Y el final, aquí está. Como se suele decir (aunque debería haberlo dicho al principio), cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
A
Me cambié deprisa, sintiéndome fresca y más animada. Aún no sabía dónde estaba, pero empezaba a sentirme más despejada. Me estiré, sin saber que hacer. En ese momento, la puerta de la celda sonó, y el hombrecillo entró de nuevo con una expresión de enorme suficiencia y alegría en la cara. Tras él iba una mujer muy rubia, con una larguísima melena ondulada que iba y venía al compás de sus pasos elásticos. No pude ver su cara.
Enea, te traigo a una amiga para que hables con ella. Se llama Dalia. –
Sentí como si me dieran con una silla en la cabeza. Dalia, Dalia, Dalia. Ese nombre resonaba en mi cabeza. Recordé la foto, al hombre y la mujer Vitrubianos, recordé la dalia negra y los cristales, el café amargo. Me senté, llevándome una mano al pecho. No me llegaba aire al cerebro. Se me nubló la vista.
…
Es ella… - fue lo único que alcancé a mascullar cuando volví a estar en posesión de mis plenas facultades. Ella… - alcé la vista y Dalia estaba sentada frente a mí, mirándome con aquellos ojos tan horriblemente azules.
Esa mujer tenía un rollo con Andrés por internet… yo lo sospechaba desde hace un tiempo… - el inspector me miró con los ojos entrecerrados. Sé que lo tenían… se notaba a la legua. Creo que Andrés estaba plantando unas flores en el jardín cuando alguien llamó a la puerta. Fui a abrir, y era ella… me dijo que era una antigua compañera de Andrés, que hacía mucho tiempo que no hablaba con él… - respiré hondo, y Dalia me miró con una expresión implorante. Me dio asco de repente; lo recordé todo.
Sonó una llamada en la puerta, y un chaval asomó su cabeza nerviosa: inspector… están aquí los análisis de tóxicos. Son positivos… - El chaval se acercó con pasos vacilantes y dejó un papel impreso sobre la mesa. El inspector lo cogió deprisa y soltó una risotada: un barbitúrico muy potente… en dosis casi mortal. Otro desliz, ¿eh, Dalia? – ella le miró con expresión de odio.
El inspector me miró implorante: ¿recuerdas alguna cosa que tomaras después de llegar Dalia a tu casa, algo con un sabor extraño…? – Negué con la cabeza, pero casi al instante noté el sabor del café amargo en la boca. El café… - musité – le ofrecí un café… - solté una risita – maldita zorra, habla tú ahora. Dime qué pasó por tu cabeza de niñata descerebrada para hacer… lo que hiciste…
Dalia levantó los ojos: tú eres la zorra… Andrés nunca… él nunca me dijo que tuviera nada con nadie… retrasaba el momento de conocernos porque decía no estar preparado… Pero entonces me lo contó todo… Si no hubiera sido por ti… Todo habría sido perfecto…
Volvió a nublárseme la vista, y me abalancé sobre ella, hablándole en voz baja mientras le arañaba la cara: él me quería, y yo le quería a él… nos amábamos… nos amábamos… Tras unos segundos, alguien nos separó y, por fin, aquella oscilante melena rubia se perdió en la penumbra.
Poesía, literatura, pintura, viajes, historia del arte, medicina, política... Un poco de todo y un poco de nada.
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jueves, 22 de julio de 2010
La Dalia Negra {PARTE III}
Otra entrega más:
A
Cuando volví a despertar, me asusté. El hombrecillo asustado de la grabadora estaba de nuevo allí, y me miraba como si yo fuera un objeto experimental. Me levanté con una extraña agilidad; ya me sentía mejor. El hombrecillo estaba ya sentado a la mesa cuando yo me acerqué, y con un gesto me indicó que me sentara. Sobre la mesa había un bulto, una bolsa de plástico. La cogí: dentro había un par de pantalones vaqueros y una camisa de cuadros. Miré al hombrecillo y le sonreí.
Lo primero que tengo que decirte, ahora que parece que puedes entenderme, es que lo siento en nombre de toda la comisaría. Esos cazurros de ahí fuera ... - se frenó a sí mismo - no entienden el significado de la expresión "presunción de inocencia", ni conciben una celda un poco más acogedora.
Intenté sonreir; las magulladuras seguían en mi cuerpo, y yo no recordaba habérmelas hecho - No se preocupe, al fin y al cabo no está tan mal - dije mirando en derredor.
Enea… - el hombrecillo soltó una foto brillante sobre la mesa. Sacó la grabadora y la encendió. Yo, desde donde estaba, no podía ver la fotografía, así que alargué la mano y tuve delante una escena extraña: una mujer estaba abrazada en posición fetal a un hombre muy rígido. Esa mujer tenía un cabello parecido al mío, pero mucho más limpio. Aquella imagen no me dijo nada. Levanté los ojos y encogí los hombros. El hombrecillo me miró con una expresión de cansancio que me enterneció; pero no tenía nada que darle. Asintió y salió de la habitación.
B
Mierda, mierda, mierda…- pensé. Esa mujer no tenía nada que darme. Si aquella foto no le había sacado del shock, nada lo haría.
Pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarrillo, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y Victoria estaba absorta escribiendo en la consabida pizarra. Había hecho un diagrama con forma de triángulo en el que los vértices estaban ocupados por las palabras: Iconos, Pareja y Tercera Persona. Dos flechas salían de “Iconos” hacia dos palabras escritas en minúscula: Dalia Negra y Hombre de Vitrubio. Pareja estaba unido con Tercera Persona por una flecha roja y, sobre la flecha, un gran signo de interrogación. Tercera Persona estaba unido a Pareja por otra flecha que rezaba “¿asesinó?”. Dalia Negra y Hombre de Vitrubio estaban unidos mediante una flecha con otro signo de interrogación. Iconos estaba unido a Pareja y Tercera Persona mediante sendas flechas con interrogaciones.
Cuando entré, Victoria se volvió y me miró con expresión inquisitiva. Le dediqué un cierto desdén y murmuré: hay demasiadas interrogaciones ahí… - ella asintió y dijo: ¿qué has averiguado? – Nada – le solté. Bajó los ojos y empezó su extraña perorata: bueno… creo que las huellas que hay en el azadón corresponden al asesino. Creo que pilló a la víctima trabajando en el jardín y no tuvo nada más a mano que el azadón. La verdad es que eso encaja con un crimen pasional: suelen ser bastante impulsivos. Además puede ser que lo matara y luego se arrepintiese, o se agobiase al ver el estropicio que lió. Bueno, que lo que creo es que el asesino planeó el crimen pero luego no salió exactamente como quiso. Además, ¿sabes lo que estoy pensando? Es posible que no lo matara en el salón, frente a la terraza, sino en otra habitación y después lo arrastrase por la casa. Eso encaja con el rastro que se ve en las fotos. En fin, que no sé. Es todo complicado – hacía un rato que Victoria había dejado de hablar para mí y pensaba en voz alta – pero creo que, sobre todo, deberíamos ir a la casa.
A ver, Vicky, de la casa lo hemos visto todo en las fotos. – contesté. Ella asintió: tienes razón, pero nunca es lo mismo. Por lo visto no había sangre en ningún cuarto. Al menos que pudiera verse. Tenemos que ir y analizarlo todo con más cuidado. – alcé una ceja y la miré con curiosidad: ¿en qué piensas? – Ella sonrió y cogió su cazadora: te lo cuento en el coche.
H
Cuando volví de casa de Andrés y Enea, me quedé en el coche. Cerré los ojos y lloré durante una media hora, sin ganas de hacer ninguna otra cosa. Después salí del coche mecánicamente y me metí en casa. Me desnudé y encendí la chimenea. Quemé la ropa, llena de sangre, en el hueco de la chimenea. Me senté en el sofá vestida sólo con un salto de cama y eché la cabeza hacia atrás, riéndome con cierta demencia.
Subí al cuarto dispuesta a acostarme en dos segundos, pero me encontré con el portátil Apple, un aparato negro brillante bastante moderno, encima de la colcha. Sólo alcancé a mascullar: mierda – cogí el portátil y lo eché a las brasas agonizantes de la chimenea. Allí quedaba, derretido y reducido a una masa asquerosa, el testigo de mi pesadilla con Vitrubio, que después fue Andrés, que después resultó estar casado y ser muy, muy feliz sin mí. A la mierda con todo; no quería volver a saber nada del tema. Subí a la habitación de nuevo, me tomé dos o tres pastillas de Valium y me desplomé sobre la cama como un peso muerto.
B
La casa estaba precintada y silenciosa cuando llegamos. Se veían dos o tres luces en la planta superior y un coche de policía aparcado en la puerta, pero por lo demás todo estaba silencioso. Victoria subió detrás de mí las escaleras de entrada y llamó al timbre; en menos de quince segundos, un muchacho nervioso con una cámara gigantesca colgada del cuello nos abrió y nos invitó a entrar con un rápido gesto de la mano.
Yo seguía a Victoria por donde ella vagaba, como un perro sumiso a su voluntad. Intentaba también, casi sin éxito, seguir el hilo de sus pensamientos. Primero me llevó a la cocina, pequeña y decorada con muebles muy modernos, en la que se veían las siluetas de los cuerpos marcadas con tiza en el suelo. Los cristales habían sido barridos, con lo que la cocina estaba bastante fría. Victoria anduvo por la sala con pasos largos, hacia la terraza. Cuando estuvo en el jardincito trasero me hizo señas con el brazo para que fuera hacia allí. Corrí torpemente, sorteando las siluetas de los cuerpos, y cuando llegué me señaló un parterre de flores muy pequeñas, recién trasplantadas, negras y de pétalos carnosos. – Dalias – dijo Victoria – Dalias negras. Qué flor tan poética. Es la misma que llevaba Enea en la mano… ¿Qué crees que significa? – en realidad, Victoria no esperaba respuesta. Volvió a la cocina y examinó el rastro de sangre que habían visto en las fotos; quiso echar a correr por los pasillos de la casa, pero la detuve: joder, Vicky, déjame hacer algo a mí – le dediqué una sonrisa y cambiamos los papeles.
Seguí el rastro de sangre por la casa hasta la planta superior, en la que me encontré a varios policías jóvenes haciendo fotos y recabando datos compulsivamente, aunque controlados por la atenta mirada de una mujer a la que no conocía vestida con uniforme de policía; debía ser de la Policía Nacional. Le dediqué una sonrisa mientras le enseñaba la placa. Me dedicó una ceja alzada y me hizo un gesto con la mano, conocido en nuestro círculo como: “no te vayas sin que te haya fichado”.
El rastro nos llevó al dormitorio, pero no sabíamos qué hacía allí. Victoria se adelantó y observó el rastro con detenimiento; la señal hacía un anillo dentro de la habitación y después salía de nuevo. Yo estaba perdido; por supuesto, Victoria tenía la respuesta. Exclamó: ¡Dio la vuelta! Sea lo que sea lo que llevaban, lo trajeron aquí y dieron la vuelta. – Yo asentí y la invité a seguir con un gesto de la mano. Ella se frotó la barbilla y pensó en voz alta: creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la víctima fue sorprendida mientras trabajaba en el jardín, así que lo mataron en la planta de abajo. Lo que no entiendo es cómo pudieron traerlo hasta aquí arrastrando; un cuerpo muerto pesa mucho por todo eso del rigor mortis. – Victoria caviló un segundo y sacudió la cabeza: arrastrar un muerto es muy difícil y no creo que lo hicieran para después dar la vuelta y bajar… -
No sabía que pensar. Aquel rastro podía ser la cabeza del muerto; ya sabíamos que le habían golpeando con un objeto contundente. En ese momento, me asaltó la idea de forma violenta, como si hubiera estado esperando y ahora estuviese cabreada. Grité: ¡claro! ¡No es el muerto, sino el azadón! – Victoria se sobresaltó y se volvió hacia mí. Continué, exaltado: el asesino no sabía qué hacer con el arma, y creyó que aquí podría esconderlo o algo. Pero luego vio que no había nada y volvió abajo, dejando el azadón donde lo encontramos. – Victoria asintió: tiene razón, jefe… eso es plausible. – Sonreí.
Victoria se acercó a la puerta del dormitorio y bajó, dedicándome una sonrisa satisfecha. Ya en la planta de abajo, la miré y encogí los hombros. Ella me respondió: usted manda, jefe. Yo no veo nada aquí. – asentí y volvimos a la comisaría.
Una vez allí, pedí a Victoria que me dejase reflexionar un momento. Asintió y llamó a la Comisaría central para meter presión sobre los ordenadores y el teléfono. Mientras lo hacía, me metí en mi despacho y saqué las Polaroid del cajón superior de mi mesa y las revisé una y otra vez. Me quedé atascado en la foto en la que estaban los cuerpos de Andrés y Enea, intentando vislumbrar alguna intención o rasgo consciente de disponer aquella escena como la de El Hombre de Vitrubio. Victoria interrumpió mis divagaciones con violencia: ¡¡Señor!! ¡Están aquí los ordenadores y los teléfonos! – Me levanté como un resorte y salí al recibidor, en el que un agente me dijo con aplomo: señor… pasemos a su despacho – El hombre llevaba una bolsa de cuero grande. La esparció sobre mi mesa en cuanto entró en el despacho, y de ella salieron varias placas y circuitos verdes y dorados, dos teléfonos móviles desmembrados y decenas de otros componentes que yo jamás había visto.
El hombre se sentó frente a mí y comenzó: en los teléfonos no hay nada, señor. Están vacios. Pero los ordenadores… - Alcé una ceja con curiosidad, aunque no demasiada esperanza, y le invité a seguir con un gesto amplio de la mano. Resopló y continuó con voz plana: en el ordenador de la víctima hemos encontrado una gran cantidad de documentos, muchísima información, en forma de conversaciones de Messenger con una mujer, una tal Dalia. Parece que había un affaire entre la víctima y esa tal Dalia, y entonces… - Victoria interrumpió al hombre y entró en el despacho dejando un taco de unos cien folios sobre mi mesa: señor, éstas son las conversaciones de Messenger… mejor léalas usted y saque sus propias conclusiones. – Solté una risita y miré al hombre y a Victoria alternativamente: ¿qué tal si me hacéis un pequeño resumen entre ambos? – Victoria asintió con la cabeza y empezó: pues tenían una historia amorosa, algo que empezó en un chat como una conversación inocente sobre libros, cine… luego fueron intimando. No sabían el nombre del otro hasta unos tres meses después de conocerse. Atento, jefe, a los nicknames de cada uno: Dalia y Vitrubio. – interrumpí a Victoria: ¿Vitrubio? Vaya, vaya. Qué interesante – Victoria asintió enérgicamente con la cabeza: atento a esto, jefe, que es lo más interesante: Andrés nunca le dijo a Dalia que estaba casado. Ella fue tirándole los tejos a él cada vez más y él nunca se dio cuenta, hasta casi el final, cuando ella empezó a pedirle cada vez más información. Andrés era reacio; se echaba atrás en el último momento cada vez que hacían planes para conocerse. Ah, ¿sabe qué? Dalia le pidió a Andrés que plantara las dalias negras unos días antes de matarlo. La última conversación que hay es del mismo día del crimen, por la mañana, y es algo así – Victoria se aclaró la garganta y cogió el folio que estaba sobre los demás, y leyó:
“Vitrubio dice: joder, Dalia, tengo que hablar contigo.
Dalia dice: dímelo esta tarde, cuando nos veamos… dios, que ganas tengo!. Vitrubio dice: no nos vamos a ver. Ni hoy ni nunca. Estoy casado, con una mujer perfecta a la que amo.
Dalia dice: ¿qué?
Vitrubio: creo que has confundido las cosas, y yo no me he dado cuenta. Lo siento mucho pero amo a mi mujer, Enea. No te enfades. Sé que debería habértelo dicho antes, pero…
Dalia se desconectó de la red. “
Victoria alzó la vista y me miró con cuidado. Yo estaba asimilando la información, cuando finalmente miré al agente, que se divertía con el ambiente que le rodeaba. Me devolvió la mirada y dijo: sí, señor, ya hemos localizado la IP de esa tal Dalia. Vive en un chalé a las afueras de la ciudad; es una buena casa, tiene un Audi TT… es médico. Creo que ya la están trayendo hacia aquí. –
Me recliné en la silla y salí deprisa por la puerta de atrás de la comisaría para fumarme un cigarrillo; cavilé durante unos quince minutos y me asaltó el absurdo impulso de comprar un bollo de chocolate en la pastelería de enfrente. Cuando volví a entrar, pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarro, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y allí estaba ella. Victoria me miraba con una expresión de satisfacción muy leve. A su lado, un guardia asía esposada a una de las mujeres más hermosas que yo había visto jamás. Era alta y esbelta, tenía una piel pálida y suave, aterciopelada, una larguísima melena rubia y ondulada y unos ojos azules como el mar.
Victoria dio un paso hacia mí y me sonrió antes de salir. Me acerqué a la mujer y miré al guardia con expresión inquisitiva. Respondió: si, señor, las huellas del azadón son suyas.
Sonreí al guardia y le indiqué que saliera. Me quedé a solas con aquella mujer, cuyos ojos no se levantaban del suelo. Tomé aire y repasé el guión antes de empezar a actuar. –Bueno, bueno… parece que el crimen perfecto no existe, ¿verdad? – la miré. No reaccionó. ¿Cómo te llamas? – pregunté. La mujer levantó su mirada infinita y fresca y habló con un timbre de soprano: Dalia… Y no soy una criminal. – Asentí – claro que no, cielo. ¿Me acompañas a ver a una persona? –
A
Cuando volví a despertar, me asusté. El hombrecillo asustado de la grabadora estaba de nuevo allí, y me miraba como si yo fuera un objeto experimental. Me levanté con una extraña agilidad; ya me sentía mejor. El hombrecillo estaba ya sentado a la mesa cuando yo me acerqué, y con un gesto me indicó que me sentara. Sobre la mesa había un bulto, una bolsa de plástico. La cogí: dentro había un par de pantalones vaqueros y una camisa de cuadros. Miré al hombrecillo y le sonreí.
Lo primero que tengo que decirte, ahora que parece que puedes entenderme, es que lo siento en nombre de toda la comisaría. Esos cazurros de ahí fuera ... - se frenó a sí mismo - no entienden el significado de la expresión "presunción de inocencia", ni conciben una celda un poco más acogedora.
Intenté sonreir; las magulladuras seguían en mi cuerpo, y yo no recordaba habérmelas hecho - No se preocupe, al fin y al cabo no está tan mal - dije mirando en derredor.
Enea… - el hombrecillo soltó una foto brillante sobre la mesa. Sacó la grabadora y la encendió. Yo, desde donde estaba, no podía ver la fotografía, así que alargué la mano y tuve delante una escena extraña: una mujer estaba abrazada en posición fetal a un hombre muy rígido. Esa mujer tenía un cabello parecido al mío, pero mucho más limpio. Aquella imagen no me dijo nada. Levanté los ojos y encogí los hombros. El hombrecillo me miró con una expresión de cansancio que me enterneció; pero no tenía nada que darle. Asintió y salió de la habitación.
B
Mierda, mierda, mierda…- pensé. Esa mujer no tenía nada que darme. Si aquella foto no le había sacado del shock, nada lo haría.
Pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarrillo, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y Victoria estaba absorta escribiendo en la consabida pizarra. Había hecho un diagrama con forma de triángulo en el que los vértices estaban ocupados por las palabras: Iconos, Pareja y Tercera Persona. Dos flechas salían de “Iconos” hacia dos palabras escritas en minúscula: Dalia Negra y Hombre de Vitrubio. Pareja estaba unido con Tercera Persona por una flecha roja y, sobre la flecha, un gran signo de interrogación. Tercera Persona estaba unido a Pareja por otra flecha que rezaba “¿asesinó?”. Dalia Negra y Hombre de Vitrubio estaban unidos mediante una flecha con otro signo de interrogación. Iconos estaba unido a Pareja y Tercera Persona mediante sendas flechas con interrogaciones.
Cuando entré, Victoria se volvió y me miró con expresión inquisitiva. Le dediqué un cierto desdén y murmuré: hay demasiadas interrogaciones ahí… - ella asintió y dijo: ¿qué has averiguado? – Nada – le solté. Bajó los ojos y empezó su extraña perorata: bueno… creo que las huellas que hay en el azadón corresponden al asesino. Creo que pilló a la víctima trabajando en el jardín y no tuvo nada más a mano que el azadón. La verdad es que eso encaja con un crimen pasional: suelen ser bastante impulsivos. Además puede ser que lo matara y luego se arrepintiese, o se agobiase al ver el estropicio que lió. Bueno, que lo que creo es que el asesino planeó el crimen pero luego no salió exactamente como quiso. Además, ¿sabes lo que estoy pensando? Es posible que no lo matara en el salón, frente a la terraza, sino en otra habitación y después lo arrastrase por la casa. Eso encaja con el rastro que se ve en las fotos. En fin, que no sé. Es todo complicado – hacía un rato que Victoria había dejado de hablar para mí y pensaba en voz alta – pero creo que, sobre todo, deberíamos ir a la casa.
A ver, Vicky, de la casa lo hemos visto todo en las fotos. – contesté. Ella asintió: tienes razón, pero nunca es lo mismo. Por lo visto no había sangre en ningún cuarto. Al menos que pudiera verse. Tenemos que ir y analizarlo todo con más cuidado. – alcé una ceja y la miré con curiosidad: ¿en qué piensas? – Ella sonrió y cogió su cazadora: te lo cuento en el coche.
H
Cuando volví de casa de Andrés y Enea, me quedé en el coche. Cerré los ojos y lloré durante una media hora, sin ganas de hacer ninguna otra cosa. Después salí del coche mecánicamente y me metí en casa. Me desnudé y encendí la chimenea. Quemé la ropa, llena de sangre, en el hueco de la chimenea. Me senté en el sofá vestida sólo con un salto de cama y eché la cabeza hacia atrás, riéndome con cierta demencia.
Subí al cuarto dispuesta a acostarme en dos segundos, pero me encontré con el portátil Apple, un aparato negro brillante bastante moderno, encima de la colcha. Sólo alcancé a mascullar: mierda – cogí el portátil y lo eché a las brasas agonizantes de la chimenea. Allí quedaba, derretido y reducido a una masa asquerosa, el testigo de mi pesadilla con Vitrubio, que después fue Andrés, que después resultó estar casado y ser muy, muy feliz sin mí. A la mierda con todo; no quería volver a saber nada del tema. Subí a la habitación de nuevo, me tomé dos o tres pastillas de Valium y me desplomé sobre la cama como un peso muerto.
B
La casa estaba precintada y silenciosa cuando llegamos. Se veían dos o tres luces en la planta superior y un coche de policía aparcado en la puerta, pero por lo demás todo estaba silencioso. Victoria subió detrás de mí las escaleras de entrada y llamó al timbre; en menos de quince segundos, un muchacho nervioso con una cámara gigantesca colgada del cuello nos abrió y nos invitó a entrar con un rápido gesto de la mano.
Yo seguía a Victoria por donde ella vagaba, como un perro sumiso a su voluntad. Intentaba también, casi sin éxito, seguir el hilo de sus pensamientos. Primero me llevó a la cocina, pequeña y decorada con muebles muy modernos, en la que se veían las siluetas de los cuerpos marcadas con tiza en el suelo. Los cristales habían sido barridos, con lo que la cocina estaba bastante fría. Victoria anduvo por la sala con pasos largos, hacia la terraza. Cuando estuvo en el jardincito trasero me hizo señas con el brazo para que fuera hacia allí. Corrí torpemente, sorteando las siluetas de los cuerpos, y cuando llegué me señaló un parterre de flores muy pequeñas, recién trasplantadas, negras y de pétalos carnosos. – Dalias – dijo Victoria – Dalias negras. Qué flor tan poética. Es la misma que llevaba Enea en la mano… ¿Qué crees que significa? – en realidad, Victoria no esperaba respuesta. Volvió a la cocina y examinó el rastro de sangre que habían visto en las fotos; quiso echar a correr por los pasillos de la casa, pero la detuve: joder, Vicky, déjame hacer algo a mí – le dediqué una sonrisa y cambiamos los papeles.
Seguí el rastro de sangre por la casa hasta la planta superior, en la que me encontré a varios policías jóvenes haciendo fotos y recabando datos compulsivamente, aunque controlados por la atenta mirada de una mujer a la que no conocía vestida con uniforme de policía; debía ser de la Policía Nacional. Le dediqué una sonrisa mientras le enseñaba la placa. Me dedicó una ceja alzada y me hizo un gesto con la mano, conocido en nuestro círculo como: “no te vayas sin que te haya fichado”.
El rastro nos llevó al dormitorio, pero no sabíamos qué hacía allí. Victoria se adelantó y observó el rastro con detenimiento; la señal hacía un anillo dentro de la habitación y después salía de nuevo. Yo estaba perdido; por supuesto, Victoria tenía la respuesta. Exclamó: ¡Dio la vuelta! Sea lo que sea lo que llevaban, lo trajeron aquí y dieron la vuelta. – Yo asentí y la invité a seguir con un gesto de la mano. Ella se frotó la barbilla y pensó en voz alta: creo que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la víctima fue sorprendida mientras trabajaba en el jardín, así que lo mataron en la planta de abajo. Lo que no entiendo es cómo pudieron traerlo hasta aquí arrastrando; un cuerpo muerto pesa mucho por todo eso del rigor mortis. – Victoria caviló un segundo y sacudió la cabeza: arrastrar un muerto es muy difícil y no creo que lo hicieran para después dar la vuelta y bajar… -
No sabía que pensar. Aquel rastro podía ser la cabeza del muerto; ya sabíamos que le habían golpeando con un objeto contundente. En ese momento, me asaltó la idea de forma violenta, como si hubiera estado esperando y ahora estuviese cabreada. Grité: ¡claro! ¡No es el muerto, sino el azadón! – Victoria se sobresaltó y se volvió hacia mí. Continué, exaltado: el asesino no sabía qué hacer con el arma, y creyó que aquí podría esconderlo o algo. Pero luego vio que no había nada y volvió abajo, dejando el azadón donde lo encontramos. – Victoria asintió: tiene razón, jefe… eso es plausible. – Sonreí.
Victoria se acercó a la puerta del dormitorio y bajó, dedicándome una sonrisa satisfecha. Ya en la planta de abajo, la miré y encogí los hombros. Ella me respondió: usted manda, jefe. Yo no veo nada aquí. – asentí y volvimos a la comisaría.
Una vez allí, pedí a Victoria que me dejase reflexionar un momento. Asintió y llamó a la Comisaría central para meter presión sobre los ordenadores y el teléfono. Mientras lo hacía, me metí en mi despacho y saqué las Polaroid del cajón superior de mi mesa y las revisé una y otra vez. Me quedé atascado en la foto en la que estaban los cuerpos de Andrés y Enea, intentando vislumbrar alguna intención o rasgo consciente de disponer aquella escena como la de El Hombre de Vitrubio. Victoria interrumpió mis divagaciones con violencia: ¡¡Señor!! ¡Están aquí los ordenadores y los teléfonos! – Me levanté como un resorte y salí al recibidor, en el que un agente me dijo con aplomo: señor… pasemos a su despacho – El hombre llevaba una bolsa de cuero grande. La esparció sobre mi mesa en cuanto entró en el despacho, y de ella salieron varias placas y circuitos verdes y dorados, dos teléfonos móviles desmembrados y decenas de otros componentes que yo jamás había visto.
El hombre se sentó frente a mí y comenzó: en los teléfonos no hay nada, señor. Están vacios. Pero los ordenadores… - Alcé una ceja con curiosidad, aunque no demasiada esperanza, y le invité a seguir con un gesto amplio de la mano. Resopló y continuó con voz plana: en el ordenador de la víctima hemos encontrado una gran cantidad de documentos, muchísima información, en forma de conversaciones de Messenger con una mujer, una tal Dalia. Parece que había un affaire entre la víctima y esa tal Dalia, y entonces… - Victoria interrumpió al hombre y entró en el despacho dejando un taco de unos cien folios sobre mi mesa: señor, éstas son las conversaciones de Messenger… mejor léalas usted y saque sus propias conclusiones. – Solté una risita y miré al hombre y a Victoria alternativamente: ¿qué tal si me hacéis un pequeño resumen entre ambos? – Victoria asintió con la cabeza y empezó: pues tenían una historia amorosa, algo que empezó en un chat como una conversación inocente sobre libros, cine… luego fueron intimando. No sabían el nombre del otro hasta unos tres meses después de conocerse. Atento, jefe, a los nicknames de cada uno: Dalia y Vitrubio. – interrumpí a Victoria: ¿Vitrubio? Vaya, vaya. Qué interesante – Victoria asintió enérgicamente con la cabeza: atento a esto, jefe, que es lo más interesante: Andrés nunca le dijo a Dalia que estaba casado. Ella fue tirándole los tejos a él cada vez más y él nunca se dio cuenta, hasta casi el final, cuando ella empezó a pedirle cada vez más información. Andrés era reacio; se echaba atrás en el último momento cada vez que hacían planes para conocerse. Ah, ¿sabe qué? Dalia le pidió a Andrés que plantara las dalias negras unos días antes de matarlo. La última conversación que hay es del mismo día del crimen, por la mañana, y es algo así – Victoria se aclaró la garganta y cogió el folio que estaba sobre los demás, y leyó:
“Vitrubio dice: joder, Dalia, tengo que hablar contigo.
Dalia dice: dímelo esta tarde, cuando nos veamos… dios, que ganas tengo!. Vitrubio dice: no nos vamos a ver. Ni hoy ni nunca. Estoy casado, con una mujer perfecta a la que amo.
Dalia dice: ¿qué?
Vitrubio: creo que has confundido las cosas, y yo no me he dado cuenta. Lo siento mucho pero amo a mi mujer, Enea. No te enfades. Sé que debería habértelo dicho antes, pero…
Dalia se desconectó de la red. “
Victoria alzó la vista y me miró con cuidado. Yo estaba asimilando la información, cuando finalmente miré al agente, que se divertía con el ambiente que le rodeaba. Me devolvió la mirada y dijo: sí, señor, ya hemos localizado la IP de esa tal Dalia. Vive en un chalé a las afueras de la ciudad; es una buena casa, tiene un Audi TT… es médico. Creo que ya la están trayendo hacia aquí. –
Me recliné en la silla y salí deprisa por la puerta de atrás de la comisaría para fumarme un cigarrillo; cavilé durante unos quince minutos y me asaltó el absurdo impulso de comprar un bollo de chocolate en la pastelería de enfrente. Cuando volví a entrar, pasé frente a la mesa de Victoria sin mirarla, pero justo cuando iba a meterme en mi despacho reparé en que no estaba. Mal momento para fumarse un cigarro, pequeña- pensé. Entré en mi despacho y allí estaba ella. Victoria me miraba con una expresión de satisfacción muy leve. A su lado, un guardia asía esposada a una de las mujeres más hermosas que yo había visto jamás. Era alta y esbelta, tenía una piel pálida y suave, aterciopelada, una larguísima melena rubia y ondulada y unos ojos azules como el mar.
Victoria dio un paso hacia mí y me sonrió antes de salir. Me acerqué a la mujer y miré al guardia con expresión inquisitiva. Respondió: si, señor, las huellas del azadón son suyas.
Sonreí al guardia y le indiqué que saliera. Me quedé a solas con aquella mujer, cuyos ojos no se levantaban del suelo. Tomé aire y repasé el guión antes de empezar a actuar. –Bueno, bueno… parece que el crimen perfecto no existe, ¿verdad? – la miré. No reaccionó. ¿Cómo te llamas? – pregunté. La mujer levantó su mirada infinita y fresca y habló con un timbre de soprano: Dalia… Y no soy una criminal. – Asentí – claro que no, cielo. ¿Me acompañas a ver a una persona? –
La Dalia Negra {PARTE II}
Seguimos con la Dalia:
E
La verdad es que sí que había algunas cosas extrañas en el cuerpo. Yo estaba pensando en llamarles, pero tenía que hablar con mis superiores y no sabía si se reirían de mí... Aunque ya lo pone en el informe, la causa aparente parece una contusión en la cabeza, en la región parietal, que causó un traumatismo craneoencefálico y una rotura y posterior hundimiento del hueso parietal, que invadió el cortex motor hasta una profundidad que alcanzó el telencéfalo y el cuerpo calloso... el golpe fue causado por un objeto contundente, de una anchura considerable y un peso grande; de ser ligero, no podría haberse hundido demasiado profundo. Sí, una auténtica carnicería. Murió en el acto, aunque hay heridas superficiales muy posteriores al momento de la defunción.
Este es más o menos el contenido del informe... pero hay más. Hay otra contusión post-mortem en la cabeza, en la región occipital, que causó una herida amplia pero superficial... Lo interesante es que estaba llena de trozos de cristal... Yo sólo soy un subordinado, así que no hago conjeturas. Solamente que la contusión en el occipital se produjo más de dos horas después de la muerte, así como las heridas del resto del cuerpo. Además, había una serie de rozaduras recientes y abiertas, aunque previas a la muerte, en las manos. Dentro de las heridas hemos encontrado restos de tierra. Sí, de tierra, como si hubiera estado trabajando en el jardín a manos desnudas o con una herramienta sucia... Y creo que no hay más. El resto es puro trámite biológico.
A
“La última vez que recuerdo, yo estaba desnuda” pensé, y después me eché a reír con demencia en vista de lo absurdo de la frase. El hombre alto seguía en la esquina de la habitación, mirándome, y seguía habiendo pelo sobre mi cara. Los trajeados parecían haberse ido.
Alguien entró. Otro hombre alto, que me miró de reojo y, a una señal, volví a sentirme como un saco de ratas muertas del que el hombre alto (el más alto de ambos) quería deshacerse pronto.
Mi nuevo compañero era pálido y tenía miedo, como yo. Llevaba una grabadora, y se sentó frente a mí. Me miró, me miró, volvió a mirarme, y encendió la grabadora. Me quedé embelesada con el piloto rojo, una luz intensa y pura en una habitación llena de mugre, y él se dio cuenta y tumbó la grabadora. Le miré.
Tu marido está muerto, me dijo el muy cabrón. Muerto, repitió infinitas veces. Dejé caer la cabeza sobre la mesa, y sólo alcancé a decir: mentira. Esa voz no era mía, ni de coña. Mentira, repetí, esta vez más alto, hasta que terminé gritando con voz rancia. Él no se inmutó. Nada. Volví a bajar la cabeza, y pensé en el Hombre de Vitrubio.
Una voz de mujer dijo en mi cabeza: quería colocar una escena como “el Hombre y la Mujer Vitrubianos”, pero está demasiado rígido... Pues que se quede así. ¿Y la maldita dalia, donde estará...? – la voz enmudeció. Levanté los ojos y me di cuenta de que había dicho aquellas palabras en voz alta. No era yo. No fui yo.
Terminé el interrogatorio gritando “no fui yo”, y atada a la silla con bandas de tela oscura. Dejé de moverme, ¿para qué? El hombre de la grabadora me miraba con compasión y disfrute a partes iguales.
Era rubia, era rubia. Era una mujer rubia y con más curvas que yo. Le había puesto un café cuando vino preguntando por él, y estuvimos hablando. El café estaba algo amargo. No paso nada más después.
B
¿Y esto es lo que ha dicho la chica? – preguntó absurdamente, como siempre. Asentí y pensé: joder, si vas a preguntar por todo lo que te diga... Victoria miraba al rubio trajeado con recelo desde un butacón en el rincón de mi despacho. Le guiñé un ojo y sonrió. Dejé caer algo de sarcasmo para intentar aliviar el peso que había entre mis dos pulmones – eso es de fumar, como dice mi mujer – y el sarcasmo resultó. El rubio trajeado dejó caer su expresión de omnipotencia y tuvo una idea, una idea estúpida que no se me había ocurrido a mí, una idea que podía resolver muchas preguntas.
Victoria salió corriendo con la orden firmada por el Comisario de policía de realizar un análisis sanguíneo y de tóxicos a la acusada. El rubio trajeado volvió a subir su expresión de omnipotencia, y esta vez fui yo quien tuvo la idea. Salí del despacho casi corriendo con la dirección donde vivía la hermana del muerto, y debajo, la de la hermana de ella.
F
No me podía creer lo que estaba pasando... Mi hermano era un buen hombre, siempre la quiso mucho a ella y le dio lo que necesitaba... ¡Jamás me contó que hubieran discutido, ni que tuvieran ningún tipo de problema! De todas formas hacía varios meses que no hablaba con él... No sé lo que pudo pasar...
Siempre me pareció que ella estaba un poco desequilibrada, que era un poco paranoica y celosa... Pero no me imagino lo que pudo pasársele por esa cabecita morena y medio hueca para hacer lo que hizo... mi hermano era un cielo...
Maldita loca...
G
No, no, no, no, no... Ella no pudo matarle... pero si mi hermana siempre fue una persona tranquilísima... jamás se ponía nerviosa, jamás se descontrolaba... No es posible...
Sí... hablé con ella la tarde anterior... ¡pero no noté nada raro! Simplemente la llamé porque me había contado que él quería plantar unas flores, dalias negras, en el jardín, y como a mí se me da bien esto de la jardinería, quería saber si necesitaban mucho sol o agua... La llamé para preguntarle como iban y me dijo que él estaba plantándolas junto a la valla del jardín, y que estaban preciosas... Parecía alegre por aquello... Sería sobre las seis de la tarde, cuando hablé con ella... No hablamos de nada más, me colgó porque me dijo que alguien había llamado a la puerta...
B
No serían más de las ocho cuando llegué a la Comisaría, enfurecido, y con una sensación de estupidez en el cuerpo que me daba gana de empezar a golpearme la frente con una pared. Victoria, con su tradicional energía, estaba ya en su mesa trabajando, ordenando informes y recopilando datos y testimonios del caso que nos ocupaba. Me acerqué a la mesa y mi “buenos días” se transformó casi sin quererlo (casi) en un: los de administración de recursos internos son gilipollas. – Ella alzó los ojos almendrados y continué - ¿nadie ha mandado una orden de registrar los teléfonos móviles y el ordenador de ambos? – Victoria se tapó la boca con una mano y abrió aún más los ojos. Sacudí la cabeza y fui hacia mi despacho, cogiendo antes la parte del dossier ya elaborado, mientras Victoria arreglaba el mundo por teléfono, como siempre. Antes de entrar, la llamé.
Asomó la cabeza cinco minutos después, con la noticia de que los teléfonos y el ordenador estaban camino de la Comisaría, y que cuando los hubieran destripado nos mandarían el informe. Le dije que pasara, sintiéndome cansado a pesar de que llevaba una hora levantado, y señalé el dossier. Se encogió de hombros y dijo: no está acabado... – me volví, y contesté – ¿podemos contar con una pizarra blanca y dos bolígrafos? Creo que si vemos lo que tenemos hasta ahora algo más esquematizado, todo estará algo más claro. – ella asintió e hizo ademán de levantarse, cuando otro de los ayudantes en el caso entró sin llamar. Llevaba una bolsa de plástico oscura, y estaba pálido. Y tembloroso. Me acerqué a él, notando el pulso cada vez más acelerado.
Tenemos el arma del crimen.
¿Que tenemos qué? – no daba crédito. El chaval asentía repetidamente, entusiasmado: es una herramienta de jardín, un azadón grande, y está manchado se sangre por la parte en la que se une al mango. Hay huellas y un poco de sangre del muerto en el mango, y el resto de sangre también es suyo. – respiró hondo, y Victoria le interrumpió, leyéndome el pensamiento: ¿no hay huellas de nadie más? – el chaval se volvió hacia ella como si no la hubiera visto hasta entonces, y asintió consternado: eso es lo más extraño. Hay otras huellas, en el mango, de una tercera persona aún sin identificar. No son de la acusada; no hay ni rastro de ella en el azadón. – Caviló – además ella no podría haberlo levantado, es demasiado pesado. – los tres nos quedamos en silencio. El chaval sacudió la cabeza y se marchó, dejando el azadón en el congelador para muestras de sangre o restos biológicos que teníamos en la parte trasera de la comisaría.
Victoria se sentó en el butacón que antes ocupaba, con las manos en el regazo y la mirada en el suelo. Supe que sentía y pensaba lo mismo que yo: agobio, impotencia... había aparecido una nueva variable cuyo valor no podíamos dilucidar, cuya naturaleza no conocíamos... nuestra única pista y acusada fiable estaba en estado de shock... aunque aún quedaban los móviles y el ordenador.
Tras unos minutos de silencio espeso y vacío, me levanté de la butaca y me froté las manos. Sonreí a Victoria y salí del despacho, anduve el pasillo hasta la celda donde estaba la acusada en apenas unos segundos y entré sin llamar. Pensé que algún guarda de seguridad respondería por la falta de vigilancia, y cerré la puerta tras de mí. La oscuridad era casi absoluta en la habitación, excepto por la luz mortecina y grasienta que se colaba por la ventana circular de la puerta. Un bulto oscuro se agitó en un rincón, se incorporó y aparecieron dos ojos en él. Era ella, aún más desmejorada de lo que estaba cuando la vi por última vez, aunque la expresión de sus ojos era más viva; mejor dicho, menos muerta.
E
La verdad es que sí que había algunas cosas extrañas en el cuerpo. Yo estaba pensando en llamarles, pero tenía que hablar con mis superiores y no sabía si se reirían de mí... Aunque ya lo pone en el informe, la causa aparente parece una contusión en la cabeza, en la región parietal, que causó un traumatismo craneoencefálico y una rotura y posterior hundimiento del hueso parietal, que invadió el cortex motor hasta una profundidad que alcanzó el telencéfalo y el cuerpo calloso... el golpe fue causado por un objeto contundente, de una anchura considerable y un peso grande; de ser ligero, no podría haberse hundido demasiado profundo. Sí, una auténtica carnicería. Murió en el acto, aunque hay heridas superficiales muy posteriores al momento de la defunción.
Este es más o menos el contenido del informe... pero hay más. Hay otra contusión post-mortem en la cabeza, en la región occipital, que causó una herida amplia pero superficial... Lo interesante es que estaba llena de trozos de cristal... Yo sólo soy un subordinado, así que no hago conjeturas. Solamente que la contusión en el occipital se produjo más de dos horas después de la muerte, así como las heridas del resto del cuerpo. Además, había una serie de rozaduras recientes y abiertas, aunque previas a la muerte, en las manos. Dentro de las heridas hemos encontrado restos de tierra. Sí, de tierra, como si hubiera estado trabajando en el jardín a manos desnudas o con una herramienta sucia... Y creo que no hay más. El resto es puro trámite biológico.
A
“La última vez que recuerdo, yo estaba desnuda” pensé, y después me eché a reír con demencia en vista de lo absurdo de la frase. El hombre alto seguía en la esquina de la habitación, mirándome, y seguía habiendo pelo sobre mi cara. Los trajeados parecían haberse ido.
Alguien entró. Otro hombre alto, que me miró de reojo y, a una señal, volví a sentirme como un saco de ratas muertas del que el hombre alto (el más alto de ambos) quería deshacerse pronto.
Mi nuevo compañero era pálido y tenía miedo, como yo. Llevaba una grabadora, y se sentó frente a mí. Me miró, me miró, volvió a mirarme, y encendió la grabadora. Me quedé embelesada con el piloto rojo, una luz intensa y pura en una habitación llena de mugre, y él se dio cuenta y tumbó la grabadora. Le miré.
Tu marido está muerto, me dijo el muy cabrón. Muerto, repitió infinitas veces. Dejé caer la cabeza sobre la mesa, y sólo alcancé a decir: mentira. Esa voz no era mía, ni de coña. Mentira, repetí, esta vez más alto, hasta que terminé gritando con voz rancia. Él no se inmutó. Nada. Volví a bajar la cabeza, y pensé en el Hombre de Vitrubio.
Una voz de mujer dijo en mi cabeza: quería colocar una escena como “el Hombre y la Mujer Vitrubianos”, pero está demasiado rígido... Pues que se quede así. ¿Y la maldita dalia, donde estará...? – la voz enmudeció. Levanté los ojos y me di cuenta de que había dicho aquellas palabras en voz alta. No era yo. No fui yo.
Terminé el interrogatorio gritando “no fui yo”, y atada a la silla con bandas de tela oscura. Dejé de moverme, ¿para qué? El hombre de la grabadora me miraba con compasión y disfrute a partes iguales.
Era rubia, era rubia. Era una mujer rubia y con más curvas que yo. Le había puesto un café cuando vino preguntando por él, y estuvimos hablando. El café estaba algo amargo. No paso nada más después.
B
¿Y esto es lo que ha dicho la chica? – preguntó absurdamente, como siempre. Asentí y pensé: joder, si vas a preguntar por todo lo que te diga... Victoria miraba al rubio trajeado con recelo desde un butacón en el rincón de mi despacho. Le guiñé un ojo y sonrió. Dejé caer algo de sarcasmo para intentar aliviar el peso que había entre mis dos pulmones – eso es de fumar, como dice mi mujer – y el sarcasmo resultó. El rubio trajeado dejó caer su expresión de omnipotencia y tuvo una idea, una idea estúpida que no se me había ocurrido a mí, una idea que podía resolver muchas preguntas.
Victoria salió corriendo con la orden firmada por el Comisario de policía de realizar un análisis sanguíneo y de tóxicos a la acusada. El rubio trajeado volvió a subir su expresión de omnipotencia, y esta vez fui yo quien tuvo la idea. Salí del despacho casi corriendo con la dirección donde vivía la hermana del muerto, y debajo, la de la hermana de ella.
F
No me podía creer lo que estaba pasando... Mi hermano era un buen hombre, siempre la quiso mucho a ella y le dio lo que necesitaba... ¡Jamás me contó que hubieran discutido, ni que tuvieran ningún tipo de problema! De todas formas hacía varios meses que no hablaba con él... No sé lo que pudo pasar...
Siempre me pareció que ella estaba un poco desequilibrada, que era un poco paranoica y celosa... Pero no me imagino lo que pudo pasársele por esa cabecita morena y medio hueca para hacer lo que hizo... mi hermano era un cielo...
Maldita loca...
G
No, no, no, no, no... Ella no pudo matarle... pero si mi hermana siempre fue una persona tranquilísima... jamás se ponía nerviosa, jamás se descontrolaba... No es posible...
Sí... hablé con ella la tarde anterior... ¡pero no noté nada raro! Simplemente la llamé porque me había contado que él quería plantar unas flores, dalias negras, en el jardín, y como a mí se me da bien esto de la jardinería, quería saber si necesitaban mucho sol o agua... La llamé para preguntarle como iban y me dijo que él estaba plantándolas junto a la valla del jardín, y que estaban preciosas... Parecía alegre por aquello... Sería sobre las seis de la tarde, cuando hablé con ella... No hablamos de nada más, me colgó porque me dijo que alguien había llamado a la puerta...
B
No serían más de las ocho cuando llegué a la Comisaría, enfurecido, y con una sensación de estupidez en el cuerpo que me daba gana de empezar a golpearme la frente con una pared. Victoria, con su tradicional energía, estaba ya en su mesa trabajando, ordenando informes y recopilando datos y testimonios del caso que nos ocupaba. Me acerqué a la mesa y mi “buenos días” se transformó casi sin quererlo (casi) en un: los de administración de recursos internos son gilipollas. – Ella alzó los ojos almendrados y continué - ¿nadie ha mandado una orden de registrar los teléfonos móviles y el ordenador de ambos? – Victoria se tapó la boca con una mano y abrió aún más los ojos. Sacudí la cabeza y fui hacia mi despacho, cogiendo antes la parte del dossier ya elaborado, mientras Victoria arreglaba el mundo por teléfono, como siempre. Antes de entrar, la llamé.
Asomó la cabeza cinco minutos después, con la noticia de que los teléfonos y el ordenador estaban camino de la Comisaría, y que cuando los hubieran destripado nos mandarían el informe. Le dije que pasara, sintiéndome cansado a pesar de que llevaba una hora levantado, y señalé el dossier. Se encogió de hombros y dijo: no está acabado... – me volví, y contesté – ¿podemos contar con una pizarra blanca y dos bolígrafos? Creo que si vemos lo que tenemos hasta ahora algo más esquematizado, todo estará algo más claro. – ella asintió e hizo ademán de levantarse, cuando otro de los ayudantes en el caso entró sin llamar. Llevaba una bolsa de plástico oscura, y estaba pálido. Y tembloroso. Me acerqué a él, notando el pulso cada vez más acelerado.
Tenemos el arma del crimen.
¿Que tenemos qué? – no daba crédito. El chaval asentía repetidamente, entusiasmado: es una herramienta de jardín, un azadón grande, y está manchado se sangre por la parte en la que se une al mango. Hay huellas y un poco de sangre del muerto en el mango, y el resto de sangre también es suyo. – respiró hondo, y Victoria le interrumpió, leyéndome el pensamiento: ¿no hay huellas de nadie más? – el chaval se volvió hacia ella como si no la hubiera visto hasta entonces, y asintió consternado: eso es lo más extraño. Hay otras huellas, en el mango, de una tercera persona aún sin identificar. No son de la acusada; no hay ni rastro de ella en el azadón. – Caviló – además ella no podría haberlo levantado, es demasiado pesado. – los tres nos quedamos en silencio. El chaval sacudió la cabeza y se marchó, dejando el azadón en el congelador para muestras de sangre o restos biológicos que teníamos en la parte trasera de la comisaría.
Victoria se sentó en el butacón que antes ocupaba, con las manos en el regazo y la mirada en el suelo. Supe que sentía y pensaba lo mismo que yo: agobio, impotencia... había aparecido una nueva variable cuyo valor no podíamos dilucidar, cuya naturaleza no conocíamos... nuestra única pista y acusada fiable estaba en estado de shock... aunque aún quedaban los móviles y el ordenador.
Tras unos minutos de silencio espeso y vacío, me levanté de la butaca y me froté las manos. Sonreí a Victoria y salí del despacho, anduve el pasillo hasta la celda donde estaba la acusada en apenas unos segundos y entré sin llamar. Pensé que algún guarda de seguridad respondería por la falta de vigilancia, y cerré la puerta tras de mí. La oscuridad era casi absoluta en la habitación, excepto por la luz mortecina y grasienta que se colaba por la ventana circular de la puerta. Un bulto oscuro se agitó en un rincón, se incorporó y aparecieron dos ojos en él. Era ella, aún más desmejorada de lo que estaba cuando la vi por última vez, aunque la expresión de sus ojos era más viva; mejor dicho, menos muerta.
La Dalia Negra {PARTE I}
Comienzo con un relato de tintes policíacos, algo que escribí a lo largo del año pasado; y a mi profesor de lengua le gustó mucho, dicho sea de paso. Se titula "La Dalia Negra", y lo subiré por partes para que no sea tan pesado de leer.
A
Habitación. Negra. Sucia. Oscura.
Me soltaron en una esquina.
Perdí la noción del tiempo.
Dormí con los dedos en la boca.
Me desperté y vi una mesa y una silla igual de negras. A lo mejor pretendían quitarme las ganas de vomitar y hacer más apetecible la apariencia de la habitación. No lo consiguieron.
Vomité, sin escatimar en aspavientos y gemidos, en una esquina.
Perdí de nuevo la noción del tiempo, no me importó ni me importa ahora.
En un momento dado, entraron dos hombres vestidos de traje. Se acercaron a mí y se dignaron a intentar moverme con sus zapatos. Tras tres segundos de sufrido trabajo, desistieron.
Uno de ellos salió y volvió a entrar acompañado de otra figura, cuyas manos (que me levantaron sin dudar) me sonaban. Me soltó en la silla, como quien suelta un saco lleno de ratas muertas, y se plantó en una esquina de la habitación.
Tenía una cortina de cabello sucio y húmedo sobre la cara, así que al levantar la maltrecha cabeza, solo vi rizos lacios y pegajosos y sombras tras ellos, con lo que volví a bajarla, en un ángulo doloroso e imposible para el cuello. Tenía una raja ancha en la falda, y los hombres de traje se dieron cuenta.
Oí ruido de sillas moviéndose, y dos sombras sentadas frente a mí. Uno de ellos llevaba gafas de media luna. Hice un esfuerzo, más que nada porque los trajeados vieran la sangre y las heridas en mi cara, y me aparté la cortina de pelo de la cara.
Las expresiones de sus caras (asco, asco y más asco) no me importaron. Puse la cabeza todo lo erguida que pude, que no era mucho, y les observé. El de las gafas se adelantó y dijo mi nombre. Le miré. Me hizo una pregunta, muy floreada: “¿tendría usted a bien brindarnos una reconstrucción de los hechos que han tenido lugar en esta tarde?”. La innecesaria construcción de la frase chocó contra las paredes ennegrecidas, igual que mi cabeza contra el suelo cuando me desmayé.
B
Me dio las gracias por haberle atendido tan rápidamente, y se fue con el memorando original. Sobre mi mesa había una copia. “Putos informes de juicios rápidos... “pensé. Luego me vino a la cabeza la hucha de las palabrotas y me despedí de un euro para toda la eternidad.
Me senté en la butaca y abrí el cuadernillo blanco. En la primera página, un “CASO ENEA“ me golpeó con su sobriedad. Hojeé el informe, parándome en las palabras en negrita, y en los huecos. Las cinco últimas páginas, que empezaban con un austero “Testimonio de la acusada” estaban en blanco.
Fruncí la frente y miré el encabezamiento del informe. El epígrafe “Cargos imputados a la acusada” estaba en blanco. También lo estaban el de “Fecha y hora del delito” y el de “pruebas de la defensa”. No así uno de ellos, el de “Posibles causas del delito: Crimen pasional”, que remataba el tono podrido y ocultador del resto del informe, una montaña de palabras vacías que venían a decir que la acusada estaba en estado de shock y que no había pistas de ningún tipo que ayudaran a esclarecer el suceso.
“No puedo firmar esta mierda... “pensé. Y justo después di un golpe en el suelo con el pie y detesté la hucha de las palabrotas. Volví a hojear el informe, convenciéndome cada vez más de que aquello no era un informe policial sino el ejercicio de un examen muy difícil en el que hubiera que rellenar los huecos con los datos disponibles.
Justo en ese momento Victoria asomó su cara pálida y amable por la puerta, sin llamar antes, por supuesto.
- Comisario, en jefatura quieren el informe de...
- Pues los mandas a la mierda – dije mirando aquella montaña de mentiras. – Hasta que no sepamos lo que ha pasado, de aquí no sale ni una sola letra sin mi consentimiento. ¿Claro?
- Como el agua – sonrió y su cabeza eficiente y discreta desapareció por el quicio de la puerta.
Suspiré, y metí el informe en el primer cajón de mi escritorio. Cerré con llave, y
sintiéndome más pesado y desgraciado a cada paso que daba, me encaminé hacia los calabozos. Victoria se cruzó conmigo por el pasillo, arreglando el mundo por teléfono, e indicándome la última sala del pasillo.
C
A ver, yo no es que haya visto nada especial... no sé realmente porqué me han llamado... Ya sé, ya sé que soy su vecina... bueno, que era su vecina. El caso es que esa tarde yo estaba arreglando el jardín. Mi hijo, que tiene tres añitos y está hecho un tiarrón, estaba jugando con el triciclo en el patio de atrás, y yo estaba en el jardín delantero, podando los rosales. Desde allí yo no veía la casa de ellos, y además tampoco escuchaba demasiado. Lo que sí vi y escuché con claridad fue a mi hijo gritando, que venía por la casa hacia el jardín delantero. Llegó hasta donde estaba yo, temblón como un flan, mi niño, y me señaló la casa de al lado entre sollozos y gritos. Llamé a su padre, que consiguió tranquilizarlo, y corrí al jardín trasero. Cuando llegué y me asomé a la valla creo que todo había pasado... Solamente que el cristal de la puerta corredera que comunicaba su cocina con su jardín estaba roto, y por él se asomaban una mano de mujer… empapada… llena de sangre, y una de hombre, igual, y llenas las dos de cristales. Corrí a la casa y el resto, ya lo conocen... No tengo ni la más remota idea de lo que pudo pasar... con lo que se querían...
B
Por supuesto, y como debí haber previsto, el calabozo estaba cerrado. Cuando volví a mi despacho me encontré tres folios mecanografiados y con un rápido membrete estampado sobre la marcha por Victoria: “la trascripción del testimonio grabado de la vecina de la casa, y el de su hijo (debidamente reinterpretado)”.
Lo único que pude sacar en claro de las confusas palabras del niño es que había oído un grito, “como de mamá” dijo él – de mujer, supuse – y después un golpe seco, y el cristal reventando, y las manos cayendo en el umbral de la puerta. La verdad es que el pobre niño no parecía haber entendido nada de lo que había visto.
Me recliné en el respaldo de la butaca y me pasé los dedos por el cabello. Aquello se ponía negro, y no entendía nada. Esa sensación me daba demasiada rabia y me embotaba la mente. En ese momento, gloria divina, entró el fotógrafo de la comisaría. El chaval tenía la cara pálida y traía un fajo de Polaroids impresas en folios en las manos temblorosas. Siempre que lo veía pensaba que tenía la típica pinta de fotógrafo: gafas enormes, camisa extraña, pantalones demasiado anchos, mochila demasiado grande... también pensaba que si fuera empleado fijo no se pasearía por mi comisaría con esa facha.
¿No te han enseñado a llamar a las puertas, chaval? – le solté. Se le descompuso la cara, y para mi disfrute, se le cayeron todos los bultos que llevaba colgado al cuerpo (mochila, cámara de fotos...) excepto las Polaroids cuando intentó moverse. Las dejó sobre una mesita que había junto a la puerta, y salió corriendo.
Sin poder evitarlo, cogí el fajo de fotos entre risitas. La primera hizo que se me cerrara el estómago con sólo un vistazo. Con un examen más minucioso, me fallaron las piernas. Una mujer de largo pelo rizado estaba desnuda y cubierta de trozos de cristal rotos. Sangraba por pequeñas heridas, abrazada en posición fetal a un hombre de piel mortalmente pálida y con las extremidades muy rígidas, que descansaba boca arriba, también desnudo y con una expresión de media sorpresa en el rostro, o en lo que quedaba de él. En la foto se apreciaba deforme, como si su parte trasera estuviera hundida, aunque aún se distinguían las facciones. Alrededor de su cabeza había un halo de sangre brillante, y en el puño cerrado de ella, una flor negra y marchita, que yacía sobre el hombro de él.
El rostro de ella irradiaba una paz eterna e inmutable, aunque en las siguientes fotografías se truncara en angustiosa y contraída, en las que ella, aún viva pero inconsciente, había sido separada de él y estaba en una camilla.
Las siguientes quince o veinte fotografías eran imágenes de la casa. Algunas mostraban un rastro de sangre no muy ancho, a veces más intenso o más aguado, a veces recto u ondulante, recorriendo el suelo de los pasillos y de la cocina; llegaba también al dormitorio y allí formaba un extraño anillo
.
No había nada más. Otra vez en el punto de partida, maldita sea. Otra vez con las manos vacías. Ella, la “neonata” de la primera fotografía, tenía la respuesta y la clave, así que no me quedó más remedio que resignarme a preguntarle.
Salí, y asentí a Victoria cuando me preguntó si quería una copia de la autopsia del muerto, y además le pedí que se tomara declaración al que le hubiera realizado la autopsia sobre si había visto algo inusual en el cuerpo. Enfilé mis pasos a la última habitación, esperando que los funcionarios, animales de despacho, hubieran acabado, y con la absoluta certeza de que sus métodos habían sido totalmente inútiles.
D
Silencio. Oscuridad.
Nada.
Habitación. Negra. Sucia. Oscura.
Me soltaron en una esquina.
Perdí la noción del tiempo.
Dormí con los dedos en la boca.
Me desperté y vi una mesa y una silla igual de negras. A lo mejor pretendían quitarme las ganas de vomitar y hacer más apetecible la apariencia de la habitación. No lo consiguieron.
Vomité, sin escatimar en aspavientos y gemidos, en una esquina.
Perdí de nuevo la noción del tiempo, no me importó ni me importa ahora.
En un momento dado, entraron dos hombres vestidos de traje. Se acercaron a mí y se dignaron a intentar moverme con sus zapatos. Tras tres segundos de sufrido trabajo, desistieron.
Uno de ellos salió y volvió a entrar acompañado de otra figura, cuyas manos (que me levantaron sin dudar) me sonaban. Me soltó en la silla, como quien suelta un saco lleno de ratas muertas, y se plantó en una esquina de la habitación.
Tenía una cortina de cabello sucio y húmedo sobre la cara, así que al levantar la maltrecha cabeza, solo vi rizos lacios y pegajosos y sombras tras ellos, con lo que volví a bajarla, en un ángulo doloroso e imposible para el cuello. Tenía una raja ancha en la falda, y los hombres de traje se dieron cuenta.
Oí ruido de sillas moviéndose, y dos sombras sentadas frente a mí. Uno de ellos llevaba gafas de media luna. Hice un esfuerzo, más que nada porque los trajeados vieran la sangre y las heridas en mi cara, y me aparté la cortina de pelo de la cara.
Las expresiones de sus caras (asco, asco y más asco) no me importaron. Puse la cabeza todo lo erguida que pude, que no era mucho, y les observé. El de las gafas se adelantó y dijo mi nombre. Le miré. Me hizo una pregunta, muy floreada: “¿tendría usted a bien brindarnos una reconstrucción de los hechos que han tenido lugar en esta tarde?”. La innecesaria construcción de la frase chocó contra las paredes ennegrecidas, igual que mi cabeza contra el suelo cuando me desmayé.
B
Me dio las gracias por haberle atendido tan rápidamente, y se fue con el memorando original. Sobre mi mesa había una copia. “Putos informes de juicios rápidos... “pensé. Luego me vino a la cabeza la hucha de las palabrotas y me despedí de un euro para toda la eternidad.
Me senté en la butaca y abrí el cuadernillo blanco. En la primera página, un “CASO ENEA“ me golpeó con su sobriedad. Hojeé el informe, parándome en las palabras en negrita, y en los huecos. Las cinco últimas páginas, que empezaban con un austero “Testimonio de la acusada” estaban en blanco.
Fruncí la frente y miré el encabezamiento del informe. El epígrafe “Cargos imputados a la acusada” estaba en blanco. También lo estaban el de “Fecha y hora del delito” y el de “pruebas de la defensa”. No así uno de ellos, el de “Posibles causas del delito: Crimen pasional”, que remataba el tono podrido y ocultador del resto del informe, una montaña de palabras vacías que venían a decir que la acusada estaba en estado de shock y que no había pistas de ningún tipo que ayudaran a esclarecer el suceso.
“No puedo firmar esta mierda... “pensé. Y justo después di un golpe en el suelo con el pie y detesté la hucha de las palabrotas. Volví a hojear el informe, convenciéndome cada vez más de que aquello no era un informe policial sino el ejercicio de un examen muy difícil en el que hubiera que rellenar los huecos con los datos disponibles.
Justo en ese momento Victoria asomó su cara pálida y amable por la puerta, sin llamar antes, por supuesto.
- Comisario, en jefatura quieren el informe de...
- Pues los mandas a la mierda – dije mirando aquella montaña de mentiras. – Hasta que no sepamos lo que ha pasado, de aquí no sale ni una sola letra sin mi consentimiento. ¿Claro?
- Como el agua – sonrió y su cabeza eficiente y discreta desapareció por el quicio de la puerta.
Suspiré, y metí el informe en el primer cajón de mi escritorio. Cerré con llave, y
sintiéndome más pesado y desgraciado a cada paso que daba, me encaminé hacia los calabozos. Victoria se cruzó conmigo por el pasillo, arreglando el mundo por teléfono, e indicándome la última sala del pasillo.
C
A ver, yo no es que haya visto nada especial... no sé realmente porqué me han llamado... Ya sé, ya sé que soy su vecina... bueno, que era su vecina. El caso es que esa tarde yo estaba arreglando el jardín. Mi hijo, que tiene tres añitos y está hecho un tiarrón, estaba jugando con el triciclo en el patio de atrás, y yo estaba en el jardín delantero, podando los rosales. Desde allí yo no veía la casa de ellos, y además tampoco escuchaba demasiado. Lo que sí vi y escuché con claridad fue a mi hijo gritando, que venía por la casa hacia el jardín delantero. Llegó hasta donde estaba yo, temblón como un flan, mi niño, y me señaló la casa de al lado entre sollozos y gritos. Llamé a su padre, que consiguió tranquilizarlo, y corrí al jardín trasero. Cuando llegué y me asomé a la valla creo que todo había pasado... Solamente que el cristal de la puerta corredera que comunicaba su cocina con su jardín estaba roto, y por él se asomaban una mano de mujer… empapada… llena de sangre, y una de hombre, igual, y llenas las dos de cristales. Corrí a la casa y el resto, ya lo conocen... No tengo ni la más remota idea de lo que pudo pasar... con lo que se querían...
B
Por supuesto, y como debí haber previsto, el calabozo estaba cerrado. Cuando volví a mi despacho me encontré tres folios mecanografiados y con un rápido membrete estampado sobre la marcha por Victoria: “la trascripción del testimonio grabado de la vecina de la casa, y el de su hijo (debidamente reinterpretado)”.
Lo único que pude sacar en claro de las confusas palabras del niño es que había oído un grito, “como de mamá” dijo él – de mujer, supuse – y después un golpe seco, y el cristal reventando, y las manos cayendo en el umbral de la puerta. La verdad es que el pobre niño no parecía haber entendido nada de lo que había visto.
Me recliné en el respaldo de la butaca y me pasé los dedos por el cabello. Aquello se ponía negro, y no entendía nada. Esa sensación me daba demasiada rabia y me embotaba la mente. En ese momento, gloria divina, entró el fotógrafo de la comisaría. El chaval tenía la cara pálida y traía un fajo de Polaroids impresas en folios en las manos temblorosas. Siempre que lo veía pensaba que tenía la típica pinta de fotógrafo: gafas enormes, camisa extraña, pantalones demasiado anchos, mochila demasiado grande... también pensaba que si fuera empleado fijo no se pasearía por mi comisaría con esa facha.
¿No te han enseñado a llamar a las puertas, chaval? – le solté. Se le descompuso la cara, y para mi disfrute, se le cayeron todos los bultos que llevaba colgado al cuerpo (mochila, cámara de fotos...) excepto las Polaroids cuando intentó moverse. Las dejó sobre una mesita que había junto a la puerta, y salió corriendo.
Sin poder evitarlo, cogí el fajo de fotos entre risitas. La primera hizo que se me cerrara el estómago con sólo un vistazo. Con un examen más minucioso, me fallaron las piernas. Una mujer de largo pelo rizado estaba desnuda y cubierta de trozos de cristal rotos. Sangraba por pequeñas heridas, abrazada en posición fetal a un hombre de piel mortalmente pálida y con las extremidades muy rígidas, que descansaba boca arriba, también desnudo y con una expresión de media sorpresa en el rostro, o en lo que quedaba de él. En la foto se apreciaba deforme, como si su parte trasera estuviera hundida, aunque aún se distinguían las facciones. Alrededor de su cabeza había un halo de sangre brillante, y en el puño cerrado de ella, una flor negra y marchita, que yacía sobre el hombro de él.
El rostro de ella irradiaba una paz eterna e inmutable, aunque en las siguientes fotografías se truncara en angustiosa y contraída, en las que ella, aún viva pero inconsciente, había sido separada de él y estaba en una camilla.
Las siguientes quince o veinte fotografías eran imágenes de la casa. Algunas mostraban un rastro de sangre no muy ancho, a veces más intenso o más aguado, a veces recto u ondulante, recorriendo el suelo de los pasillos y de la cocina; llegaba también al dormitorio y allí formaba un extraño anillo
.
No había nada más. Otra vez en el punto de partida, maldita sea. Otra vez con las manos vacías. Ella, la “neonata” de la primera fotografía, tenía la respuesta y la clave, así que no me quedó más remedio que resignarme a preguntarle.
Salí, y asentí a Victoria cuando me preguntó si quería una copia de la autopsia del muerto, y además le pedí que se tomara declaración al que le hubiera realizado la autopsia sobre si había visto algo inusual en el cuerpo. Enfilé mis pasos a la última habitación, esperando que los funcionarios, animales de despacho, hubieran acabado, y con la absoluta certeza de que sus métodos habían sido totalmente inútiles.
D
Silencio. Oscuridad.
Nada.
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