única española del autobús. Me ha encantado, porque detrás de mí había cinco o seis negros hablando en un francés graciosísimo, y a mi lado había por lo menos quince ingleses.
- Qué mona – dijo él plácidamente. Ella fue hacia el sofá y se sentó en un gran cojín redondo que había en el suelo junto a él. Se inclinó hacia atrás y suspiró, cansada del viaje.
- ¿Quieres algo de beber? – preguntó él, solícito. Ella le sonrió: lo de siempre. – él, devolviéndole una fugaz sonrisa, se levantó y fue hacia la cocina.
Mientras le observaba andar, ella se acordó de algo y corrió hacia la entrada para sacar su pequeño mp3 de la mochila. Volvió al cojín y comenzó a buscar una canción. Entretanto, él volvió de la cocina con un vaso ancho en la mano y se lo tendió:
- ¿medio vaso de zumo de naranja, dos dedos de zumo de lima y dos dedos de vodka? – preguntó ella mientras olía el vaso sin levantar los ojos del mp3.
- Justo - contestó él, y volvió a dejarse caer en el mullido sofá - ¿qué buscas?
- Quiero que escuches algo – dijo ella - ¡Aquí está! – exclamó para sí, y luego levantó los ojos hacia él – no sabes lo que me ha pasado en el autobús.
- Sorpréndeme.
- Iba pensando … - dudó un momento – ya sabes, dándole vueltas a la cabeza y bastante turbada. – él asintió, mostrando que sabía a lo que ella se estaba refiriendo - la verdad es que tenía muchísimas ganas de llorar, me sentía bastante mal – él suspiró, pero ella interrumpió el suspiro, entusiasmada: no te compadezcas, porque en ese momento ha sonado esto en el mp3; ya sabes que yo siempre lo llevo configurado para que se reproduzcan las canciones en orden aleatorio – él asintió y se puso el auricular que ella le tendía.




La canción comenzaba con unos golpes de violín, muy rítmicos, y el fondo siempre marcado por una magistral batería. Enseguida, un magistral Johnny Burnette empezaba a cantar a una chica de dieciséis años que era bonita y además era suya. Él sonrió mientras sonaba la canción y tarareó el estribillo :
- You’re sixteen, you’re beautiful and you’re mine… - ella sonrió y continuó:
- Esa canción, aunque te parezca una estupidez, me ha sacado una sonrisa enorme en cuanto ha sonado, y me he pasado toda la canción con la sonrisa de oreja a oreja.
- Es la magia de la música – dijo él con una sonrisa complacida. – me alegro de que haya sonado esto y no… no sé, lonely day de SOAD – soltó una risita.
- Y tanto – dijo ella – pero espera, que eso no es todo. Mira cuál es la siguiente canción.


Él miró el mp3 y pasó de canción, y al momento se le dibujó una sonrisa en la cara de nuevo. Sonaba una alegre canción con aires mediterráneos, como de fiesta gitana o árabe, que contaba una historia mucho más hermosa que el nombre de la propia canción.





- Ésta es… ¿cómo se llamaba? – dijo él, y miró al techo - ¿Dame un cigarrito, o algo por el estilo?
- Justo – contestó ella – Dame un cigarrito a ver qué tal. - Él soltó una risita.
- Me encanta ese nombre, es… atípico – ella asintió.
- El caso es que me ha alegrado el viaje, aunque parezca una estupidez. – reflexionó ella.
- No es ninguna estupidez, ¿sabes? La música amansa a las fieras, y hace llorar a las estatuas. La música es el mejor calmante natural.
- Yo lo he comprobado hoy, sin duda – dijo ella sonriendo, y dio un largo trago al vaso. Tras esto, se levantó y bostezó sonoramente mientras se estiraba. – voy a darme una ducha, ¿sí? Tardo un minuto.
Él la miró de reojo mientras se alejaba por el pasillo, y en cuanto oyó cerrarse la puerta del baño, corrió a la cocina. Allí, en una mesita baja, estaba el equipo de música. Habían instalado un altavoz en todas las estancias, con lo que en cualquier parte de la casa podía estar escuchándose música. Se puso en cuclillas delante del equipo y conectó el mp3 de ella. Subió el volumen y esbozó una sonrisa.
Ella se miró al espejo un momento, se lavó los dientes y se quitó el vestido por los pies. Ya totalmente desnuda, entró en la ducha y abrió el agua caliente. Justo cuando el último centímetro cuadrado de su piel estuvo mojado y el cabello se le pegó a las mejillas, cálido, una voz inundó la ducha. Los primeros acordes de “Your’e sixteen, you’re beautiful and you’re mine” le hicieron esbozar de nuevo una gran sonrisa.