Por hablar.

martes, 19 de abril de 2016

El Jardín de las Delicias [Quinta parte: tabla derecha]






Tabla derecha: el infierno musical 

En la última tabla del tríptico nos encontramos en un mundo de pesadilla, una realidad violenta, con una cualidad onírica y oscura que contrasta con los paisajes anteriores. Ahora sí, la humanidad sufre un sinnúmero de horrores y torturas, como castigo a los pecados cometidos: hombres que son devorados por animales enormes, son enredados y empalados en instrumentos musicales, se ahogan... Se conoce como el infierno musical, debido precisamente a la gran cantidad de instrumentos musicales que aparecen representados. La música es una referencia sutil pero repetida en toda la composición, que posiblemente alude al pecado de la lujuria: sería una crítica a los músicos ambulantes que frecuentemente visitaban las tabernas y animaban al libertinaje con sus canciones obscenas, a la "música de la carne" (expresión que quería decir hacer el amor), etc.

En el tercio superior, enormes construcciones y edificios arden y hasta explotan. Se trata de una atmósfera enteramente demoníaca y opresiva. Posiblemente se trate de una referencia a un episodio que el pintor presenció siendo niño, cuando su pueblo fue pasto de las llamas, ya que estas escenas de ciudades que arden aparecen en otras obras del pintor.

En el tercio medio de la composición se sitúa el punto focal de la misma, análogo a la fuente de la vida en la tabla central: es la misteriosa figura con cabeza humana y patas de árbol; conocido en general como el hombre - árbol. Se trata de una gran cabeza humana que mira apaciblemente al espectador; sobre su cabeza hay un disco sobre el que bailan algunos seres fantásticos y una enorme gaita. Su cuerpo parece un gran huevo roto lleno de más figuras, y sus patas son gruesos troncos de árboles que descansan sobre barcas que, a su vez, navegan sobre un lago.


El Bosco diseñó a su vez un dibujo accesorio de este hombre (que ahora se encuentra en la galería Albertina de Viena).


El significado de esta figura está aún por descubrir enteramente. Algunos interpretan que se trataría del propio pintor, volviendo la cara a contemplar con tristeza la disolución de su propio cuerpo, o quizás a cruzar una mirada con el espectador. En una de sus patas vemos una venda atada: podría pretender tapar una llaga provocada por la sífilis. A pesar de que aún esté envuelto en misterio, es claramente el momento figurativo cumbre de la composición, y nunca el Bosco había elaborado una figura tan intensa que reflejara de tal modo la cualidad irreal y metamorfoseada de un sueño. Según Tolnay, el infierno que vemos sería producto de una pesadilla de un pequeño personaje apoyado en el borde del cuerpo del hombre - árbol, quizás el propio pintor:



La gaita que descansa sobre el disco en la cabeza del hombre - árbol parece ser, según los estudiosos, una referencia a la sexualidad femenina (Dirk Bax). Asimismo, las dos orejas y el cuchillo que aparecen a la izquierda podrían ser una referencia a los genitales masculinos. Tolnay en cambio considera que las orejas atravesadas por la flecha son el emblema de la infelicidad, o bien de la sordera frente a la palabra evangélica.

Si miramos con atención, en los dos enormes cuchillos aparece grabada una letra "M". Tolnay interpretó esta letra como inicial de "Mundus", signo de universalidad puesto al emblema masculino... aunque otros autores han arrojado interpretaciones mucho más mundanas: la firma de Jan Mandyn o de Jan Mostaert o de un cuchillero de Hertogenbosch.

Bajo las patas del hombre - árbol vemos un lago helado por el que intentan transitar unos hombres; uno de ellos resbala, montado sobre un enorme patín, hacia un hueco enorme en el cual otro hombre ya lucha por no ahogarse. Esta escena refleja una antigua expresión holandesa, de significado similar a "caminar sobre hielo quebradizo": encontrarse en una situación precaria y peligrosa.

En el tercio inferior (y salpicando zonas del tercio medio) vemos la mayor concentración de figuras. Aquí el tema es evidente: los hombres son castigados por sus pecados siguiendo la ley de las correspondencias (son castigados de una forma acorde al pecado que han cometido).

Nos llaman la atención dos elementos de gran tamaño. Uno de ellos es el gran pájaro azul, sentado sobre un trono, que devora personas y luego las defeca en un pozo ya poblado por otras personas. En este pozo, un hombre inclinado vomita y otro expele monedas por el trasero. Literalmente.


Este monstruo sería, muy probablemente, Satanás devorando a los condenados.

El otro elemento que llama la atención son los enormes instrumentos musicales en torno a los cuales los hombres son torturados y martirizados. Las dimensiones enormes de estos objetos cotidianos, equivalentes a los grandes pájaros de la tabla central, no hacen sino acentuar el dramatismo de la escena.

El resto de la escena está plagado, como ya hemos dicho, de pecadores siendo castigados según la ley de las correspondencias (a cada cual un castigo acorde a su pecado). Curiosamente, podemos encontrar (aplicando para ello más o menos imaginación) referencias a casi todos los pecados:

Avaricia

Gula

Envidia


Soberbia

Pereza

Ira

Lujuria

La lujuria, de nuevo merece especial mención. El detalle mostrado arriba no es más que uno de los múltiples ejemplos de este pecado que aparecen en la tabla. De hecho en el medievo se entendía la lujuria como la madre de todos los pecados, es por ello por lo que parece que todo gira alrededor de ella en la composición. En el detalle que hemos mostrado, una marrana amorosa trata de persuadir al hombre de firmar el documento legal que hay sobre su regazo. Él podría ser un monje, ya que la marrana lleva sobre la cabeza un tocado de beata, y a la izquierda de ambos espera un monstruo con casco de armadura de cuyo pico cuelga un tintero. Para algunos autores, estaríamos ante una escena de lascivia. Otros ven una crítica mordaz a la avaricia del clero.  Combe, sin embargo, ve en esta escena un pacto con el diablo: un hombre es obligado a firmar el pacto por un brujo con cabeza de cerdo y toca de monja y por un sapo armado.

Además, no deja de resultar curiosa la representación del suplicio del iracundo. El hombre, clavado en una tabla y atravesado por puñales, está siendo castigado tras una pelea entre jugadores (vemos múltiples referencias al juego y a las tabernas: cartas, dados, etc.) A la espalda del monstruo que martiriza al iracundo, en medio de un escudo azul, vemos la mano que bendice atravesada por un puñal; se trataría, según Combe, de la caridad de cristo aniquilada por los pecadores.

Otra escena interesante, la última en la que me detendré, es la protagonizada por una especie de monje y un hombre de espaldas en cuyas nalgas se está escribiendo una partitura musical.


El ser vestido con túnica rosada que está "transcribiendo" la partitura en las nalgas del pobre pecador infeliz es un monje (se distingue por sus atributos). De nuevo vemos una curiosa fusión entre la música, la lujuria y el castigo al pecado. Esta partitura ha sido transcrita a notación moderna (suponiendo que estuviera en tono de Do, que era lo habitual en los cantos de esta época) e interpretada en piano.

Hasta aquí llega mi análisis de la pintura, no por haberla desgranado ya en su totalidad sino por no tener yo más conocimiento. Invito a seguir observando el cuadro con detenimiento, y a terminar esta lectura con la inquietante música de las nalgas del pecador:


Y la versión coral: 






Nada más por mi parte. Por supuesto bienvenidas las correcciones, puntualizaciones y sugerencias. ¡Gracias por leerme!

FUENTES


Walter Bosing - El Bosco: obra completa

Wilhelm Fraenger - Hyeronymus Bosch. Das Tausendjährige Reich. Grundzüge einer Auslegung (1947)

https://es.wikipedia.org/wiki/El_jard%C3%ADn_de_las_delicias

https://es.wikipedia.org/wiki/Hieronymus_Bosch




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