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sábado, 21 de agosto de 2010

Cabaret VI

comenzamos con el capítulo 2, a ver qué tal. Quiero críticas, coñe >.<






Capítulo 2: Arranque

VI

Alex y Jan estaban sentados uno al lado del otro en el enorme auditorio del Hospital Santa Rosa, que se alzaba contra el cielo estival justo frente a la facultad. El auditorio tenía capacidad para trescientas personas, apretujadas en los cómodos sillones color vino.
Un hombre no demasiado alto aunque bien formado, enfundado en un traje color azul marino, apareció en la tarima del auditorio desde una puerta lateral oculta en el revestimiento de madera. Se atusó la corbata, tragó saliva, tembló ligeramente y se acercó al estrado. Se aclaró la garganta y comenzó:
- Bienvenidos, señores y señoritas, al primer día del resto de sus vidas. A partir de este momento son ustedes médicos. - Alex y Jan se miraron emocionados. Unas filas más adelante, una conocida melena oscura osciló y su dueña se volvió para buscar a Jan con los ojos; desistió tras unos segundos en los que Jan pudo mirarla sin miedo. – Para ustedes, la carrera de medicina no será sólo una montaña de créditos que conseguir ni algo con lo que llenar el tiempo. La medicina es una forma de vida, una vocación que les absorberá. Habrá días en los que querrán abandonarla, en los que se arrepentirán de haberla escogido, en los que desearán tener al menos cinco minutos libres. Pero siempre volverán; esta carrera les reportará enormes satisfacciones y una felicidad que les costará identificar, pero a la que se volverán adictos.
El Vicedecano de Relaciones Internacionales continuó su charla de presentación hablando sobre las estadísticas, bastante impresionantes, del Hospital Santa Rosa. Jan dejó de escuchar, ya que las palabras con las que había empezado el vicedecano su conferencia flotaban en su cabeza y le hacían estremecerse. La conferencia terminó, y los centenares de alumnos emocionados e impresionados se precipitaron hacia la salida.
Alex y Jan siguieron a la masa, que cruzó la calle desde el Hospital hasta el recinto del Campus Universitario, anexo a la Facultad de Medicina. El resto de Facultades estaban repartidas por toda la ciudad, con lo que en el Campus había alumnos de todas las carreras.
Jan vio a Anne un poco más adelante, rodeada de su grupo de amigas. Guiñó un ojo a Alex y se adelantó. Posó su mano suavemente sobre el hombro de Anne, que se volvió despacio, y enarboló su mejor sonrisa.
- Ah… eres tú – ella tragó saliva - ¡Hola!
- ¿Qué te ha parecido la charla, Anne? – replicó Jan.
- Pues… muy inspiradora, desde luego. Aunque no creo que ninguno de los energúmenos que estamos aquí seamos doctores ya, ni mucho menos.
- Yo tampoco lo creo; somos como un público estúpido en un show estúpido. La tarea del Vicedecano hoy era animarnos y hacernos sentir importantes. – Anne le dedicó una sonrisa cálida.
- Eh, voy a presentarte a unas amigas – dijo ella. – ¡Te encantarán!

Anne se separó un poco del grupo y se perdió entre la gente. En ese momento, Alex se acercó a Jan por detrás y se puso a su lado con una sonrisa pícara. Hubo unos instantes de silencio, con las amigas de Anne escudriñando a los dos chicos, hasta que ésta volvió.
- Éstas son las gemelas, Jan. Chicas, éstos son Jan y Alex.

Las mencionadas eran dos chicas bajitas y delgadas, sobrecogedoramente iguales entre sí. Ambas vestían de negro y llevaban mochilas cuajadas de chapas. La única diferencia visible que Jan pudo descubrir era el color de su pelo; Una de ellas lo llevaba tintado de color azul eléctrico, algo deslucido, mientras que la otra lo llevaba de color rojo.
- Ella es Lara – dijo la del pelo rojo.
- Y ella, María – dijo la del pelo azul.
Jan tuvo que hacer un esfuerzo consciente y físico para reprimir una carcajada; las dos chicas le recordaban a los gemelos de Alicia en el País de las Maravillas. Les estrechó la mano y ellas le devolvieron el gesto. En ese momento, ya cerca de la verja del Campus, otra chica apareció de entre la marabunta de estudiantes, buscando a alguien con los ojos. Cuando encontró a las gemelas, suspiró aliviada:
- ¡Eh! Os estaba buscando, ¿dónde os habíais metido? – dijo
- Anne nos estaba presentando a unos amigos suyos, Lucy. El rarito es Jan, y el pecoso es Alex. – dijo Lara.
Jan le dedicó una mirada fulminante con una media sonrisa en los labios, y observó a la recién llegada, que había palidecido. Era una chica más alta y más morena, con una melena negra leonina. Llevaba varios piercings en la cara y las orejas, los ojos levemente sombreados de negro y también vestía de negro. Llevaba una mochila pequeña de rayas rojas y negras, en la cual se marcaba el contorno de un cuaderno pequeño. Miraba a Jan casi con pánico. Le estrechó la mano con firmeza, de arriba abajo.
- Estrechas la mano con seguridad – le dijo Jan, sonriendo, y recordando que su madre le había enseñado que toda mujer que estrechara la mano de arriba abajo era peligrosamente fuerte – eso denota fuerza.
- Gracias, chico. – contestó Lucy. Tenía un voz extraña, profunda y a la vez aguda.
Anne carraspeó; Jan miró en derredor y reparó en que la masa de estudiantes había entrado en el Campus, y que ellos estaban parados en medio del jardín frontal. Alex soltó una risita y echó a andar hacia la puerta, seguido de cerca por María. Lara y Lucy se quedaron algo retrasadas, hablando, y Jan y Anne flanqueaban a Alex y María.
Los seis entraron juntos en el Campus, y el fresco de su espaciosa entrada les hizo estremecerse. Se miraron, dudosos, hasta que Lara dijo:
- Vosotros, el trío, estáis en la 1325, ¿no?
- Exacto – aseveró Anne – vosotras en la 1100, creo. – María asintió.
- La mía es la 1267 – dijo Lucy.
- Pues iremos a por vosotros a la 1325 a la hora de cenar. Más os vale estar presentables – dijo María con aire sombrío. – Vamos, morena – instó a Lucy, y las tres se alejaron hacia la escalera lateral.
Anne, Jan y Alex se miraron y echaron a andar hacia su habitación. A medio camino, Alex volvió la cabeza y dijo:
- Esa rubia de ahí… - sonrió de oreja a oreja – creo que es amiga de un amigo del ex novio de una prima de mi hermana… - vaciló – o algo por el estilo. Soltó una risita y se alejó de Anne y Jan.
Éstos se miraron, divertidos, y siguieron andando en silencio. La gente iba y venía por los pasillos del edificio; había un gran barullo aquella mañana, gente que subía y bajaba escaleras con prisa.
Finalmente, llegaron a la habitación. Jan observó la placa durante unos segundos; aquel trozo de bronce ejercía una extraña atracción sobre él. Anne lo miraba divertido. Jan sacudió la cabeza y sonrió a la chica con las mejillas enrojecidas, sacó su tarjeta magnética y la introdujo en la ranura de la cerradura. Con un movimiento cortés del brazo, sentenció:
- Las señoritas, primero.

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