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miércoles, 18 de abril de 2012

Los 5 arrepentimientos de los moribundos

Este es un artículo escrito por la australiana Bronnie Ware que quería compartir con vosotros.
"Durante muchos años trabajé en los cuidados paliativos. Mis pacientes eran los que habían ido a casa a morir.
Algunos momentos increíblemente especiales fueron compartidos. Yo estaba con ellos las últimas tres o doce semanas de sus vidas.
La gente crece mucho cuando se enfrentan a su propia mortalidad, y he aprendido a no subestimar la capacidad de alguien para crecer.
Algunos cambios fueron fenomenales. Con cada experiencia, una variedad de emociones esperadas, como la negación, el miedo, la ira, el remordimiento, más negación y con el tiempo, la aceptación.
Pero cada paciente encontró su paz antes de partir, cada uno de ellos.
Cuando les preguntaba acerca de cualquier arrepentimiento que tenían o cualquier cosa que hubieran querido hacer diferente, surgieron unos temas comunes una y otra vez. Estos son los cinco más comunes:
1. Hubiese deseado haber tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, y no la vida que otros esperaban para mí.
Este era el lamento más común de todos. Cuando la gente piensa que su vida está a punto de terminar y miran hacia atrás con claridad, es fácil ver cómo muchos sueños se han ido sin ser cumplidos. Muchas personas no habían cumplido ni la mitad de sus sueños y tenía que morir sabiendo que era debido a las elecciones que habían hecho, o las que no habían hecho.
Es muy importante tratar de cumplir al menos algunos de tus sueños a lo largo del camino. Desde el momento en que pierdes tu salud, es muy tarde. La salud da una libertad que muy pocos reconocen, hasta que ya no la tienen.
2. Desearía no haber trabajado tan duro.
Esto vino de cada paciente de sexo masculino que cuidé. Ellos se perdieron la niñez de sus hijos y la compañía de sus parejas. Las mujeres también hablaron de este arrepentimiento. Pero la mayoría fueron de una generación anterior, muchos de los pacientes de sexo femenino no habían sido el sostén de la familia. Todos los hombres a los que cuidé lamentaron profundamente haber pasado gran parte de sus vidas en el trabajo.
Simplificando tu estilo de vida y tomando decisiones más conscientes a lo largo del camino, es posible que no necesites los ingresos que crees que necesitas. Y al crear más espacio en tu vida, serás más feliz y más abierto a nuevas oportunidades, unas que se adaptarán mejor a tu nuevo estilo de vida.
3. Desearía haber tenido el coraje de expresar mis sentimientos.
Muchas personas suprimieron sus sentimientos con el fin de mantener la paz con los demás. Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a convertirse en lo que realmente eran capaces de ser. Muchas enfermedades se desarrollan como resultado de la amargura y el resentimiento que llevan dentro.
No podemos controlar las reacciones de los demás. Sin embargo, aunque las personas puedan inicialmente reaccionar cuando cambias y hablas con sinceridad, al final la relación llegará a un nuevo y más saludable nivel. Eso o te ayudará a reconocer una relación enfermiza en tu vida. De cualquier manera, tú ganas.
4. Desearía haber estado más con mis amigos.
A menudo no se dan cuenta realmente de lo beneficioso que son los viejos amigos hasta sus últimas semanas de vida, y no siempre fue posible localizarlos. Muchos de ellos habían llegado a estar tan atrapados en sus propias vidas que habían descuidado amistades de oro en los últimos años. Había mucho arrepentimiento por no haberle dado a la amistad el tiempo y esfuerzo que se merecían. Todos echan de menos a sus amigos cuando están muriendo.
Es común para los que tienen un estilo de vida muy ocupado descuidar a las amistades. Pero cuando te enfrentas con tu inminente muerte, los detalles físicos de la vida desaparecen. La gente quiere tener sus asuntos financieros en orden, si es posible. Pero no es el dinero o el estatus lo verdaderamente importante para ellos. Ellos quieren hacer cosas que le sean más beneficiosas a sus seres queridos. Por lo general, sin embargo, están demasiado enfermos y cansados como para manejar esa tarea. Entonces, al final, todo se reduce al amor y a las relaciones. Eso es todo lo que queda en las últimas semanas: el amor y las relaciones.
5. Desearía haberme dejado ser más feliz.
Esta es sorprendentemente común. Muchos no se dieron cuenta hasta el final que la felicidad es una elección. Se habían quedado atascados en viejos patrones y hábitos. El llamado “confort” de las cosas familiares fluyo dentro de sus emociones, así como en su vida física. El miedo al cambio los tenía engañando a los demás y a sí mismos, fingiendo que estaban contentos. Cuando en lo profundo, deseaban que las risas y las tonterías volvieran a sus vidas de nuevo.
Cuando estás en tu lecho de muerte, lo que los demás piensen de ti está muy lejos de tu mente. ¡Qué maravilloso sería que no te importe eso y sonreír nuevamente, mucho antes de que te estés muriendo!
La vida es una elección. Es TU vida. Elige conscientemente, elige sabiamente, elige honestamente. Elige la felicidad."

miércoles, 8 de febrero de 2012

Espacio

Cuando se comienzan unos estudios básicos en psicología, los primeros temas que han de cubrirse (una vez pasada la necesaria, aunque no siempre bien elaborada, introducción e historia), son los que analizan las funciones psíquicas principales, que son la percepción, la atención, la memoria, la orientación y la inteligencia.

Dentro de la orientación, que se define como la posición o dirección de algo respecto a un punto cardinal (según la RAE), y como un rendimiento psíquico complejo y frágil dependiente de la integridad de los demás sitemas psicológicos (según mis profesores; os aconsejo que os quedéis con la primera), se distinguen varios apartados. Suele analizarse la conciencia del tiempo y del espacio, porque son las dos dimensiones en las que el individuo puede orientarse (o desorientarse, si lo que nos interesa es la psicopatología).

Con esta base, me quiero centrar en un aspecto de la orientación espacial que me ha llamado mucho la atención. El espacio se suele dividir en varios tipos, de manera muy esquemática:

  • Espacio teórico: se entiende como una dimensión del espacio que construimos en nuestra mente, un espacio infinito y vacío en el que cabe cualquier cosa.
  • Espacio práctico: el espacio en que nos movemos, el real, el que existe. Y, dentro de él:
  1. Espacio real: el espacio entendido como su expresión más simple, con sus tres dimensiones: alto, ancho y profundo.
  2. Espacio vivenciado: es el espacio sometido a nuestras percepciones, cómo vivimos el espaci. A su vez, posee:
- Espacio yoico o individual: lo que se conoce como espacio vital; es
mayor por delante y por detrás del individuo que por los lados.

- Espacio cohumano: el que compartimos con otras personas.
- Espacio de acción: aquel el que nos movemos
- Espacio sintónico: espacio en el que ocurren las relaciones sociales.

Bien; como habréis podido intuir si sois agudos (cosa que doy por sabida), esto no es más que una pequeña introducción para que entendáis de qué quiero hablarlos. La dimensión de espacio que más me ha llamado la atención ha sido el espacio teórico; en clase, muy brevemente, nos refirieron que éste ha salvado de la locura al ser humano en situaciones límite, como secuestros, años de internamiento en cárceles u hospitales, etc.

El ejemplo más significativo, probablemente, de esto, está en el archiconocido diario de Ana Frank (http://es.wikipedia.org/wiki/Ana_Frank). Como sabéis, Ana fue una niña judía que vivió entre el 29 y el 45, famosa por el diario en el que dejó constancia de los dos años y medio que pasó escondida de los nazis junto con su familia en una casa de Ámsterdam. Esa casa, cuyo espacio habitable era de 46.6 metro cuadrados, fue la morada de Ana y otras ocho personas durante ese tiempo. Para los que tengan una inteligencia espacial tan mediocre como la mía, un piso de 30 m cuadrados hoy día da para que viva una sola persona, y con apreturas. Es imposible no darse cuenta de que esa situación es prácticamente insostenible para un ser humano normal, a no ser que sea un estoico patológico o que recurra a algo más, un añadido, una ampliación: su espacio teórico. Quién sabe cómo de grande debía ser para Ana el escondrijo en el que se vio obligada a sobrevivir.

Lo que persigo con estas líneas no es, como ya habréis adivinado, hablaros de las desventuras de una niña judía ni de mis clases de psicología, sino de ese ente tan abstracto que he dejado caer: el espacio teórico. Resulta fascinante cómo las propias leyes del tiempo y del espacio se distorsionan para crear algo que parece más un concepto metafórico, pero que en verdad tiene un componente bastante real. No hablo de algo real, tan real como que ahora mismo es de noche o como la existencia de un apéndice sobre los hombros del ser humano llamado cabeza, ni de realidades que se capten por los sentidos, sino más bien de ese orden de realidad más amplio y superior integrado por el amor, el odio, la muerte o la memoria.

El espacio teórico es real en la medida en que ha tenido utilidad siempre que se ha recurrido a él, como he dicho más arriba con el ejemplo de Ana Frank, que no es el único. Cuántos prisioneros en campos de concentración (por no perder el símil) habrán construido en la mente el color de las sábanas de su cama, el de la piel de los muslos de su amada o la cualidad de la luz cayendo sobre el cabello de sus hijos, cuántos poetas malditos habrán soñado y volado por su particular y brumosa concepción del cielo o del infierno desde un jergón raído y frío, cuántos niños solitarios de mentes aladas habrán construido castillos en la mente; incluso nuestro querido Samsagaz Gamyi recurre a su espacio teórico al final del Señor de los Anillos, cuando yaciendo en la ladera del monte del destino junto con su señor Frodo, le evoca el sabor de las fresas con nata de la comarca (aunque Frodo deja claro que no es el mejor momento de pensar en postres). Nos instalamos en el espacio teórico cuando la realidad es demasiado oscura, demasiado dolorosa o demasiado vacía para vivir en ella, ya sea por obra del entorno o a veces por obra nuestra; ya dicen que la mala suerte se la busca uno.

Supongo que la asociación entre el espacio teórico y la evocación de lo pasado ha quedado clara; si leísteis con atención la definición que puse al principio (dimensión del espacio que construimos en nuestra mente, un espacio infinito y vacío en el que cabe cualquier cosa), debía venir desde entonces. Si el espacio teórico es infinito y creado por cada uno, está sujeto a la voluntad, y su función puede ser la que se nos antoje.

Para mí, el espacio teórico es la caja donde metemos las anclas que nos atan a la cordura cuando ésta amenaza con abandonarnos. Probablemente una de las mejores maneras de conocer a alguien sea abrir esa caja y averiguar cuáles serían sus anclas. Os invito a que penséis en las vuestras; la mía sería, creo, la música.

A tenor de esto, y para terminar, os dejo un pequeño texto que los más cercanos conoceréis.



Ella estaba tumbada en el sofá, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza y la mirada fija en el techo, cuando él entró en el piso con pasos lentos:

- ¿Alguien en casa? – preguntó
- No – dijo ella con tono neutro – inténtelo de nuevo más tarde.

Él soltó una risotada mientras se quitaba la gabardina y la colgaba en el perchero, sacándose cada zapato con la punta del pie contrario sin quitar la mirada de los pies enfundados en calcetines de rayas que asomaban por un lado del sofá.

Se acercó a ella y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Antes de darle tiempo a decir algo o a pensar, ella se recostó de lado en el sofá y lo atravesó con una mirada preocupada mientras decía:

- Mi madre ve fantasmas.
- ¿Fantasmas? – fue lo único que él alcanzó a decir él - ¿cómo que fantasmas?
- Ve a mi padre paseando por la casa, reflejado en los espejos y los vasos, en los jarrones… - continuó ella con tono cansado. – Me preocupa. ¿Crees que puede ser…?

Ella enmudeció y se le perdió la mirada en algún punto sobre la cabeza de él, que la miraba con expresión divertida. En vista de la poca atención que le prestaba, suspiró y habló:

- ¿Demencia senil, o algo así? No lo creo. Tu madre es mayor, y se siente sola.
- Vamos, menuda excusa. La soledad no fabrica entes corpóreos y tangibles – pronunció estas últimas palabras con especial desprecio.
- No se trata de eso. Todos necesitamos creer en algo.
- No me sueltes frases hechas, que no les veo sentido, ya lo sabes. Mi madre nunca ha creído en Dios, ni en Alá, sólo en ella misma. Nunca ha necesitado nada de eso.
- ¿Sabes por qué?

Ella negó con la cabeza y él sonrió con displicencia, como si no quisiese decir lo que iba a decir.

- Porque ella siempre ha entendido el curso del mundo, a su manera. Siempre ha tenido claro que todo acto tiene consecuencias y que la única forma de forjar un futuro medio decente es trabajar y esforzarse. Pero ahora… se ha topado con un concepto más complicado.
- La muerte… - le atajó ella. Él asintió con los ojos cerrados.
- La muerte es un concepto demasiado amplio para que cualquiera de nosotros podamos entenderlo. Y, como sabemos tú y yo, a las personas nos encanta creer que lo entendemos todo.
- Y… ¿qué pasa cuando no entendemos algo?
- Que nos sentimos como si estuviésemos andando sobre la cuerda floja, como flotando en el abismo.
- Y entonces, fabricamos anclas. Cosas que nos ayuden a mantenernos firmes.

Él asintió con los ojos cerrados. Ella se sentó en el sofá y esbozó una sonrisa. Se levantó como un resorte y se puso un vestido de lana púrpura sobre las medias negras, unas botas, y, conforme salía por la puerta, se volvió y dijo con una sonrisa:

- Yo seré su ancla.





Gracias por vuestra atención :3